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ABC DOMINGO 21 11 2004 Los domingos 63 2004 Como traída por el viento, una fotografía de Man, el eremita de Camelle, se apoya sobre una de las esculturas de piedra que esculpió a lo largo de décadas Canción triste del náufrago que se murió de pena No se sabe si Man envió un mensaje en una botella con un angustioso S. O. S. antes de exhalar su último aliento, solo y desnudo, en aquel miserable chiscón sitiado por el fuel. Lo que nadie discute en Camelle es que murió de pena. Este alemán, un excéntrico eremita acuático de melena alborotada, barba luenga y piel apergaminada, se instaló hace cuarenta años junto al dique del puerto, construyó una cabaña para vivir, se alimentó de las sobras de los vecinos, se bañó sin neopreno en las gélidas aguas a horas intempestivas, pintó peñascos, esculpió curiosas esculturas y se convirtió, en definitiva, en una de las principales atracciones turísticas de la población, hasta el punto de que a la entrada del puerto hay un cartel que orienta a los visitantes sobre la localización del museo del alemán La noticia de su fallecimiento, en las Navidades de 2002, encogió el corazón a más de uno. Para los habitantes de Camelle no era un tarado: lo trataban con cariño y él los correspondía de la misma forma. Sensible y culto, su cabaña escondía muchos tesoros rescatados del mar: caparazones de moluscos, conchas, piedras que él mismo tallaba con la paciencia infinita de las fuerzas geológicas... Tenía tiempo de sobra para esas tareas. Durante los días del Prestige Man se refugió en su casa y se dejó ver muy poco. Los periodistas y los curiosos le acosaron. Pedía un euro por la visita a su museo, para que la gente pudiera compadecerse a sus anchas de la desgracia de aquel loco, porque así es el género humano. Hoy, un cartel a la entrada pide respeto por el artista: que nadie entre a manchar su memoria, ya que el fuel ya manchó con creces su obra. Las esculturas de Man aún están ennegrecidas, y el mar tendrá que batir mucho y durante años para limpiarlas por completo. Entretanto, los paisanos patrullan por la zona de forma espontánea cada vez que ven llegar un vehículo. No dicen nada, sólo observan, y se marchan cuando perciben que no hay riesgo de vandalismo. Han levantado una valla alrededor del minúsculo chamizo donde vivió y murió el náufrago que, al fin y al cabo, era para ellos como un vecino más. Los niños de Muxía juegan en la arena de la playa de Coio, en la zona cero y diciembre de 2002, el móvil de Manolete no dejó de sonar, casi siempre como preludio de malas noticias. Mientras pasen barcos por este litoral, habrá naufragios, y no es fatalismo gallego, es pura estadística. Sería bueno que el corredor se desplazara unas millas más allá, pero tampoco se puede alejar demasiado, porque si se produce un accidente los helicópteros no tendrían autonomía suficiente para trabajar en el rescate Finisterre ha recuperado la normalidad el volumen de capturas es el mismo que en años anteriores a la tragedia. Lo que más se trabaja es el pulpo. Se están cogiendo bastantes crías, lo cual es buena señal. Estos ejemplares se devuelven al mar. Son la siembra para años venideros comenta el patrón mayor. Pero el mar, cuando se enfurece, sigue vomitando fuel a algunas de las playas del municipio. También unos kilómetros más al sur, en Carnota, donde un retén patrulla la costa. Y en las protegidas Cíes, que forman parte del Parque Nacional de las Islas Atlánticas. Llega poco, pero suficiente para que nadie tenga la tentación de abrazar el olvido.