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ABC DOMINGO 21 11 2004 Los domingos 65 Habiendo podido ser un personaje de John Le Carré se ha quedado al final en Mortadelo y Filemón Amigo de jerarcas y prebostes de orden y de ley, participó en la fuga de Roldán y después negoció su entrega Montecarlo y sus placeres se rindieron a Paesa y a Devi Sukarno Paesa siempre tenía a su lado a las más bellas mujeres que le encontraban irresistible. Devi Sukarno, la viuda del presidente de Indonesia, se convirtió en su eterna acompañante y con ella acudió a todas las fiestas habidas y por haber, incluidas las de disfraces A todo esto hay que preguntarse: ¿por qué se esconde Paesa? La Interpol ha dejado de buscarle. Las causas que se le imputaban en España por encubrimiento y receptación han prescrito, y las autoridades suizas han derogado la orden dictada contra él por delito de estafa. Después de alzarse con el santo y la limosna, el ex agente parece tener asegurada una tranquila jubilación si no fuera por un pequeño detalle: los procesos judiciales se han borrado, pero ¿dónde está la pasta El dinero siempre es más fuerte que la memoria. Cualquier crimen se olvida, pero el dinero no. Seguro que los perjudicados con la desaparición (Roldán, la mafia rusa, la fontanería estatal, los vampiros de las finanzas y probablemente un largo etcétera) también quieren saber dónde está el tesoro, y ahí entramos ya en el terreno de las palabras mayores, porque es bien sabido que con la plata no juegan ni los muertos, y menos cuando resucitan. Si esto no es el arranque de un buen argumento de novela negra, es que Hammett y Chandler escribieron de tauromaquia. Una curiosidad que vincula a Paesa con los padres de la serie negra es la variedad de oficios. Los grandes escritores del género, siguiendo la sabia máxima de primero vivir y luego filosofar fueron gente inquieta, que pasa- ron por muchos empleos diferentes antes de dedicarse a lo que de verdad sabían hacer: escribir. Eran repartidores, carteros, conserjes, gacetilleros, viajantes, mecánicos, descargadores y hasta vagabundos. Paesa no ha tenido que llegar tan lejos. Su lista de trabajos- -aunque variada- -es mucho más productiva: banquero, operador financiero, traficante de armas, rey de los documentos falsos, diplomático, espía, y hasta play- boy según las lenguas envidiosas de doble filo. Paesa hace buena la definición que André Gide dio de la novela policiaca: una fórmula narrativa en la cual cada personaje intenta burlar a los demás hasta que la verdad se muestra a través de la niebla del engaño. Sólo que en este caso la verdad en vez de mostrarse y acercarse poco a poco parece alejarse hasta convertirse en lo que otro escritor de novela negra, James Sallis, dice sobre el modo en que transcurre la historia de nuestras vidas: confundidos por los sentidos y la memoria, perplejos ante nuestra noción de las cosas y la ajena Paesa, por desgracia, no es la Historia sino su caricatura. Habiendo podido ser un personaje de John Le Carré o Len Deighton se ha quedado al final en Mortadelo y Filemón, y todo por culpa de la guita, del maldito parné, ese que da y quita el decoro y quebranta cualquier fuero como bien sabía Quevedo, que tantos Paesas hizo en Italia y España con la bolsa del duque de Osuna. Cada época termina adoptando una imagen que la resume, y Paesa es la imagen de una cierta época banal y chapucera, de amistades peligrosas, que hizo millonarios de la nada, y en la que los dineros del Estado se fueron por el desagüe del fondo de reptiles con más pena que gloria. Quizá lo más triste de ese momento, que en muchos aspectos es también el actual, sea la vaciedad de motivaciones y sentimientos, la falta absoluta de idealismo, con la única verdad desnuda y triunfal del dinero, despojado de todos sus velos, como supremo aliciente. Pero el dinero y el sexo como únicos objetos de deseo- -ya lo advirtió Geoffrey O Brien, otro escritor de novela negra- -terminan empujando a lugares de horror donde se producen transformaciones monstruosas A Paesa seguramente la Justicia le ha dejado en paz. Los jueces ya saben por Balzac que detrás de toda gran fortuna se esconde un crimen, pero la ley es la ley. Ahora el mayor deseo del ex agente Paco es que le dejen, por fin, tranquilo con el dinero recaudado en tantas peripecias y engañifas, pero eso será difícil porque su aventura es una red de codicia, y debe de haber mucha gente que todavía espera obtener algo de él. El dinero, como la sangre, atrae a los tiburones de una sociedad amoral y caótica, y el instinto de supervivencia aconseja correr. Tengo para mí que este amasijo de falsas pistas y sombras chinescas huele a tongo desde el principio. En realidad, de todo este emplaste de falsedades no sabemos casi nada ¿Cómo ha podido Paesa ocultarse seis años de la Interpol viajando por toda Europa? ¿Y qué pasa con los familiares que le ayudan? ¿Cómo puede un fugitivo tener una oficina en el centro de Luxemburgo y hacer negocios con medio mundo sin contar con apoyos financieros y políticos de gran altura? Demasiadas preguntas para tan pocas respuestas. Puede, incluso, que éstas sean más triviales de lo que imaginamos. Nuestro mundo es tan ramplón que hasta los aventureros solo piensan al final en cubrirse el riñón y vivir confortablemente en Suiza, y así no hay manera de asombrar a nadie. Ese desenlace, todo lo más, da para una película de bajo presupuesto. Mental, se entiende