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ABC MIÉRCOLES 24 11 2004 La Tercera PALABRAS COMO CHICLES L léxico español está cambiando, como todo léxico al cambiar las circunstancias sociales y culturales. Lo malo es que algunos de estos cambios son muy forzados, provienen de pequeños grupos que usan el léxico para imponer sus ideas. Estiran las palabras como chicles. Igual nuestro Gobierno. Doy mínimos ejemplos. Matrimonio es flagrante. El Diccionario dice: Unión de hombre y mujer concertada mediante determinados ritos o formalidades legales Lo único que pide es que sean hombre y mujer. Así desde el principio. Es un latinismo, derivado de mater madre Entró en Castilla desde el siglo XIII. Pues ahora es la unión legal de dos gays. En un referéndum ni uno entre diez mil lo aprobaría. Pues ahí está. Esa unión toma ciertas ventajas legales propias del matrimonio. Esto es aceptado generalmente. No el nombre: no hay madre alguna. Podrían crear o adoptar otro. ¿Por qué, entonces, ese trágala arbitrario? Para que un grupo marginal se introduzca en la corriente general, tome un nombre ajeno. Busca integrarse, lograr así prestigio e igualdad. Se les regala, para ello, un cambio semántico. Vuelvo a lo del género que ya se nos ha impuesto. La Academia habló, yo mismo escribí: género en español tiene, a más de un valor general, un valor gramatical que solo a veces coincide con el sexo. Pues hemos de tragarnos el género sexo, para que las promotoras de la idea (un grupo muy minoritario) se pongan a la par con las feministas americanas. Estas tienen razón: gender es sexo en inglés, que no tiene género gramatical. No las nuestras. Pasan por encima de la lengua española y convierten su lenguaje en español normal. Se ponen à la page Con protección oficial. Sigo. Buen lío tenemos con lo de nación nacional nacionalidad nacionalista Nación viene de nacer aparece en castellano desde fines del siglo XIV para indicar un conjunto de personas del mismo origen (acepción 3 del Diccionario, pero es la más antigua) Se usó, sobre todo, en traducciones del Evangelio y de las literaturas griega y latina: la nación de los medos la nación germánica Nada de esto tenía sentido político. Lo cobró con la Revolución Francesa: en su nuevo vocabulario, la nación es el pueblo políticamente unido en un Estado. Es la acepción 1 del DRAE conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo gobierno Entonces, cuando los nacionalistas piden que se reconozca a Cataluña como nación, están metiendo en nación un sentido inadecuado. Nunca fue nación en ese sentido: ni con el Condado de Barcelona ni con el Reino de Aragón. Buscan que exista, eso sí. Pero la base histórica falla. Pues que se fastidie la historia: inventemos lo que nunca existió, pongámoslo a funcionar ahora. Ya hubo tentativas: la Constitución solo habla de una nación la española, pero (art. 2) habla de las nacionalidades y regiones que la integran. Sin duda fue una transacción. Desde que la palabra aparece en Gracián, tiene sensiblemente iguales sentidos que nación de pueblo o, más tarde, de estado constituido tales Portugal o España, más algunos derivados de es- E te la nacionalidad española etc. En España, como mucho, el historiador Vicente de la Fuente hablaba en el siglo XIX de dos nacionalidades, Castilla y Aragón. No se mencionan otras. En fin, nacionalidad fue un tanteo, ya en la Constitución, para rehuir nación Ahora la vicepresidenta dice que qué más da. Pero el cambio semántico anticipa el cambio político. Sí es más antiguo el uso de nacionalista y nacionalismo desde comienzos del siglo XX hablando de Cataluña y el País Vasco. Fueron términos tomados en préstamo de movimientos independentistas europeos y americanos: los que creaban o intentaban crear naciones con base histórica o sin ella. Aquí la Constitución, con razón, evitó nación con ese sentido, como incompatible con la unidad de España. Introducirla ahora es cándido: es un primer paso, van a lo que van. Se pretende, pues, la ceremonia de la confu- Las palabras son flexibles, movimientos sociales o ideológicos hacen evolucionar su sentido sión: todos somos naciones Pero en sentido político no es así. En él, en la Constitución, la nación es España. Mal síntoma tanta confusión interesada, procedente de una campaña que usa la lengua como instrumento político. Un pasado inexistente se usa para propiciar un futuro. Y hay muchos que se suman de un modo u otro a la confusión. Pero entregar trozos nuevos de semántica es entregar, a la larga, trozos nuevos de soberanía. La cultura es otra palabra de fronteras artificialmente confusas. Era el cultivo de la mente y el carácter, había hombres cultivados o cultos. Por varias circunstancias resulta que en cultura las enseñanzas regladas, digamos, ya apenas caben. Entran las artes, sobre todo en relación con el espectáculo. Y más que los gran- des escritores, entran los actores y directores, a ser posible con un tinte progre. La cultura tiende a hacerse una especie de guía u ortodoxia. Un instrumento. La verdad, el destino de esta palabra es preocupante: cada día se vacía más de contenido, cada día se aleja más de nuestra gran tradición. Salvo para centenarios, festejos, premios y varias frivolidades. El trabajo de creación intelectual y de las Humanidades, unido a la crítica, a la historia y al pasado, queda en la sombra. Este concepto de cultura va uniéndose al de lo correcto o a una parte de ello. Lo políticamente correcto es, como el género y otras varias cosas, imitación de cierto progresismo americano. O sea: un cierto pensamiento, que no tengo espacio para describir, pero que ustedes adivinan, es el correcto. Una vez más, un grupo se coloca en el centro, el que discrepe se hace marginal. Con solo cambiar el sentido de una palabra. Y termino con el famoso talante Si ustedes leen el Corominas, verán que talante y talento son, en el origen, lo mismo. Es el griego tálanton (no hagan caso del DRAE) la balanza también la pesada de oro o plata. En Atenas, 6.000 dracmas. Pues bien, la palabra pasó al latín vulgar y de ahí a nosotros en dos variantes: talento y talante la segunda más fiel al griego pero pasada por el francés. Sin duda influyó en su sentido valorativo, sobre todo el de talento la parábola de San Mateo sobre el hombre que, al partir de viaje, confió sus talentos a sus servidores. Sin entrar en detalles, ya en el Calila y en Alfonso el Sabio talante es la voluntad, el gusto, admite adjetivos que indican el buen o mal carácter o disposición. Pero ahora Zapatero tiene talante a secas, con valor positivo, como si fuera talento Los demás lo tenemos ya bueno ya malo, según. La palabra se ha cargado de un significado que la coloca en el capítulo de la excelencia humana. Es un modelo para todos. Otra vez la semántica al servicio de la política. En fin, las palabras son flexibles, movimientos sociales o ideológicos hacen evolucionar su sentido. E influyen en el pensamiento de los que las pronuncian sin que ni siquiera, a veces, se den cuenta. Otras, sí se dan cuenta, pero no pueden evitarlo. Lo peor es que, más que de evoluciones naturales, se trata muchas veces de alteraciones buscadas con intenciones precisas. Cosas o cualidades que están en la lengua al lado de otras varias, o a lo mejor no están, se colocan en el centro como términos de referencia de valores: lo máximo, lo buscado, lo aceptado. Y sectores marginales se convierten en la corriente central de la sociedad, hasta en su guía, aunque sea a costa de violentar hechos palmarios o semántica palmaria. Se regala semántica: malo, después será la cosa la que se regale. Son las palabras- chicle, estiradas con toda intención por grupos influyentes. Y van al BOE derechas. Luego, a la realidad de las cosas. FRANCISCO RODRÍGUEZ ADRADOS de las Reales Academias Española y de la Historia