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ABC MARTES 16 11 2004 La Tercera EL RETO Y LA RESPUESTA A historia de la Iglesia está hecha de silencios y de sobresaltos, de entrega generosa y de traiciones, unos y otras adviniéndole unas veces desde dentro de ella misma y otras desde fuera. Los impulsos interiores del Espíritu Santo, acogidos en docilidad y correspondidos con generosidad, la van empujando en unas direcciones y haciéndola avanzar hacia unos continentes que ella antes no podía sospechar. ¿Quién pudo de antemano anticipar el terremoto que supuso San Francisco de Asís, la revolución silenciosa de Teresa de Ávila o el aliento contemplativo y solidario que desde su soledad en Tamanraset introdujo Carlos de Foucauld en las almas, primero en Francia y luego en toda Europa? A las incitaciones del Espíritu desde dentro acompañan en la historia de la Iglesia las provocaciones desde fuera. Unas veces como inesperadas colaboradoras de sus propios proyectos, otras como despertadoras a valores evangélicos, que ella había dejado en silencio o parcialmente negado, otras finalmente como acoso contra su propio proyecto de gracia hasta la persecución o muerte. El martirio, en las múltiples formas en las que le puede sobrevenir a lo largo de la vida, es un horizonte connatural a la existencia del cristiano, cuando éste está decidido a ser fiel a Jesucristo. Los retos exteriores que vive la Iglesia pueden ser fecundos o mortíferos. El sentido de cada uno de ellos dependerá de su capacidad para interpretarlos, corresponderlos e integrarlos en el designio salvífico de Dios. Cuando Toynbee elabora esta teoría afirma que la repercusión de cada uno de los retos depende de la respuesta que encuentren y ésta a su vez dependerá de la densidad cultural, de la perspicacia espiritual y de la reacción atemperada de los grupos que los padecen. La circunstancia es lo ocasional; la decisión ante ella es lo esencial, estimaba Ortega y Gasset. ¿Cuál es el reto fundamental de la cultura y política actuales a la Iglesia? Directamente es cuestionada su forma de implantación en la sociedad, la relación de sus instituciones con las instituciones del Estado y la colaboración de éste a la vida de la Iglesia, en el respeto de la autonomía de ambos. Indirectamente se está cuestionando la significación de Dios para la vida humana, la aportación del cristianismo a la sociedad, la capacidad de los cristianos para ser ciudadanos a la altura del tiempo. La Iglesia, fundada en un principio de libertad y de autoridad normativa, es considerada como un cuerpo extraño dentro de una sociedad democrática, para la cual nada precede a la decisión de sus miembros y todo es revisable desde la participación. Como consecuencia se reclama la exclusión social de Dios, la reclusión íntima o bien la reducción de la fe e Iglesia a otras formas de organización como las no gubernamentales mediante las cuales puedan acreditar su eficacia social. En una palabra, se le reclama una transvaloración de su identidad religiosa y la sumisión al proyecto de ciudadanía que establecen la cultura y el poder gobernantes como condición para recibir reconocimiento y apoyos públicos. Esto en un sentido es demasiado sutil, y en otro demasiado brutal. La suprema conquista L de esos poderes consiste en inyectar en los creyentes la convicción de que sólo mediante este trasvase a una nueva identidad funcional podrán ser fieles al evangelio y estar a la altura del tiempo. La respuesta de la Iglesia tiene que venir desde el análisis sagaz de las situaciones y los poderes nuevos, a la vez que de la mirada profunda a su propio misterio y misión, del evangelio releído en silencio orante y en obediencia al Espíritu Santo. En el Concilio Vaticano II la Iglesia ejercitó las dos miradas: hacia adentro (las tres grandes Constituciones sobre la liturgia, la revelación, la Iglesia) y hacia afuera (la Constitución pastoral Gaudium et Spes, junto con todos los Decretos y Declaraciones) La respuesta de la Iglesia debería realizarse en tres niveles (tareas) claramente diferenciados. Como tres anillos concéntricos deberían encontrar sus protagonistas en los distintos planos, grupos y personas de la Iglesia. Este desper- Conciencia y libertad son los dos polos que ante todo la Iglesia debe cultivar hoy para discernir el reto y salir renacida en la respuesta tar provocado desde el exterior ha de ser reconvertido en voz interior y respondido como si fuera el mismo Espíritu Santo el que lo inspirara. Sólo quien es capaz de transferir los gritos de los humanos hasta interpretarlos como susurros divinos podrá llevar a cabo el proyecto de Dios sobre el mundo. Dios siempre habla por medio de los hombres, sus amigos y a veces también por sus enemigos (Gspes 44,3) La primera tarea debe ser la reconstrucción teologal y teológica de los cristianos en Iglesia, que se realizará mediante un alumbramiento nuevo de la fe, esperanza y caridad; la intensificación de la gracia sacramental; la oración personal y la formación teológica. La carencia ma- yor de la Iglesia española no es de fe o de caridad, que son intensas, sino de reflexión y pensamiento riguroso, de auscultación cultural mediante un cultivo gratuito y exigente tanto de la teología como de la filosofía y de las llamadas ciencias humanas. Hay una desproporción entre la acción y la reflexión, las muchas voces y los pocos pensamientos de alcance largo, iluminador y serenador. La segunda tarea primordial es la reconstrucción de la presencia asociativa de los creyentes en la sociedad, para ser gozosos protagonistas y desde dentro de ella hacerle presente la sal y la luz que el evangelio aporta para entender, purificar y consumar los procesos sociales. Estamos en el final de la era que comenzó con Pío XI, cuando se organizaba la Acción Católica primero y se siguió en las diversas democracias cristianas europeas. Todo ello correspondía a un modelo de sociedad, a unas formas de producción y de convivencia. Una vez inmutadas éstas, aquellas estructuras de presencia cristiana se han quedado en hueco. Hay que articular de nuevo la aportación de los creyentes a los grandes problemas de la sociedad: la justicia, la economía, la educación, la sanidad, las urgencias frente a pobres y marginados, la juventud varada entre un mundo que ya no es el suyo y otro que aún no tiene rostro, la relación entre técnica y alma, la subsidiariedad entre los distintos órdenes, la moralidad y la desmoralización, la solidaridad internacional y la paz. El tercer plano es la proposición de nuevas formas de acción política. Éstas pueden tomar diversas figuras; cristianos dispersos en los respectivos partidos, partidos inspirados explícitamente en los principios cristianos, grupos de pensamiento que orienten una acción responsable. Todo ello con los mismos derechos y deberes que los demás, ateniéndose a las mismas exigencias constitucionales y pudiendo poner en marcha los mismos procesos políticos. Sin el catarismo de las manos limpias, que no es posible en este mundo, y sin la actitud cínica de quien legitima los medios, fueren los que fueren, desde unos fines que considera valiosos. A partir de ahora cada cristiano debe considerarse una microiglesia todo el evangelio le está dado como gracia a él, a la vez que encargado como tarea a él. Hay que comenzar desde dentro. Una trampa sería mirar ante todo o sólo hacia afuera. Lo esencial es la consolidación de la conciencia cristiana y su implantación en el momento histórico. Yo soy yo y mi circunstancia; y si no la salvo a ella no me salvo yo (Ortega y Gasset) Esto también es válido para la Iglesia en relación con la sociedad. No se puede servir a Dios sin servir a los hombres; no se puede hacer presente el evangelio en la sociedad sin pasar por las conciencias. Conciencia y libertad son los dos polos que ante todo la Iglesia debe cultivar hoy para discernir el reto y salir renacida en la respuesta. En una situación bien distinta de la actual, San Ignacio de Antioquía escribía en su carta a los Romanos: Cuando el cristianismo es odiado por el mundo, la hazaña que le cumple realizar no es mostrar elocuencia de palabra sino grandeza de alma (3,3) OLEGARIO GONZÁLEZ DE CARDEDAL