Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC MARTES 16 11 2004 Opinión 7 JAIME CAMPMANY El nacionalismo vasco que gobierna debe abandonar el doble juego de condenar la violencia por un lado y de aprovecharse de ella por otro BANDERA BLANCA SA bandera blanca que Herri Batasuna ha enseñado a medias en el acto delictivo de Anoeta no es más que un trapo sucio, manchado de traición, de sangre y de dinamita. Ya lo conocemos desde la otra tregua trampa que tendió la banda etarra. Esperemos que el Gobierno socialista no caiga en la tentación de creer en un ofrecimiento de paz que el brazo político de Eta hace al Estado, pero sin una condena del terrorismo, sin un arrepentimiento por los crímenes cometidos hasta ahora, sin renunciar a matar y sin entregar las armas. A cambio de unas palabras ambiguas del peligroso criminal Arnaldo Otegui, piden tregua, acercamiento de presos al País Vasco, nuevas amnistías, excarcelación y perdones. Y que el llamado Plan Ibarreche primer paso hacia la independencia de Vasconia y la desmembración de España, siga adelante como medio de conseguir a cambio de la paz lo que no han logrado por el terror. Si la banda etarra se encuentra en la situación de mayor debilidad en su larga historia de crímenes, no ha sido a fuerza de concesiones y paños calientes, sino en la acción más eficaz contra el terror que jamás llevó a cabo gobierno alguno. La lucha antiterrorista concertada con los países de Europa, la ayuda importante de América, la agilización de detenciones y de extradiciones, la investigación de las fuentes de financiación etarras, la deslegalización de Herri Batasuna, la colaboración estrecha entre las policías española y francesa, la aprehensión de los criminales más destacados de la cúpula del mando etarra y en general todas las medidas enérgicas, pero legales y respetuosas con el Estado de Derecho, adoptadas por el Gobierno Aznar, han terminado por debilitar casi hasta la extenuación a la banda criminal. Pero la banda no se ha rendido. Hacen lo de siempre. Ofrecen la paz a cambio de su victoria. Ibarreche, con su Plan, quiere conquistar lo mismo que los etarras con sus disparos, con sus bombas, con su terror: una Euskadi independiente y una España mutilada o descuadernada. Han permanecido más de treinta años recogiendo las dramáticas nueces que caían del árbol movido por Eta El Plan Ibarreche llega propuesto sobre una pirámide de cientos de muertos y de miles de secuestros, extorsiones y el exilio doloroso de vascos honestos y pacíficos, amenazados por el terror. Lo que el siniestro personaje Otegui ha propuesto en Anoeta no es un acuerdo de paz: es una exigencia del botín de guerra, precisamente ahora cuando la guerra se les hace más difícil. Este es el momento en que la responsabilidad del gobierno vasco y del Gobierno de España debe acabar de una vez con el terror etarra, que se encuentra a punto de rendición y sin fuerzas para exigir nada. El gobierno vasco, es decir, el nacionalismo vasco que gobierna, debe abandonar el doble juego de condenar la violencia por un lado y de aprovecharse de ella por otro. Que renuncie claramente a obtener avances en su política propiciados por el miedo y la amenaza. Que no subvencione, ni ayude ni ampare de algún modo a los que matan en nombre de una falsa soberanía del pueblo vasco. Y que comprendan que no van a engañar a ningún gobierno de España. E IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA Acaso lo más grave de nuestra convivencia pública resida en la pretensión de algunos grupos minoritarios de modificar buena parte de lo hasta ahora fundamental. Así, la unidad de España y la forma de organización territorial del Estado LO FUNDAMENTAL N política, como en todo lo demás, resulta esencial distinguir lo que es fundamental de lo que no lo es, diferenciar entre lo que sirve de apoyo y fundamento y lo que encuentra en ello su pilar, en suma, entre lo fundamental y lo fundamentado. En política, eso fundamental es lo que suele consignarse en los textos constitucionales. Se saca así de la disputa diaria y partidista para estatuirlo como permanente. Por eso se exigen mayorías cualificadas y más estrictos requisitos para su revisión. Lo fundamental y las reglas del juego pueden ser revisados pero no deben ser sometidos a cuestión permanente. Acaso lo más grave de nuestra convivencia pública resida en la pretensión de algunos grupos minoritarios de modificar buena parte de lo hasta ahora fundamental. Así, la unidad de España y la forma de organización territorial del Estado. También las raíces cristianas de nuestra sociedad y la vigencia de la libertad de enseñanza religiosa. Asimismo aumentan las profesiones de fe republicana y las voces que declaran caducado el tiempo de la Monarquía. Sin duda, que quienes defienden alguna o varias de estas demoliciones de lo fundamental están en su derecho para hacerlo, siempre que respeten los procedimientos establecidos. Como también es cierto que quienes nos oponemos a ellas nos encontramos igualmente legitimados para hacerlo. Pero conviene recordar una diferencia no pequeña ni irrelevante. Quien aspira a cambiar lo fundamental tiene que convencer a la inmensa mayoría que lo sustentó y lo sigue sustentando. No todos disciernen con acierto entre lo que corresponde a las minorías y lo que no. Muchas veces pisoteamos sus derechos legítimos y, a la vez, les concedemos los que no les corresponden. Una minoría mayoritaria, como la socialista actual, tiene derecho a formar gobierno con los apoyos que obtenga, aunque eso produzca la E anomalía democrática de que, por ejemplo, ERC pese más en la política actual del Gobierno que el PP. Pero lo que ya no sería legítimo es conceder a esas minorías necesarias coyunturalmente el derecho a acosar y derribar lo fundamental. Bien está dialogar con todos, pero dando a cada uno su derecho y su peso. Imaginemos que un partido político propusiera una reforma constitucional para abolir la propiedad privada o prohibir la práctica pública de la religión o expulsar a todos los inmigrantes. ¿Sería necesario abrir un proceso de debate público serio cuando quizá más del 90 por ciento de los ciudadanos y sus representantes se oponen a medidas semejantes? Se les puede escuchar e invitarles cortésmente a que vuelvan otro día y sometan a los procedimientos de reforma constitucional sus propuestas. Pues, si no me equivoco, lo mismo habría que hacer con quienes encabezan estos atentados contra lo fundamental. El problema es que una minoría no puede cambiar lo fundamental sin traicionarlo. Y en eso estamos. La alarma cunde no por esto, sino por las dudas que asaltan a muchos ciudadanos sobre la capacidad del actual Gobierno para mantenerse firme ante este desafío. Y las dudas no parecen infundadas, entre otras razones, porque ni siquiera lo reconocen como desafío, exhiben una muy peculiar y selectiva concepción del diálogo y quizá porque la debilidad suele conducir a conceder a aquél de quien se depende mucho más de lo que le corresponde. Entre los derechos de las minorías no se encuentra el de cambiar las reglas del juego en mitad de la partida ni el de imponer su criterio sobre lo fundamental en contra del de las grandes mayorías. En definitiva, hoy en España no es posible alterar lo fundamental sin el acuerdo del PSOE y del PP. Sin él, sólo es posible modificar lo fundamentado.