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78 Cultura DOMINGO 21 11 2004 ABC El nuevo MoMa neoyorquino recibió a sus primeros visitantes Miles de personas esperaron ayer durante horas a las puertas del Museo de Arte Moderno (MoMa) de Nueva York, que abría sus puertas después de permanecer cerrado por reforma durante dos años. En las obras se han invertido 425 millones de dólares. Los más impacientes se apostaron ante la entrada del museo a las seis de la mañana. Hacia el mediodía, la cola, que rodeaba una manzana entera de edificios en Manhattan, reunía a cinco mil personas, según estimaciones de la Policía. El arte ha jugado siempre un papel importante en la relación con mi esposa explicó Tad Davis (en la imagen) que era la primera persona en la fila esperando a que el museo abriera sus puertas con motivo de la fiesta de sus diez años de matrimonio. Ella es artista y yo soy diseñador gráfico. Hemos pasado mucho tiempo juntos en este museo. Nos sentimos como en casa dijo. El MoMa, remodelado por el arquitecto japonés Yoshio Taniguchi, ha duplicado su superficie y ha revalorizado sus dependencias, en las que alberga una de las más importantes colecciones de arte moderno de todo el mundo. AP ÓPERA Nabucco Autor: G. Verdi. Intérpretes: L. Ataneli, S. Neves, V. Vaneev, K. Goeldner, J. Palacios, E. Todisco. Dir. esc: F. Sparvoli. Coro de la Ópera de Bilbao. O. S. de Euskadi. Dir. musical: A. Allemandi. Lugar: Palacio Euskalduna de Bilbao. Fecha: 19 de noviembre UN GRAN CORO COSME MARINA as premisas para realizar una ópera de las características y el alto grado de dificultad de Nabucco son claras. La primera y básica, disponer de adecuados cuerpos estables; la segunda, reunir un reparto más que difícil de conseguir por la alta exigencia de los principales papeles protagonistas. La Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera ha apostado de forma segura, coherente y categórica para disponer de una agrupación coral de entidad. Y, con el paso del tiempo, ha logrado uno de los principales, si no el primero, de los coros líricos españoles. El Coro de la Ópera de Bilbao, que dirige Boris Dujin, ha demostrado en las funciones de Nabucco una madurez traducida en intervenciones magníficas. El equilibrio entre las diferentes cuerdas, la certera afinación, el empaste rotundo, son características que definen a un grupo que ha deslumbrado en Verdi, pero que también ha sacado adelante títulos de Wagner u otros autores a un nivel muy alto, aún infrecuente en nuestro L país. Es una lástima que la calidad del coro no tuviese correlación en la labor de una desganada Sinfónica de Euskadi, dirigida por Antonello Allemandi, no demasiado inspirado ante el título verdiano. Allemandi es buen concertador, pero a sus versiones les falta pasión, fulgor en la interpretación y aliento poético. Sí estuvo a la altura un reparto estratosférico, marca de la casa en la ABAO. Sus principales activos residieron en la arrolladora Abigaille de Susan Neves y el consistente Nabucco de Lado Ataneli. Merecen destacarse, asimismo, el Zaccaría de Vladimir Vaneev, la impecable Fenena de Katharine Goeldner y el valiente Ismaele de Javier Palacios. Sin embargo, pese a sus indudables aciertos, la función no acabó de insuflar entusiasmo. A ello contribuyó una grandilocuente producción, procedente del San Carlo de Nápoles, y dirigida escénicamente por Fabio Sparvoli. Se trató de uno de esos acercamientos estériles y rutinarios, tipo peplum hollywoodiense, con torpes movimientos de masas y pobre aportación dramatúrgica. A pesar de las buenas intenciones, un Nabucco en ABAO merece, sin duda, mayor calidad estética y riesgo y no esas enormes escenografías que obligaban a cambios pesadísimos que contribuyeron a bajar el ritmo a la función. CLÁSICA Ciclo de la OCNE Obras: J. M. Sánchez- Verdú, T. Takemitsu, W. Lutoslawski y C. Franck. Intérpretes: Orquesta Nacional de España. Director: G. Pehlivanian. Solistas: K. y M. Labeque (dos pianos) Lugar: Auditorio Nacional, Madrid. Fecha: 19- XI ESPLÉNDIDO TRABAJO DE LA NACIONAL A. I. U A la altura del Coro estuvo un reparto estratosférico, marca de la casa en las funciones de la ABAO n programa erizado de dificultades mil fue nuevamente ocasión de justipreciar la alta clase profesional que se le reconoce a la Orquesta Nacional de España. Las dos primeras obras eran, para ella, estrenos; la tercera, de muy infrecuente escucha, recordaba a uno de los músicos europeos de mayor renombre actual, fallecido hace unos diez años. Por último, una sinfonía, si hasta manida otrora, hoy durmiento en el recuerdo de los mejores ejemplos del sinfonismo del entero siglo XIX. José María Sánchez- Verdú, algecireño que se incorpora paso a paso a nuestro rico haber compositivo, abría la sesión de los viernes de la Nacional con su interludio Taqsim que, bien puede asegurarse, tendrá mayor importancia intercalado en su ya escrita obra de mayor extensión, en la que pueda reflejar un contraste, puesto que así escuchamos corto un trabajo muy cuidado dentro de reducidas intensidades piano y pianissimo en mantenidos climas inclinados hacia la nada, hasta su final arrebatado. Su éxito lo compartió el propio Sánchez- Verdú, saludando desde el escenario. El japonés Toru Takemitsu, en su Quotation of dream se acerca en lo descriptivo del río y de la mar- -en un constante y bien llevado alternante solistas- orquesta (cuatro percusionistas, sin timbales, más celesta) tendentes los pianos solistas hacia un lucimiento en la parte más aguda y los glissandi con citas muy concretas del impresionismo, sistema al que se acerca como artífice minucioso. Las Variaciones sobre un tema de Paganini el del célebre último de los 24 caprichos del ilustre virtuoso, sirve al prestigioso polaco Witold Lutolaswski para exponer su magistral conocimiento de la plantilla actual, con resultados brillantísimos para ambos elementos: los dos pianos solistas y la orquesta. Y, como en el anterior fragmento de Takemitsu, sirvió para reiterarnos en el juicio que nos merecen Katia y Marielle Labeque, siempre excelentes ante el teclado seguro y limpio, sobre el que saben apoyar sus temperamentos de artistas entregadas, brillantísimas. La Nacional, muy bien llevada por la batuta de George Pehlivanian, eficaz en un mando que, a veces, asegura con una no siempre conveniente subdivisión del ritmo, elevaría su espléndido trabajo ante las tres composiciones anteriores, y todavía se dejaría admirar más y más en la monumental Sinfonía de César Franck (extraordinaria la cuerda y excelentes el corno inglés y la trompa) que cerraría en triunfo la jornada.