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ABC VIERNES 19 11 2004 Opinión 7 JAIME CAMPMANY Esperemos todos los españoles que este confuso Zapatero, que no sabe lo que es una nación, no deje la nuestra hecha un batiburrillo ESPAÑA O EL BATIBURRILLO DMIRADO me tiene el señor Rodríguez Zapatero desde su intervención en el Senado en respuesta a una pregunta del senador Pío García Escudero. Bueno, rectifico: me tiene admiradísimo, porque admirado me tiene casi continuamente, que menos mal que la admiración no me hace abrir la boca un palmo porque entonces iría por estos páramos como un tragabolas. Pues ahora resulta que este Zapatero que nos desgobierna no tiene claro el concepto de nación y de nacionalidad. Para él, ese es un concepto tan discutido como discutible y no lo tiene claro en su caletre, ni conoce su naturaleza, ni sus límites, ni su definición, ni su significado. Y trae la confusión del concepto hasta el objeto de su gobernación, de modo que la Nación española termina por ser tan discutida y discutible como el concepto histórico, social y jurídico de la nación y la nacionalidad al través de los siglos en la definición de los eruditos. Tóquese usted el níspero, don Agapito. El presidente del Gobierno de España no se ha enterado de lo que gobierna desgobierna y lo mismo puede creer que está gobernando un conjunto de habitantes unidos por historia común o tradiciones comunes y el territorio donde viven organizados políticamente bajo una Constitución, que gobernar una tribu, una manada, una pandilla o un colectivo, como dice el rojerío, instalado en una finca, un campo, una isla, un valle o en las cuevas que hay en Graná Tóquese usted de nuevo el níspero, don Agapito, y alíviese el pasmo con la lujuria, que aquí hay para rato. Porque si el señor Zapatero no sabe si gobierna una nación, según el concepto que tenga un estudioso u otro, o gobierna una nacionalidad, o gobierna Jauja, la ínsula Barataria, el castillo de Irás y No Volverás o el País de las Maravillas, lo primero que tiene que hacer es despertarse del sueño, recuperarse del vahído, volver en sí y hacerle a doña Sonsoles la pregunta de rigor: ¿En dónde estoy, cariño? Y de momento no pisar otra vez el Senado hasta que los médicos le den el alta porque ya se ve que en cuanto sube a la Cámara Alta se le va la cabeza, le da el vértigo y pierde el sentido. El PP y García Escudero no han comprendido que hay preguntas que no se deben hacer al Zapaterito leré porque se le mete en un callejón sin salida y empieza a dar saltos hacia las azoteas. Si él se agarrara a la Constitución como quien se agarra al Evangelio y dijera que la Nación española está allí claramente definida como única e indivisible; si tuviera el valor político de decirles a los pocos, pero tercos, incordiantes de la independencia que se dejen de nacionalidades, països, autodeterminaciones, cosoberanías, delirios de pequeñez y otros subterfugios para romper esa unidad constitucional de España hasta convertirla en un mosaico, se le aclararían en el caletre y en su decisión de gobernante los conceptos que ahora tiene confusos. Y aprendería de golpe que para gobernar España la primera condición es que exista España. Tóquese usted otra vez el níspero, don Agapito, y vamos a esperar, usted, yo y todos los españoles, que este confuso Zapatero que no sabe lo que es una nación, no deje la nuestra hecha un batiburrillo. A CARLOS HERRERA Los catalanes que conozco sólo quieren llevarse bien con los demás, hablar su lengua y enseñársela a quienes no la conozcan, asumir las luces y las sombras de su historia con naturalidad y disfrutar de las pequeñas cosas de la vida LA IMAGEN DESENFOCADA UÉ necesidad tienen los políticos nacionalistas catalanes de hacerse los antipáticos? Parece como que, si no lo fueran, su parroquia se sintiese algo decepcionada y recibiera la impresión de que no defienden con uñas y dientes los derechos pisoteados históricamente por una ciudadanía foránea. Tiene algo de primario e infantil, pero se ha acabado convirtiendo en un acto reflejo: ante el ultraje permanente, la permanente pendencia, y no se hable más. Aquellos que adoptan constantemente, haga frío o calor, la postura agresiva o suficiente del nacionalismo, hacen flaco favor al aspecto histórico de una colectividad: los catalanes de calle, el señor Martí o la señora Deulofeu no son desatentos, ni voraces, ni pendencieros, ni tienen el más mínimo interés en faltar al respeto a nadie, ni se creen por encima de ningún semejante. Sin embargo son víctimas del desapego que provocan en el resto de los españoles los discursos de alguno de sus representantes. Cuando los catalanes te dicen aquello de oiga, amigo, que aquí no somos así, que no mordemos, que somos amables y queremos a todo el mundo tienen mucha razón: por regla general son educados, corteses, generosos- -sí, sí, generosos, que ya está bien con los chistecitos- -y admiran sinceramente aquello que descubren y conocen; pero, por desgracia, son equiparados al único discurso políticamente correcto en Cataluña, ese que tiene secuestrado todo el espacio y que consiste en afirmar que viven históricamente subyugados por un pueblo vecino del que hay que desligarse. La misma gestión que el independentismo y el nacionalismo catalán está realizando por el reconocimiento de la unidad de la lengua catalana, está generando tal sentimiento de agresión en la vecina comunidad de Valencia que el enfado se está pormenorizando hasta en las relaciones personales que unos mantienen con otros. La unidad lingüística se puede defender, estoy convencido, con otras estrategias. ¿Creen sinceramente los políticos catalanes que los valencianos correrán albo- ¿Q rozados a abrazar su patronímico a base de recordarles que forman parte de un apéndice cultural del norte? ¿De verdad lo creen? ¿No hay maneras más inteligentes que exigir al Gobierno central, desde el centro del saloon que se retrate y afirme que aquí sólo existe el catalán y nada más que el catalán? Trasnochados sueños de grandeza asaltan a aquellos que viven en la disparatada idea de unificar los llamados Paisos Catalans y les llevan a creer que es posible una renovación de reinos medievales en la Europa del siglo XXI: inmediatamente que eso se verbaliza, normalmente con desagrado, con notable antipatía, no hay lugareño que no reafirme su identidad a base de negar la contraria. Parece mentira que el imperialismo de algunos no le deje ver esa realidad. Aquellos que amamos Cataluña hasta el desmayo, que amamos el catalán como lengua tan propia como otra, que guardamos en el corazón el nombre de amigos o familiares que forman parte inseparable de nuestras vidas, consumimos buena parte de la misma habiendo de explicar las bondades de una tierra excepcional y de una sociedad admirable. En no pocas ocasionesdebemos contrarrestar la impresión que subyace en la manoseada expresión nos odian y en asegurar que hay un camino hacia la normalidad. La clase política es pues, en buena medida, responsable de asignar un perfil desagradable a colectividades mucho más neutras. Evidentemente, imbéciles los hay en todas partes, pero resulta inmerecido que deban cargar con el sambenito de la insolidaridad ciudadanos que sólo hacen que trabajar y compartir. Los catalanes que conozco sólo quieren llevarse bien con los demás, hablar su lengua y enseñársela a quienes no la conozcan, asumir las luces y las sombras de su historia con naturalidad y disfrutar de las pequeñas cosas de la vida. No es justo que sujetos que se esfuerzan a diario por ser antipáticos y desagradables difundan una imagen que no se corresponde con la realidad. www. carlosherrera. com