Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
4 Opinión DOMINGO 21 11 2004 ABC Directores Adjuntos: Eduardo San Martín, Juan Carlos Martínez Subdirectores: Santiago Castelo, Rodrigo Gutiérrez, Carlos Maribona, Fernando R. Lafuente, Juan María Gastaca Jefes de área: Jaime González (Opinión) Alberto Pérez (Nacional) Miguel Salvatierra (Internacional) Mayte Alcaraz (Sociedad- Cultura) Ángel Laso (Economía) Pablo Planas (Reportajes- corresponsal político) Jesús Aycart (Arte) Adjunto al director: Ramón Pérez- Maura GUILLERMO LUCA DE TENA PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA CONSEJERO DELEGADO: SANTIAGO ALONSO PANIAGUA PRESIDENTE DE HONOR: DIRECTOR: Redactores jefes: V. A. Pérez, S. Guijarro (Continuidad) A. Collado (Nacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura) E. Ortego (Deportes) F. Álvarez (TV- Comunicación) L. del Álamo (Diseño) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) Director General: Héctor Casado Económico- financiero: José María Cea Comercial: Laura Múgica Producción y sistemas: Ignacio Sanz IGNACIO CAMACHO PRESTIGE AÑO II: LUCES Y SOMBRAS LA LÓGICA VALENCIANA L AS secuelas del naufragio del buque Prestige frente al litoral gallego, en sus aspectos políticos, sociales y económicos, deben ser valoradas de forma objetiva, una vez transcurridos dos años desde la catástrofe. Es evidente que al Gobierno popular le faltaron reflejos en un primer momento. También lo es, sin embargo, que la reacción posterior fue muy positiva, con especial relieve del entonces vicepresidente del Gobierno, Mariano Rajoy, que ofreció su mejor versión como gestor eficaz en un asunto tan complejo. Nada de todo esto fue reconocido en su día desde la izquierda, porque el accidente (un caso de fuerza mayor en términos jurídicos) se manipuló a través de una política de pancarta que alcanzaría su máxima expresión en las manifestaciones relativas a la guerra de Irak. Pero es muy significativo que en las elecciones locales celebradas en plena marea el Partido Popular obtuviera muy buenos resultados en la zona afectada. En democracia, son los ciudadanos los que juzgan sin apelación posible el comportamiento de unos y de otros partidos. El Plan Galicia, bien concebido y ejecutado, ha permitido obtener el resultado que Manuel Fraga resume en una frase certera: El Prestige está derrotado No obstante, parece que el Gobierno socialista no se muestra tan dispuesto a mantener el ritmo de las inversiones y medidas previstas: aparte de alguna expresión poco afortunada, preocupa la prioridad presupuestaria que se otorga a otros compromisos, como ha denunciado también el presidente de la Xunta. El despegue socioeconómico de la región exige un esfuerzo importante y de ninguna manera puede cundir en sus habitantes la sensación de abandono o desamparo una vez obtenida la correspondiente rentabilidad política. Por otra parte, las denuncias acerca de la imprevisión que llovieron en su día sobre los responsables del PP han quedado en el olvido: poco compromiso concreto sobre los remolcadores, los puertos- refugio y otros elementos que permitan remediar en lo posible o, en su caso, mitigar los daños inherentes a este tipo de situaciones. El accidente del Prestige tiene también una importante faceta jurídica. Sorprende la falta de rigor de algunas informaciones que se ofrecen al respecto y, en todo caso, es exigible que se mantenga una alerta máxima en todos los procesos abiertos- -en instancias internas e internacionales- -para la defensa del interés legítimo del Estado y de los ciudadanos afectados. Hay que destacar como merece la impresionante ola de solidaridad colectiva que llegó a Galicia desde toda España en aquellas horas dramáticas. La imagen de los voluntarios luchando a brazo partido contra el chapapote y el esfuerzo común de gentes de toda condición puso de manifiesto que la sociedad española es capaz de expresar lo mejor de sí misma en circunstancias de emergencia. Alguna organización cayó, sin embargo, en el error de politizar su tarea. Pero, en general, la respuesta colectiva (en su faceta local, regional o nacional) estuvo a la altura de la gravedad del momento. Entre las enseñanzas que no conviene olvidar figura, por supuesto, la necesidad de adoptar medidas preventivas eficaces y disponer de protocolos de actuación ante casos de riesgo. Pero, sobre todo, la exigencia de que prevalezca siempre el sentido de responsabilidad colectiva para no convertir una tragedia humana y social en un instrumento partidista al servicio de la coyuntura política. E LA LECCIÓN DE SCHRÖDER E STE fin de semana se ha consumado la hábil maniobra política y diplomática en tres tiempos del canciller Gerhard Schröder respecto a Estados Unidos: superar la confrontación de la guerra de Irak, encajar la reelección de George W. Bush y abrir juego sobre la base de un diálogo jamás seriamente deteriorado. Cada una de estas actuaciones y la resultante global deben ser materia de reflexión para el Ejecutivo de José Luís Rodríguez Zapatero, que imprimió un cambio de dirección abrupto a la política exterior española con un balance hasta ahora pobre, en términos generales, y nefasto en términos de la relación con Estados Unidos. En la primera fase, la del conflicto bélico, Alemania se opuso a la intervención militar pero supo luego participar en la formación de la Policía iraquí y desplegó un numeroso contingente en Afganistán. Su voluntad de compromiso se reflejó en la negociación, junto con Francia, de la resolución del Consejo de Seguridad sobre la normalización de Irak. La famosa resolución que el Gobierno socialista exigía para mantener las tropas pero a la que nunca esperó, optando por la retirada precipitada. En la segunda dinámica, la electoral, el Gobierno jugó a fondo la carta de John Kerry, casi descartando el plan B por si ganaba el de la foto de las Azores que parece ser el patrón dominante en la Moncloa para analizar las relaciones internacionales, tan simplista, tan estático. Y en el tercer tiempo, el presente, Schröder y Jacques Chirac desarrollan una frenética actividad de contactos, visitas y actuaciones concretas. Ayer fue el anuncio de la posible condonación del 80 por ciento de la deuda de Irak en el seno del Club de París, una medida reclamada con insistencia por la Casa Blanca y que ilustra la voluntad franco- alemana de asumir colectivamente la ingente tarea de estabilizar Irak y levantar su economía. L Congreso del PP valenciano era el último compromiso serio, tras el amago de crisis en Madrid y la discordia, luego resuelta, en Galicia, que le esperaba a la dirección nacional de los populares. Finalmente, Francisco Camps solventó ayer la papeleta con un claro respaldo, despejando las dudas sobre la unidad interna de su partido. El camino no ha sido fácil para él, que ha tenido que lidiar desde hace meses con una crítica interna, cercana al simple obstruccionismo, de los zaplanistas. El papel de este sector en los días previos al Congreso ha resumido esa peculiar situación de oposición con mando a distancia que pretendía limitar el territorio de Camps y prolongar el control que durante años ejerció el actual portavoz popular en el Congreso de los Diputados, Eduardo Zaplana. Nunca fue, ciertamente, una opción sensata ni responsable. Francisco Camps, que cuenta con el pleno respaldo de Mariano Rajoy y Ángel Acebes, era el dirigente llamado a asumir el liderazgo del PP valenciano y abrir un nueva etapa para el centro derecha después de la salida de Zaplana. Un liderazgo con todas las consecuencias y sin tutelas, que, por otro lado, no las necesita alguien como Camps, cuya visión de la política y de la relación con la sociedad quedó bien expuesta en el novedoso talk show que protagonizó en solitario ante doscientos ciudadanos valencianos. La estrategia de los seguidores del portavoz popular en la Cámara Baja de mantener un marcaje sobre el actual presidente de la Generalidad valenciana era un error de planteamiento y el Congreso celebrado ayer en Castellón evitó que se consumara definitivamente. Cualquier factor de discordia interna en el PP valenciano habría supuesto, en estos momentos, una irresponsabilidad política mayúscula y un riesgo de descapitalizar el PP en una comunidad autónoma que sintetiza los agravios que el Gobierno socialista está dispuesto a perpetrar con tal de mantener el apoyo de Esquerra Republicana de Cataluña. Cualquier síntoma de división interna o de lucha por el poder- -que no consista en la disputa legítima entre programas transparentes y líderes bien identificados- -perjudica gravemente a los partidos políticos. Más aún al que, como el PP, debe remontar la pérdida del poder, para ganarse la confianza de aquellos que la perdieron el 14- M y encauzar hacia una alternancia el descontento que genera el Gobierno del PSOE. Y para eso es muy necesario que la principal fuerza de oposición que está en el Congreso de los Diputados cuente con dirigentes que no distraigan sus esfuerzos en otro lugares y otras lides.