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40 Madrid CAOS EN LA CAPITAL OTRO FUEGO EN UNA SUBESTACIÓN ELÉCTRICA VIERNES 19 11 2004 ABC Ascensores que no funcionan, calefacciones inútiles, cocinas que no se encienden, comerciantes a la luz de las velas... Éste es el paisaje atípico y fantasmal de una ciudad a la que la oscuridad la sumergió en una parálisis casi total Sin calefacción, sin cocina, sin ascensor... TEXTO: M. ASENJO C. HIDALGO FOTO: JAVIER PRIETO MADRID. Quienes sufrieron el fuego de julio cerca de Atocha, al menos, no pasaron este horroroso frío se quejaba una anciana que se acercó a una tienda del barrio de Pacífico para comprar velas: Ahora, para colmo, no puedo coger el ascensor... ¡Y vivo en un sexto piso! se quejaba, no sin cierta ironía, la septuagenaria. En otra punta de la ciudad, en el barrio de La Concepción, un chico, ataviado con casco y guantes comentaba a un grupo de amigos que, aburrido por no poder ver la televisión ni oír la radio ni conectar su ordenador, decidió acercarse al garaje a coger la bici. Pero también había quienes le saben sacar el lado positivo a este tipo de situaciones. Es el caso de Pedro y su familia. Estos ecuatorianos, que viven cerca de la Asamblea, sonreían: Sin tele y sin poder poner la vitrocerámica... ¡Al menos, así charlamos más! Esta realidad supuso que algunos madrileños- -los menos- -salieran a la calle sin ni siquiera poderse haber informado de lo ocurrido. Esto es Madrid, señores; ¿qué se creían? comentaba un tendero a su clientela. Sin radiadores, sin poder cenar, subiendo a patita a casa... Trasladarse de un lugar a otro se tornó en una auténtica aventura, porque barrios enteros se convirtieron en ratoneras de las que era sumamente complicado escapar. Distancias que se recorren habitualmente en 15 minutos exigieron hasta dos horas para ser completadas. Encontrar un taxi fue tarea casi imposible- -muchos no dudaron en compartir este medio de transporte para no perder vuelos ni salidas de trenes- -y los cruces de las calles se convirtieron en vallas insalvables y peligrosas, ya que decenas de semáforos dejaron de funcionar, por lo que, entre agentes policiales y la buena voluntad de los ciudadanos, hubo que sacar pecho e improvisar rutas alternativas alejadas del caos circulatorio. Sin embargo, no faltaron los encontronazos entre conductores, sobre todo, en la zona de Méndez Álvaro. Otros consultaban por internet la situación del tráfico para dirigirse a su destino sin riesgo de llegar tarde o verse envueltos en algún incidente. Los actos de diversa índole programados tuvieron que ser retrasados. Los comerciantes se afanaban en atender a su María Jesús, farmacéutica de la avenida de la Albufera, vela en mano, a las puertas de su comercio clientela casi a oscuras, tan sólo escoltados por la tenue luz de las velas. JAVIER PRIETO No me cobres de más Ese era el caso de María Jesús en su farmacia situada en la Avenida de la Albufera, tratando de mantener a duras penas su negocio abierto, a pesar de la escasa afluencia de público. A ver si con la oscuridad nos vas a cobrar de más bromeaba una señora de mediana edad en un estanco de Vallecas. A los pies del epicentro del suceso, algún ciudadano mascullaba: ¡Yo lo que quiero es entrar en el cine! Se trataba de una de las decenas de personas que tuvieron que ser desalojadas del complejo Ciné Cité de Méndez Álvaro. Era la sorna ante un hecho que interrumpió bruscamente la marcha habitual de una ciudad con más cuatro de millones de habitantes. CUANDO LA CIUDAD SE CONVIERTE EN UNA RATONERA JAVIER TOMEO D urante las últimas horas, las dos grandes ciudades españolas, Madrid y Barcelona, estuvieron a punto de convertirse en dos inmensas ratoneras: misteriosos incendios en subestaciones eléctricas que dejaron a miles de ciudadanos a oscuras, autobuses interburbanos que se averían mientras atraviesan infernales túneles, tráfico colapsado, automovilistas atrapados que se desesperan y claman al cielo, cientos de viajeros caminando como almas en pena por los arcenes de la autopista, miles de ciudadanos que no consiguen salir de la ciudad, otros miles de ciudadanos que no pueden entrar... Lo cotidiano, de vez en cuando, se avergüenza de su condición, pugna por convertirse en una auténtica pe- sadilla y todo se nos revuelve entonces patas arriba. Lo más recomendable, en esos momentos, es no perder el sentido del humor. La función química del humor, decía un chino sabio, consigue cambiar el carácter de nuestros pensamientos. -En este preciso instante- -me dijo hace ya algunos años un amigo bromista, durante uno de esos apagones eléctricos- -todos los ciegos de esta ciudad se han quedado sin poder oír la televisión. Debemos admitir, de todos modos, que tal vez muy pronto consigamos trampas tan perfectas de las que ni siquiera nosotros, sus constructores, podamos luego escapar. Las ciudades son el abismo de la especie humana, escribió Jean Jacques Rousseau, cuando todavía no se conocían los automóviles, ni circulaban los autobuses interurbanos, ni se incendiaban las subestaciones eléctricas, ni se producían oscilaciones en las redes de alta tensión o se averiaban los autocares, y, sobre todo, cuando la gente no tenía tanta prisa. Cualquiera sabe lo que diría un día como hoy.