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ABC SÁBADO 20 11 2004 Cultura 55 RETRATO DESENFOCADO DE UN MAESTRO Ramón Masats fue galardonado el pasado martes con el premio Nacional de Fotografía 2004 por la vigencia de su lenguaje documental PUBLIO LÓPEZ MONDÉJAR U n día lluvioso del otoño de 1955 llegaba a Barcelona un joven de aventajada estatura y gesto enérgico, al que un golpe de azar había convertido en fotógrafo. Era Ramón Masats Tartera (1931) quien, como su paisano Josep Pla, traía a la ciudad ecos de la vida lugareña de Caldes de Monbui, y la misma espontánea aversión por lo campanudo, relamido y pretendidamente artístico. Intuitivo, inteligente e irónico, pronto mostró sus dotes de adelantado, de persona nacida para desbrozar caminos. Sólidamente instalado en los escaños de sus propias certezas, él fue el primer fotógrafo de su generación en practicar el reportaje puro, gracias a su sorprendente osadía y vigor creativo y a un talento realmente portentoso. Así fueron naciendo trabajos admirables como Los Sanfermines (1956- 1963) o Neutral Corner (1962) verdaderas cumbres del reportaje español, cuya novedad anunciaba la sosegada madurez expresiva que fue adquiriendo Masats en aquellos años oscuros en los que España pugnaba por despojarse de la roña franquista. En sus obras de entonces encontramos a un fotógrafo privilegiado con el don de la mirada, que no convocaba a la nostalgia, sino al gozo y al deslumbramiento visual. En pleno éxito como reportero se fue alejando Masats de la fotografía, en uno de sus reiterados y bruscos virajes profesionales. En 1965 abandonó su Leica y su Hasselblad equipadas con lentes gran- angulares por las cámaras de cine, iniciando un nuevo camino por el que transitó durante quince años, en los que realizó decenas de documentales para televisión, un puñado de cortos y el largometraje Topycal Spanish (1970) un alegato visual lleno de irreverencia y causticidad. Hasta 1981 no volvió a la fotografía, pero contrariamente a sus primeros reportajes, su obra última la ha realizado enteramente en color. En ella encontramos su mismo vigor e insumisión de siempre, quizás ahora más atemperados por la sabiduría y el sosiego. En tan largos años de profesión, lo único que no ha abandonado es su propensión a la misantropía y su afición por la soledad y el apartamiento. Entre libro y libro sigue hibernando en el refugio del mar y de su casa madrileña, gozando de la música, el cine, la lectura, los fogones- -es un virtuoso del bacalao, que se trae expresamente de La Boquería, en sus frecuentes viajes a Barcelona- y de la compañía de las personas de su cercanía familiar o afectiva. No es nada sorprendente que haya sido hasta ahora uno de los fotógrafos menos frecuentados por expertos y galeristas. No obstante, no ha podido sustraerse a algunas solicitudes recientes, como la que le llevó a realizar en 1999 una monumental exposición retrospec- Atrincherado en su cazurra obstinación, sólo parece confiar en la firmeza inquebrantable de sus certidumbres y en la solvencia de su instinto tiva, o geroantológica, como él irónicamente gusta de repetir. Atrincherado en su cazurra obstinación, sólo parece confiar en la firmeza inquebrantable de sus certidumbres y en la solvencia de su instinto, y aún a las personas más queridas o respetadas las mantiene siempre a una prudente distancia, escuchándolas desde lejos, como quien oye llover. Los galardones y reconocimientos que en los últimos años se le van acumulando, los recibe con una indulgente complacencia y un cierto regocijo socarrón. Individualista impenitente, sólo anheló la libertad, consciente de que es el único equipaje verdaderamente indispensable para la creación y el respeto propio. Es más que probable que este excesivo, genial y flamante Premio Nacional, que nunca buscó la fortuna o la celebridad, sólo aspire ya, como su admirado Walter Benjamin, a la gloria sin fama, a la grandeza sin brillo y a la dignidad sin sueldo. Aunque esto nunca se sabe. Luis Buñuel, retratado por Ramón Masats en 1964 Una de las imágenes más conocidas del gran fotógrafo catalán