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ABC DOMINGO 21 11 2004 71 Cultura y espectáculos Un emotivo homenaje a Ernesto Sabato echa el telón del Congreso de la Lengua de Rosario El Nobel José Saramago definió al autor de El túnel como un profeta áspero y agreste b La emoción impidió al escritor Un libro del historiador Xavier Moreno cuenta la verdadera historia de la División Azul argentino, de 93 años, hablar durante el acto, y su voz únicamente pudo escucharse a través de una antigua grabación CARMEN DE CARLOS CORRESPONSAL ROSARIO. ¡Ídolo, grande, maestro! Lo matan, de ésta lo terminan matando Ernesto Sabato, de 93 años, apenas podía sostenerse en pie. Ahí estaba, abrumado por los aplausos, por los gritos. El teatro se vinó abajo radió de inmediato un cronista. El autor de El túnel no podía ver la luz. Era una lágrima fluida. Intentaba levantar la manito como buen argentino, pero no podía. No habló en su homenaje. Lo hizo el recuerdo de sí mismo en una grabación de los años buenos, aquellos en los que todavía estaba en forma. Eligió, o eligieron por él, un fragmento de Abbadón el exterminador Dolor tristeza horrores sufrir atroz ayuda espanto padecimientos calvario resentimiento pesadumbre Todos vocablos suyos. Todos a su medida. Sólo entonces se puso en pie y enfiló el escenario. Durante el resto de la ceremonia... No pudo pararse Elvira González Fraga, su compañera de ruta de los últimos años, le dirigía el codo para los agradecimientos. Junto a la pareja se sentaba Pilar del Rio, copiloto en la vida de Saramago. Ocupaban un palco, foco perpetuo de las miradas y de las cámaras. Aunque estaba oscuro, era mediodía. La emoción se hizo dueña del Tea- tro del Círculo y no perdonó a nadie, ni siquiera a Victor García de la Concha. Querido maestro, no tengo palabras Qué paradoja, que el director de la Real Academia, diga que no tiene palabras cuando tiene al alcance de la mano todas las del Diccionario No fue el único, César Antonio Molina se trabucaba sin papel, pero acertó a decir con firmeza las razones que explicaban un homenaje: ...No sólo por ser uno de los más grandes escritores, sino como persona, y eso tampoco es fácil Sabato se quitaba las lentes, volvía a sacar el pañuelo. La acción, repetida una y otra vez, siempre terminaba con la misma escena, tomado de la manito con Elvira que acá no se dice cogidos aclara una reportera rosarina. Inexplicablemente, la primera fila de la platea estaba vacía. En el escenario, mezclados con la gente de letras, los políticos mostraban su mejor rostro para las cámaras. Cristina Fernández de Kirchner, presidente Honorífica del Congreso, y a la que sólo se haabía visto el día de la inauguración; Magdalena Faillace, subsecretaria de Cultura que armó el lio con la invitación noinvitación a Gabriel García Márquez; el gobernador de Santa Fe, el justicialista y ex guerrillero montonero Jorge Obeid; y el alcalde, Miguel Lifshitz, un socialista que, como el resto de Rosario, mantiene a raya desde hace décadas en las urnas al Peronismo tradicional. De esa mesa se levantó José Saramago, armado con sus folios y vulnerable con el castellano. Recordó lo primero que pensó al oir el apellido Sabato, un puñal en forma de lecturas que, una Sabato, abrazado por Saramago, escucha emocionado los aplausos del público vez descubierto, después de clavado, no se retiraba de la herida, permanecía allí, moviéndose por sí mismo, despacio, para que la sangre no dejase de correr y la deseada cicatriz no acabara siendo nada más que un sueño imposible Autor trágico y al mismo tiempo eminentemente lúcido profeta áspero y agreste sombra entre sombras de su casa de Santos Lugares, el jardín EFE más triste de Argentina, o voz de ceniza Saramago dijo más. Todos escucharon. Lo conocía bien al viejo pintor que de joven quemaba sus textos y tembló con la sangrienta represión sufrida por el pueblo argentino Un único reproche: por qué alguien que, siendo tan humano, se niega a absolver a su propia especie, alquien que a sí mismo no se perdonará nunca su condición de hombre