Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC JUEVES 18 11 2004 La Tercera REALIDAD Y VIRTUD DE LA MONARQUÍA D E manera diáfana acaba de revelársenos, una vez más, todo lo que la Monarquía, personificada en el Rey, supone- -en palabras de Hilaire Belloch- no sólo como símbolo moral, sino como encarnación de todo un pueblo -algo que nunca podrá significar un presidente republicano, inevitablemente vinculado a un solo sector político de la diversa realidad nacional- La Monarquía abarca, tanto desde el punto de vista social como desde el punto de vista político, todas las facetas de esa realidad; en una perfecta posición arbitral. Es evidente que el proceder del presidente norteamericano Bush- -el desaire que ha querido significar al jefe del Gobierno español, Rodríguez Zapatero, dando el silencio por respuesta a su felicitación telefónica y acogiendo, como contraste, con los brazos abiertos, a su amigo Aznar en la Casa Blanca- -constituye una clara represalia contra el proceder del líder socialista en relación con los Estados Unidos: su precipitada retirada de las tropas españolas de Irak- -retirada que por mi parte sólo censuraría yo por precipitada, pero no por lo que significa en sí ¿quién podrá entender como un acierto del presidente Bush esa disparatada aventura, de la que es imposible prever el final, y que está condenada a abrir nuevos e inacabables horizontes de confrontación con el avispero islámico? -y su, también a mi entender, imperdonable y ostensible desprecio a la bandera norteamericana en un acto público. Pero también es cierto que esos gestos de castigo al presidente del Gobierno- -por elección democrática- -de una destacada potencia europea que, por añadidura, tiene proyección extraordinaria sobre el continente americano, no se pueden llevar demasiado lejos sin correr el riesgo de ofender a todo el país. Dejando aparte gestos más o menos felices, y que debió evitar, Rodríguez Zapatero tiene perfectísimo derecho a situarse en desacuerdo con las orientaciones internacionales del César o emperador de nuestro mundo, según le reconocen, con humillante sumisión, nuestros medios de prensa. Bush no tiene interés en que su reacción, un tanto visceral, llevada demasiado lejos, se interprete por los españoles como dirigida en realidad a España. Y la encarnación institucional de España no es el jefe del Gobierno que está, temporalmente, en el poder, sino el Rey Don Juan Carlos, quien, por lo demás, siempre ha demostrado su afecto y simpatía a la gran democracia norteamericana. La cordial invitación del presidente Bush a nuestros Reyes para que participen, como huéspedes de honor, en la No tengo duda de que el Rey de todos los españoles, atenido a una impecable lealtad a los gobernantes democráticos de nuestro país, sabrá servir a los grandes intereses de España mediante esta nueva visita al actual huésped de la Casa Blanca. Le asiste, junto a lo que institucionalmente encarna, un talante siempre abierto, siempre llano fiesta de Acción de Gracias en el rancho de Camp David viene a significar esto: No tengo nada contra el noble pueblo español: he aquí la prueba. Y estoy seguro de que Don Juan Carlos, a quien nuestra Constitución reconoce la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales y que, según la misma Constitución (art. 56) arbitra y modera el funcionamiento regular de las Instituciones acertará a reordenar diplomáticamente- -como ha sabido hacerlo en señaladas ocasiones anteriores- -la situación interior de España (en este caso su aislamiento respecto a la primera potencia del globo) Me viene a las mientes el recuerdo de aquella memorable actuación de nuestro Rey, cuando se iniciaba la difícil transición pacífica a la democracia, precisamente en la Cámara de representantes norteamericana, con un resonante discurso que permitió abrir el camino a la senda constituyente en España, tras el derrocamiento de los últimos reductos franquistas (léase, el presidente Arias Navarro) Cierto es que en aquella época los poderes del Rey aún no habían sido limitados por la Constitución- -pero no olvidemos que fue el propio Don Juan Carlos quien autolimitó sus atribuciones, heredadas del régimen anterior- Y, ya dentro del ordenamiento constitucional, las iniciativas del Rey, sin salirse jamás de lo que nuestro Código fundamental le reconoce, han señalado caminos no siempre valorados ni aprovechados por sus Gobiernos. Así, su amistad con el Rey de Marruecos- -por su parte siempre propicio a entenderse con España tratando de monarca a monarca- así, por otra parte, el deseo de Don Juan Carlos de hacer acto de presencia, como tierra española que es, en la entrañable Melilla- así, también, su inteligente empeño de visitar Cuba, siguiendo el ejemplo nada menos que de Juan Pablo II: una visita que hubiera podido tener consecuencias insospechadas en la situación interior de la que fue, hasta 1898, la provincia española de ultramar, pero visita a la que siempre se opuso, con escaso acierto, el presidente Aznar. En más de una ocasión, el incombustible Fidel Castro ha dicho que su trono está esperando a Don Juan Carlos en La Habana. Para Fidel, sin duda, sería un tanto positivo recibir como huésped al nieto de Alfonso XIII; pero se le escapa cuanto puede suponer la magia de la realeza como factor capaz de desglosar- -o de poner en entredicho- -con la sola presencia del Rey los enquistados dogmas de la revolución castrista. Vuelvo al punto de partida. No tengo duda de que el Rey de todos los españoles, atenido a una impecable lealtad a los gobernantes democráticos de nuestro país, sabrá servir a los grandes intereses de España mediante esta nueva visita al actual huésped de la Casa Blanca. Le asiste, junto a lo que institucionalmente encarna, un talante siempre abierto, siempre llano, tocado de un casticismo popular de insuperable eficacia para romper barreras. CARLOS SECO SERRANO de la Real Academia de la Historia