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4 Opinión JUEVES 18 11 2004 ABC Directores Adjuntos: Eduardo San Martín, Juan Carlos Martínez Subdirectores: Santiago Castelo, Rodrigo Gutiérrez, Carlos Maribona, Fernando R. Lafuente, Juan María Gastaca Jefes de área: Jaime González (Opinión) Alberto Pérez (Nacional) Miguel Salvatierra (Internacional) Mayte Alcaraz (Sociedad- Cultura) Ángel Laso (Economía) Pablo Planas (Reportajes- corresponsal político) Jesús Aycart (Arte) Adjunto al director: Ramón Pérez- Maura GUILLERMO LUCA DE TENA PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA CONSEJERO DELEGADO: SANTIAGO ALONSO PANIAGUA PRESIDENTE DE HONOR: DIRECTOR: Redactores jefes: V. A. Pérez, S. Guijarro (Continuidad) A. Collado (Nacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura) E. Ortego (Deportes) F. Álvarez (TV- Comunicación) L. del Álamo (Diseño) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) Director General: Héctor Casado Económico- financiero: José María Cea Comercial: Laura Múgica Producción y sistemas: Ignacio Sanz IGNACIO CAMACHO EL RELATIVISMO NACIONAL DE ZAPATERO ABE la posibilidad de que el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, no tuviera medidas las consecuencias políticas de su intervención ayer en el Senado, pero al afirmar que los conceptos de nación y de nacionalidad son discutidos y discutibles allanó de la peor manera posible el debate sobre el modelo territorial del Estado. Lo que hizo fue relativizar el núcleo de la Constitución de 1978, que es el reconocimiento de la Nación española, a la que está dirigida la norma constitucional, precisamente por ser una realidad nacional unitaria y preexistente. Ni el más conspicuo nacionalista podía imaginar que iba a ser el propio jefe del Ejecutivo quien pusiera bajo la duda gratuita el principio nacional. Lo que no han logrado los nacionalistas desde 1978, una declaración formal desde el propio Estado que diera por bueno su revisionismo histórico, se lo ha servido en bandeja Rodríguez Zapatero, sin causa que lo justifique y en el umbral de un debate en que los nacionalistas sí van a hablar de nación y nacionalidades. Si hubiera que indagar acerca de las razones por las que el presidente del Gobierno se empeña en debilitar argumentalmente los principios básicos de la Constitución- -porque no es la primera vez que diluye el valor político del concepto de nación- es probable que no se hallen en una profunda reflexión intelectual del jefe del Ejecutivo. Resultaría sorprendente que Rodríguez Zapatero también quisiera liderar ahora una revisión de los autores clásicos de la Ciencia Política y de la Teoría del Estado, que, más que discutir sobre el concepto de Nación, defienden sus raíces históricas como presupuesto de los actuales Estados europeos. Exactamente lo contrario de lo que ayer sugirió el presidente del Gobierno. La duda es un método científico, pero la falta de convicciones es algo mucho menos prestigioso, más aún cuando se arrinconan las certezas GUERRA DE VALORES N la guerra no vale todo. A pesar de ser, por definición, un escenario dominado por el empleo de la violencia, lo cierto es que para las sociedades abiertas, la violencia no puede ser nunca indiscriminada. Debe estar reglada y sujeta a límites precisos. Esto- -que en principio es aplicable a todos los combatientes- -se hace especialmente obligado cuando las operaciones afectan a la población civil, a los heridos y los prisioneros. De hecho, nada es más contrario a las leyes de la guerra que el ensañamiento con los heridos. Las imágenes difundidas por los medios de comunicación en las que se ve en el interior de una mezquita a un marine norteamericano rematando a un prisionero herido durante el asalto a Faluya han provocado la justa indignación de una opinión pública que no entiende ni tolera actos de violencia gratuita, sobre todo después de que se conocieran las vejaciones inflingidas a prisioneros de guerra iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib, episodios capaces de confundir a la sociedad occidental sobre la situación real del bando de la barbarie y cuya brutalidad han dejado en segundo plano la noticia del asesinato de la rehén británica Margaret Hassan. Pero que nadie se engañe: es precisamente el respeto a la dignidad y los Derechos Humanos de las sociedades democráticas lo que lleva a éstas a condenar acciones como la del soldado norteamericano, mientras quienes carecen de esos valores están aplaudiendo a estas horas el asesinato de la súbdita británica. La reacción del Pentágono no se ha hecho esperar. La apertura de una investigación ha sido inmediata. Con todo, urge certificar, primero, la veracidad de las imágenes y, después, la autoría de los protagonistas del presunto asesinato con el fin de depurar las responsabilidades penales que pudieran darse. Es evidente que, al igual que sucedió en Abu Ghraib, estamos ante hechos aislados que, desgraciadamente de ser ciertos, empañan la limpieza y el éxito de unas operaciones que han logrado desactivar prácticamente el peligroso santuario de terror que era Faluya. El combate del terrorismo requiere el empleo de la fuerza. Es más, el desarrollo del proceso democrático abierto en Irak exige la derrota por las armas de los elementos baasistas que, aliados con las células de Al Qaida infiltradas en el país, tratan de entorpecerlo desestabilizando con la violencia terrorista la difícil viabilidad del gobierno de Alaui. Por eso mismo, este objetivo tiene que subordinarse a unos mínimos de legalidad. Los iraquíes deben ver en los EE. UU. un aliado que les permita recuperar definitivamente su libertad. Lo contrario, no sólo sería indigno debido a su injusticia sino, en términos prácticos, una absoluta necedad. C que establece el ordenamiento constitucional y se desiste gratuitamente de la responsabilidad institucional que obliga a defender, por encima de criterios personales, los fundamentos del Estado, en los que el jefe del Ejecutivo, por definición, debe creer. Quizá Rodríguez Zapatero se dejó llevar de sí mismo y trasladó a su esfera política ese personal planteamiento, un tanto mórbido, que ya ha expuesto en varias ocasiones sobre los conceptos de nación, patria y similares. Cualquiera que fuera su intención, ni siquiera pudo sostener un discurso equilibrado y equidistante de las diversas fuerzas políticas presentes en el Senado, pues, al tachar de fundamentalista al PP por la forma en que se refiere a España y a la Nación española, premió tácitamente al único fundamentalismo que no acepta discusión ni crítica, que es el nacionalista. Es preocupante que después de que los españoles trabaran un complicado consenso constitucional del que resultó, de forma inequívoca, el reconocimiento de la Nación española, patria común e indivisible de los españoles venga ahora Zapatero a abrir de golpe la segunda transición que reclamaba Maragall, desarmando a su Gobierno de la razón histórica y política más importante de la Constitución. El diálogo con los nacionalistas no se facilita presentando una imagen amable, y si esto es lo que buscaba al despachar los conceptos constitucionales como prejuicios fundamentalistas, su estrategia no puede ser más errónea. Ahora, el presidente del Gobierno tendrá que explicar cómo piensa abordar, desde la responsabilidad de su cargo, el debate sobre el modelo de Estado y las reformas estatutarias, si ayer emborronó una línea roja que la Constitución quiso dejar invariable. Para el nacionalismo y el socialismo confederal que habita en su partido son muy rentables las dudas que exhibe Zapatero cuando habla de España. E EL PP RECORTA DISTANCIA L último barómetro de intención de voto del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) deja en seis puntos la distancia que separa al PSOE del PP, un punto menos que lo que indicaba esa misma encuesta en el mes de julio. A primera vista, parece claro que los socialistas no han sabido rentabilizar, en términos de opinión pública, el rebufo favorable que suele acompañar a los partidos que acceden al poder. Esta tendencia ya se vio clara en las elecciones europeas, celebradas el 13 de junio, donde los cinco puntos de ventaja obtenidos por el PSOE sobre el PP en las generales de marzo se limaron hasta dos en porcentaje de votos, lo que se tradujo en un empate técnico en número de eurodiputados. Poco le ha durado, pues, el supuesto e impara- E ble aire de cambio que, según Rodríguez Zapatero, exigía la sociedad española. En el ecuador del primer año de mandato, el PP gana terreno en la persecución. Pero también es cierto que los populares no han sabido apurar del todo los flancos que ofrecía un Ejecutivo titubeante y sin un programa claro de gobernación. El PP ha de olvidarse ya del 11, 12 y 13 de marzo y denunciar los errores de los socialistas al frente del Ejecutivo, algunos de un porte inquietante pues afectan a asuntos tan trascendentales como el modelo de Estado. Aferrarse al recuerdo de esas fechas y hacer de ellas la parte sustancial de su ejercicio de oposición podría llegar a limitar la proyección del partido hacia el futuro y su asentamiento en las preferencias de la mayoría de la opinión pública.