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ABC SÁBADO 20 11 2004 Opinión 7 JAIME CAMPMANY No sé si se habrán fijado en que Carod guarda un sorprendente parecido con el pierolopithecus cataláunico con bigote PÁJARO DE CUENTAS A sé yo que cualquier comentario que, sin las debidas reservas, aventure sobre las supuestas cuentas de Carod- Rovira en bancos suizos, sería peligrosamente precipitado. Las denuncias son anónimas, y eso lo mismo puede significar la irresponsable frivolidad del denunciante como la precaución para no dar a conocer el quebrantamiento de un sigilo obligado. Los jueces están investigando, y aunque el secreto bancario en Suiza forma parte del tesoro nacional, ya veremos si de ahí sale alguna estupenda certidumbre. Por lo pronto me atreveré a afirmar que lo único que le falta a Carod- Rovira para caerme definitivamente simpático es tener dinero en los bancos suizos. Y además, tenerlo en cuentas compartidas con los batasunos, es decir, con los asistentes de los etarras. Por lo visto, el oficio de terrorista da mucho dinero, y ahora hemos conocido el caudal amazónico que tenía Arafat. Y a propósito de Arafat, recordaréis que en el acto de Anoeta, Arnaldo Otegui salió a hablar habiendo colgado en el atril uno de esos pañuelos que el jefe palestino ponía alrededor de su cabeza y dejaba caer sobre un hombro. Es natural. El terrorista celtíbero rendía así homenaje al inventor del terrorismo como manera de la guerra posmoderna. Hay algunas circunstancias que abonan la sospecha que siembra la denuncia anónima y que se convierten en indicios. Por ejemplo, esas cuentas conjuntas explicarían el alarde de medios que Esquerra Republicana de Catalunya desplegó en las elecciones, y que le hizo crecer notablemente en votos hasta convertirla en el apoyo parlamentario indispensable para dar a Maragall la presidencia de la Generalitat y a Zapatero la del Gobierno español. Poderoso caballero es Don Dinero. A lo mejor, un puñado de dólares o de euros depositados en bancos suizos sirvió para tener a Zapatero cautivo de Carod- Rovira por lo directo y por interposición de Maragall. El tejemaneje y trapicheo de esas cuentas explicarían también el oscuro viaje de Carod- Rovira a Perpiñán, porque eso de que los etarras no maten en Cataluña y que antes de disparar miren el mapa se lo tenía dicho Rovira al Antza y al Ternera o similares, desde el comienzo de su tabarra política. Carod- Rovira no iría sólo a pedir la paz para Cataluña, sino también la pasta para su partido. Por otra parte, en ERC, Carod- Rovira ha dejado el poder, pero no ha dejado la autoridad, y eso, en toda tierra de garbanzos y naturalmente en Cataluña, quiere decir que es él quien maneja la pela. Si se confirmara la denuncia anónima y las cuentas suizas del pájaro, conoceríamos el secreto de la irresistible ascensión política de ese oscense alimentado en Gerona. Ya dice el refrán que no se es de donde se nace sino de donde se pace. Y a lo que se ve, Carod- Rovira pace a gusto en Cataluña. Además, que ir de Aragón a Cataluña, además de no salir del reino, sería un regreso a los ancestros, concretamente a ese último ancestro común del hombre, del chimpancé y del orangután, recién descubierto allí. Porque no sé si se habrán fijado ustedes en que Carod- Rovira guarda un parecido sorprendente con el pierolopithecus cataláunico, siempre que el simio se dejara crecer el bigote. Y JUAN MANUEL DE PRADA A la Pérfida Albión, que amasó su imperio con la sangre de millones de esclavos negros, no le bastaba con martirizar al intemperante Aragonés; quería también rebozarnos por los morros que los españoles somos un hatajo de racistas cavernícolas NOSOTROS, LOS RACISTAS A Pérfida Albión siempre se ha regodeado en la caracterización pintoresca del español como prototipo de cerrilidad, aspereza y primitivismo. Los viajeros ingleses del XVIII y del XIX gustaban de retratarnos como gentes rústicas y desaforadas, fanatizadas por la religión papista, lívidas de impulsos atávicos que hallaban su desahogo en el crimen pasional y su expresión lúdica en las corridas de toros. La imagen de una España infestada de moscas y piojos, convaleciente de su leyenda negra, habitada por los fantasmas de la Inquisición, mantiene todavía su vigencia. Para los ingleses resulta sumamente tranquilizador pensar que el español es un pueblo bárbaro, prisionero de sus tópicos, que se lame las llagas del atraso mientras palmotea en un tablao flamenco. Naturalmente, si la realidad refuta el estereotipo, se niega la realidad y santas pascuas. La intemperancia del entrenador Luis Aragonés ha servido para que los periodistas ingleses montasen un escandalito que quizá les sirviera para distraer su mala conciencia. De todos es sabido que la colonización inglesa fue, con diferencia, la más cruelmente racista: baste recordar que los colonos ingleses jamás se mezclaron con los indígenas; baste recordar que algunos de los países incorporados al imperio de Su Majestad Británica fueron proveedores a mansalva de esclavos (pensemos, por ejemplo, en Sierra Leona) cuyo tráfico contribuyó a engrosar las arcas del erario público; baste recordar, en fin, que algunas de las más atroces políticas de segregación racial (como el apartheid sudafricano) son hijas del dominio inglés. Por ceñirnos al ámbito futbolístico, convendría mencionar que cuando el Atlético de Madrid ficha a Ben Barek, allá por los años cuarenta, los equipos ingleses tenían vedado alinear jugadores negros, situación que aún se prolongaría algunas décadas. Pero a los periodistas ingleses, por lo L que se ve, no les importa mentar la soga en casa del ahorcado; y así, sin rubor alguno, le han montado una ordalía al intemperante Aragonés, quien al parecer había acicateado a uno de sus pupilos, imbuyéndole la idea de que atesoraba más condiciones que un tal Thierry, a quien designó negro de mierda Lejos de mi propósito justificar el exabrupto del intemperante Aragonés; pero conviene recordar que dichas palabras no fueron proferidas públicamente, sino en el curso de un entrenamiento, donde un micrófono indiscreto acertó a captarlas, y que luego fueron difundidas en un ejercicio de dudosa libertad de prensa. Pero a la Pérfida Albión, que amasó su imperio con la sangre de millones de esclavos negros, no le bastaba con martirizar al intemperante Aragonés; quería también rebozarnos por los morros que los españoles somos un hatajo de racistas cavernícolas. Para facilitar este alarde de cinismo, se encontraron con el proverbial complejito masoquista hispano, que gusta tanto del cilicio y la penitencia. Y así, en un acto de bochornosa claudicación, la Federación Española de Fútbol permitió que los futbolistas ingleses (una pandilla de tuercebotas venidos a España para poner el cazo) exhibieran una pancartita que, más allá de su seráfica proclama, constituía un insulto dirigido a los españoles; y, encima, los tuercebotas autóctonos se avinieron a sostener solidariamente la citada pancartita, humillando así a su entrenador y, por extensión, a sus compatriotas, sobre quienes se lanzaba tácitamente el injusto baldón. Propongo que, cuando la selección española viaje a la Pérfida Albión, lo haga con una pancartita en la que se denuncie el mantenimiento de tropas en territorio iraquí: a ver si se la dejan exhibir en Old Trafford. Lejos de mi propósito justificar la reacción de ciertos aficionados botarates; pero a mí la pancartita de marras también me soliviantó.