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ABC DOMINGO 21 11 2004 La Tercera TIEMPO DE MEMBRILLOS S claro que los fenómenos estacionales tienen un ritmo que podríamos llamar estable, y que éste resulta de una consistencia que pocas cosas de este mundo tienen, como por ejemplo que en verano hace calor y frío en invierno; y parecerá mentira, pero estas realidades están en la base de nuestras conversaciones en una proporción muy elevada, precisamente por su alta probabilidad de ser menos susceptibles de fraude en un mundo de fraudes y mentiras en mayor proporción que la que pareció siempre inevitable en el humano vivir en sociedad, y sobre todo por el aditamento de la política. Y así, por ejemplo, en los noticieros televisivos, lo que las gentes buscan en realidad es la información metereológica que es lo seguro y verdadero. Incluso si, como es lógico, todo el mundo está al corriente de que esos fenómenos meterológicos no son tan fácilmente reductibles a previsión y lógica, por lo que, para discurrir sobre ellos, hay que echar mano de una lógica errática o difusa, aunque siempre mucho menos errática y difusa que la de los asuntos humanos y sus trajines, todo hay que decirlo. Febrero, por ejemplo, sería a este respecto el mes más arbitrario y menos controlable, como es sabido desde siempre; pero en agosto hace frío a veces, y en enero, pese a la inclinación de los rayos solares, todavía muy pronunciada, éstos pueden escocer como fuego, y es como si la naturaleza fuese alguien, y tuviese buenos y malos humores, o caprichos, o decidiese dar espectáculos. Y no es así, naturalmente; pero tampoco vamos a dudar de que, sean como sean las cosas, el otoño parece tener, en general, buena voluntad. Corto o largo, durante esta estación, no se nos ahorran al menos algunos días de sol, y de un temple apacible. Son días de color miel, o de las uvas doradas, y el sol se llama entonces doramembrillos, porque es él el que también los dora, y los madura. Más tarde, cuando se hace con ellos el dulce que lleva su nombre, parece verdaderamente que el sol mismo ha quedado apresado en él; y, si se pone en un frutero azul en un aparador al que dé el sol de estas perezosas tardes otoñales, reluce, en efecto, de modo maravilloso, y nos evoca los recuerdos de las mañanas azules y de esas tardes dulces, desmayadas en cualquier estación por cierto, incluido el riguroso invierno, en el que la noche se echa encima tan deprisa. Durante generaciones, por lo demás, los membrillos se han guardado en los armarios roperos para que la ropa adquiriese su aroma; y, aunque más tarde hayan sido sustituidos por productos químicos, quien ha percibido aquellos aromas maravillosos de los membrillos en los armarios, no podrá por menos de torcer un poco el gesto como quien huele formol y otros siniestros conservantes. No es lo mismo, desde luego, el aroma del membrillo que el del alcanfor y parientes o derivados suyos, aunque se presenten con perfumes; y es seguro que nadie se pondrá una prenda recientemente extraída del conservante sin airearla antes. Nadie quiere oler a conservante, desde luego, y no sólo por el olor en sí mismo sino por E Cuando se hace con ellos el dulce que lleva su nombre, parece verdaderamente que el sol mismo ha quedado apresado en él; y, si se pone en un frutero azul en un aparador al que dé el sol de estas perezosas tardes otoñales, reluce, en efecto, de modo maravilloso, y nos evoca los recuerdos de las mañanas azules y de esas tardes dulces, en que la noche se echa encima tan deprisa las algo más que melancólicas meditaciones a que puede dar lugar el asunto. Tal es el efecto a veces, seguramente no deseado, de los adelantos que se decía antes, o tecnologías que se dice ahora. Nunca ocurrió en el pasado que se pensase que de una estación a otra un abrigo o una blusa de verano fueran a perecer como para tenerlos que mantener con conservantes; los hombres consideraron desde siempre, claro está que con un poco de melancolía pero con perfecta naturalidad, que los vestidos y los muebles les sobreviven en gran medida, y es un nuevo sentimiento de este nuestro tiempo el pensar más bien lo contrario, o actuar por lo menos como si de esa manera se pensase. Pero así va el mundo con su lógica errática y difusa, como el tiempo. El efecto colateral de este asunto de los membrillos era antaño también un asunto de melan- colía, pero tranquila y para iluminar la intimidad y la memoria, porque con frecuencia venían en cajas metálicas con diseños más o menos románticos o modernistas, y su destino, cuando el dulce se agotaba, era vario y entraba en el ámbito de la intimidad. Y esto no sólo porque el recipiente tuviera utilidad para algún otro servicio doméstico, -incluido el más alto que era el de ser nuestro cosero o caja de nuestros pequeños secretos, caprichos y recuerdos de muchachos o de mayores, porque cada cual tiene su ánima- sino porque era un tiempo en el que no se tiraban a los desechos las cosas, como si se tuviese pesar y sentimiento de que, después de haber tenido relación con uno mismo, quedaran luego abandonadas a su insignificancia de cosas, o entregadas a la basura, destruidas. Y cierto es que en nuestro mundo hay pocas cosas y muchos objetos, pero no sé si, con las cosas que aún están ahí, nuestras relaciones son así de verdaderas. No sé si ya estamos todos acostumbrados a confundir cosas con objetos, a los que nada puede atarnos, y, si las cosas no tienen su atadura con nosotros, desde luego que dejan de ser cosas. Y nosotros dejamos de ser nosotros, no nos engañemos. Por lo pronto, tenía Heidegger toda la razón del mundo cuando nos avisaba de que, si ya no encendemos la lumbre, pero ni siquiera una candela, sino que damos a un botón tanto para encender como para apagar, sin que la mayoría de nosotros sepamos explicar en modo alguno qué es lo que pasa para que eso suceda en ambos casos, es decir toda la teoría eléctrica, nos estamos acostumbrado a entregarnos a procesos que no sólo no controlamos sino de los que no sabemos nada; y, a la vez, quedamos resignados a no saber hacer nada, y a necesitar una ortopedia para hacer cualquier cosa. Es decir que, si no somos conscientes de ello, es como si camináramos hacia el estado mental y físico de bonsáis, o cabezas reducidas. Porque no es que la producción de éstas fuera, o sea en su caso, una especialidad muy notable de algunos pueblos primitivos y bárbaros solamente, sino que es también la gran ilusión de muchas gentes políticas y comunicadoras, y de muchos sueños tecnológicos: ahormar e igualar los decires y los pensamientos. Pero lo que no cambia, para nuestra alegría, es que unos membrillos puestos sobre un pañizuelo blanco o en un cestillo o cuenco, siguen siendo una naturaleza muerta verdadera, en muchas cocinas u otras estancias de la casa, y que, cuando se logra pintar tal hermosura, o si junto a los membrillos sobre el pañizuelo se pone también un vaso con agua, o una palmatoria, tal pintura sigue siendo una pintura de cosas, o pintura de silencio que nos lo contagia, nos torna pensativos, o nos acompaña simplemente como resumen de mucha vida. Y entonces pensamos irremediablemente que, sin ir más allá, nuestro orgulloso mundo, pese a sus poderes mediáticos, ordenanzas para dormir, y otros alborotos y salvaciones, no es capaz de hacerlo, por supuesto. JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO Escritor