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ABC LUNES 15 11 2004 Tribuna 63 N O hace mucho tiempo, un sobrecogedor dato estadístico llegó a mis manos: la mitad de los españoles consideran que la ciencia proporciona tantos perjuicios como beneficios. Supongo que la otra mitad debían de opinar que los inconvenientes eran menores, pero lamentablemente, esta cuestión no se aclaraba. Realmente, analizando nuestra sociedad actual, tampoco es un dato que debiera sorprendernos. Intuyo que son pocos los chavales que hoy sueñan con emular a Ramón y Cajal o Severo Ochoa y muchos los que rehúyen las matemáticas, la química o la física en cuanto la Administración de turno establece unos itinerarios con excelentes vías de escape. Los avances científicos son fugazmente reseñados en los medios, y si a alguno se le ocurre ocupar un mayor espacio, como la biotecnología, los alimentos transgénicos o la investigación genética, es para magnificar sus riesgos y anunciar grandes catástrofes para el futuro de la Humanidad y del planeta. No menos cierto es que la industria, que es la que hace posible que los avances de la ciencia se conviertan en beneficios tangibles para la mayor parte de la población y otrora símbolo del desarrollo y el bienestar, haya pasado a ser un concepto opuesto al del medio ambiente, y que cualquier profeta del Apocalipsis tenga hoy mayor credibilidad que el mejor de nuestros científicos o investigadores. Oyéndolos, no sería difícil concluir que la ciencia y la industria están empeñadas en estropear el planeta, y que cualquier tiempo pasado fue mejor. No me cabe duda de que el hombre primitivo disponía de aguas y aires más limpios, rodeado de fauna y flora con menos ruidos y riesgos artificiales, pero al mismo tiempo vivía atemorizado en la oscuridad amenazado por incontables amenazas: pasaba frío, estaba sometido a enfermedades y epidemias ante las que su único recurso eran los métodos esotéricos, y en cualquier caso carecía de anestésicos o medicamentos que aliviaran sus dolores. Pasaba hambre, tanto por la escasez de alimentos como por la ausencia de una nutrición adecuada, y su esperanza de vida apenas alcanzaba los veinte años. Pero no hace falta siquiera viajar hasta épocas tan remotas: hace tan solo un siglo, la Tierra apenas alcanzaba los mil millones de habitantes. La medicina había evolucionado de la magia a la DÍA OFICIAL DE LA QUÍMICA FRANCISCO BELIL CREIXELL Presidente de la Federación Empresarial de la Industria Química Española mutilación, el hambre, las plagas, y las epidemias diezmaban continuamente a la población, y la esperanza de vida tan solo había aumentado hasta los treinta y cinco años. A partir de aquí y tras un largo y difícil trayecto, comienza el gran desarrollo de la ciencia en general y de la química en particular. Aunque la química es más antigua que el hombre- -nuestra propia existencia no deja de ser el resultado de una formidable y compleja cadena de reacciones químicas y bioquímicas- es en los siglos XVIII y XIX, gracias al esfuerzo, el ingenio técnico y la curiosi- Ningún objeto de nuestro entorno está exento de la presencia de la química dad de muchos investigadores, cuando esta área del conocimiento alcanza el rango de una verdadera ciencia, y en el siglo XX cuando su desarrollo industrial permite abrir los avances de esta ciencia a un grupo infinitamente más numeroso de seres humanos y no solo a un pequeño y privilegiado círculo. Pero es importante aclarar que la química no ha sido inventada por el hombre, quien se ha limitado a descubrir precisamente las leyes naturales de esta ciencia para producir lo que necesita para vivir y sobrevivir en las mejores condiciones posibles. Sin duda alguna, la química es la ciencia que en mayor medida ha contribuido a mejorar los niveles de calidad de vida del ser humano. Si nos ceñimos al ámbito de la salud, la química y el desarrollo de sus productos a escala industrial han dado pasos fundamentales que han permitido que hoy, con un planeta que supera los 6.000 millones de habitantes, la esperanza de vida sea superior a los 65 años, y cercana a los 80 en los países más avanzados. A esta revolución en la mejora de la salud humana han contribuido, entre otros, dos grupos de medicamentos: los antibióticos, para la cura de las infecciones causadas por microorganismos, y las vacunas, que han estado siempre en primera línea de defensa contra las epidemias, enfermedades contagiosas y patologías previsibles. Al margen de los medicamentos, otras muchas sustancias químicas, como el cloro, son fundamentales para erradicar enfermedades. El cloro no sólo potabiliza el 98 por ciento del agua que consumimos, sino que está presente en la fabricación de ocho de cada diez medicamentos. Productos químicos como los insecticidas o desinfectantes son absolutamente esenciales en la lucha contra la malaria y el mosquito que la transmite, si consideramos que más de cien millones de personas (la población conjunta de España y Francia) resultan infectadas anualmente. Asimismo, la química ha contribuido de forma decisiva a la mejora de la alimentación. Hoy dedicamos la misma extensión de tierra a la agricultura que en 1950 a pesar de que la población casi se ha triplicado. Esto es posible gracias a la agricultura intensiva y sostenible, facilitada por la ayuda de fertilizantes y productos agroquímicos que multiplican el rendimiento de las cosechas y a los fitosanitarios que las protegen de plagas y enfermedades que echarían a perder dos terceras partes de las mismas. A lo largo del tiempo la química ha sabido evolucionar eficazmente para dar respuesta a esas demandas fundamentales del hombre y muchas otras que progresivamente se han generado a medida que se iban satisfaciendo las más elementales. Por ello, la implantación de la química en nuestra vida diaria ha sido tan contundente que hoy prácticamente ningún objeto de nuestro entorno que podamos imaginar está exento de la presencia de la química en alguna fase de su fabricación. Desde los gases criogénicos que mantienen frescos los alimentos en nuestros frigoríficos, las telas con que nos vestimos, las pinturas y barnices, la tinta y el papel, los detergentes y productos de lim- pieza del hogar o los cosméticos, hasta los objetos de alta tecnología como la televisión, el reproductor de sonido o los soportes magnéticos, todos ellos requieren de sustancias química para su elaboración y existencia. Incluso muchas de las actividades que realizamos están marcadas por la presencia de la química. El transporte, la informática, las telecomunicaciones o la construcción serían meras quimeras sin las sustancias y materiales de origen químico generados gracias a la investigación y la innovación. Es innegable que las metas alcanzadas por el desarrollo de la ciencia a través de la investigación han sido absolutamente palpables a lo largo de los tiempos, pero muchas son también las voces que denuncian el alto precio medioambiental que la Humanidad está pagando a cambio de la industrialización. Es evidente que el mero crecimiento vegetativo de la población ha incrementado la contaminación, pues ésta es inherente a las actividades humanas. Es entonces cuando debemos sopesar si el beneficio que supone una mayor calidad de vida compensa el coste medioambiental que pueda llevar aparejado. La respuesta, como casi siempre, la tiene la ciencia. Hay ejemplos muy representativos: la contaminación que genera un coche actual es el 10 por ciento de la que generaba un automóvil en 1950, gracias principalmente a los productos químicos utilizados tanto en los combustibles como en la construcción de los vehículos; los últimos aislantes químicos permiten reducir drásticamente el consumo energético y hasta un 80 por ciento de las emisiones contaminantes que generamos al utilizar la calefacción o el aire acondicionado; se estima que en 2010 no será necesario talar ni un árbol más de nuestros bosques porque para esa fecha el consumo de papel y madera podrá satisfacerse con plantaciones industriales. La realidad es que la ciencia continúa generando productos, tecnologías y procesos cada vez más limpios, sin que tengamos que renunciar a los beneficios que los avances científicos proporcionan. Como reza la Declaración de Heidelberg, firmada por setenta y dos Premios Nobel en 1992, los grandes males que acechan a la Tierra son la ignorancia y la opresión, y no la ciencia, la tecnología o la industria, pues éstas son las herramientas indispensables de la Humanidad para vencer el hambre, la pobreza o las enfermedades M I buen amigo Ramón, tras un violento estornudo que está a punto de lanzar su dentadura postiza por los aires, me mira sin pestañear a los ojos y saca otra vez a colación el tema de los monstruos. De un tiempo a esta parte es su tema de conversación favorito. Se acomoda en la butaca, monta una pierna por encima de la otra y empieza a hablarme de un enano que se llamaba Toribio. -Aquel enano- -dice- -trepó un día por la torre humana que se había levantado en la plaza mayor del pueblo, llegó hasta el balcón del Ayuntamiento y le entregó una flor al alcalde. El LA PRETENSIÓN DE LOS ENANOS JAVIER TOMEO Escritor mérito de entregaros esta flor -le dijo- -es sólo nuestro. Y al decir nuestro no se refería a los hombres sobre los que había trepado, es decir, a los hombres que habían formado la torre, sino a los de su propia raza, es decir, a los de su propio clan. Aquel enano consideraba que, al fin y al cabo, el esfuerzo solidario de los hombres que formaban la torre no tenía demasiada importancia. Para el enano y para los suyos aque- llos individuos (que, en mayor o menos medida, habían llegado desde lejanos países y se resistían a olvidar sus viejos paisajes) eran poco más que simples soportes biológicos. Alzado sobre los hombros de todo el sufrido proletariado, aquel hombrecito podía soñar y presumir de ver más lejos que quienes le aupaban. -No me dices nada nuevo, amigo mío- -le digo a Ramón, rechazando el cigarrillo que me ofrece. -Así ha sido siempre. Los rusos ya lo descubrieron hace muchos años: algunos enanos se creen gigantes porque se han montado en la joroba de un camello.