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60 Los domingos DOMINGO 14 11 2004 ABC LIBROS Desde el pasado junio, Alex Grijelmo es presidente de la agencia EFE, pero antes- -en realidad siempre- -ha sido un periodista obsesionado por el idioma. Así que este nuevo libro, El genio del idioma (Ed. Taurus) no es raro; más bien es hermano de otras obras anteriores sobre la lengua y sus secretos. En este caso, Grijelmo ha seguido las andanzas de esa criaturilla de la lámpara mágica, y le ha visto maníaco de la precisión, lento, ordenado, conservador, melancólico, sencillo, tacaño, caprichoso, brillante, pacifista, de vuelta... Lógico en un ser tan viejo, y a veces tan vapuleado El genio del idioma es ordenado El genio del idioma español es ordenado. Sin duda consideró enseguida que el orden en las palabras determina el orden en el pensamiento, y por eso ha establecido una coherencia en la sucesión de los términos y una relación entre los tiempos verbales. Incluso la persona más caótica en vida particular o profesional suele ser ordenada con sus sintaxis, poseída por el espíritu interno de la lengua. El gran creador del idioma español impuso el orden para facilitar el pensamiento, pero también como un nuevo recurso expresivo, pues aquellas frases que no lo respetan encuentran en eso precisamente un nuevo significado. Si el hablante conoce bien su idioma, apurará esa posibilidad; si no, construirá significados que no responden a lo que pretendía decir. Pero no tuvo las manos libres el genio de la lengua a la hora de construir sus normas. La sucesión natural del latín y el griego se formaba con el sujeto en primer lugar, el objeto después y el verbo al final. Él, joven como era, decidió alterarlo. Así, mantuvo el sujeto como rey de la oración (no podía ser menos; tampoco estamos ante un ser revolucionario, como veremos más adelante) pero situó el verbo inmediatamente detrás, dejando los complementos para el término de la oración; y prefirió ir aproximando las palabras modificadas y las modificantes. Tras un lento proceso, el hipérbaton desapareció de la lengua hablada. La inclinación hacia el orden constituía también la tendencia por la claridad y la sencillez. Se quedó contento con su obra particular, pero no pudo actuar con autonomía completa: tuvo que respetar lo que habían impuesto los genios del latín y el griego cuando acudió a ellos para pedir ayuda. Él fue construyendo su sintaxis, su gramática... sin embargo, cuando buceó en la formación de palabras compuestas se dio cuenta de que había cierto orden sobre el que no tenía poder. creó pelagallos o catacaldos o trotaconventos siempre con el verbo por delante. Pero hubo de aceptar el peaje de invertir esa relación, y poner el verbo por detrás, cuando acudía a sus antecesores para pedirles recursos en la formación de nuevos términos. Y por eso decimos ovíparo antropófago o insecticida (huevospare, hombrescome o insectosmata) con el verbo detrás, si acudimos a las raíces del latín o del griego, mientras seguimos creando con los propios vocablos del castellano abrecartas o sacacorchos o quitamiedos o quitamanchas O, en imaginaria respuesta a los anteriores, parehuevos, comehombres o matainsectos (ahora sí mediante el orden conforme el genio deseaba, con el verbo por delante) Superado ese primer disgusto, el genio del idioma se afanó en que el orden lingüístico tuviese un significado en sí mismo, de manera que reproduzca el estado natural de las cosas, la sucesión habitual de acontecimientos y la escala convencional sobre la importancia de cuanto sucede y se narra. Eso le permite al genio dar un valor añadido al desorden para que éste, como excepción, se convierta en un recurso expresivo. Que el desorden resulte significativo es una forma de mantener el orden de las cosas. El orden tiene un significado. Y el desorden, también: en cuanto se altera lo que esperamos recibir, el significado cambia. Ambos hechos responden a un orden superior que los abarca y que está organizado por el genio del idioma. La frase desordenada altera sobre todo la percepción psicológica, cuando no el contenido entero. El concepto de orden es común a todas las lenguas. Y en todas se dan estos cuatro tipos de palabras: las que expresan acciones o sucesos, las que designan objetos o cosas, las que nombran abstracciones o cualidades, y las que establecen relaciones entre unas y otras. pero esa coincidencia entre todos los idiomas en cuanto al tipo de los factores no significa que el orden sea el mismo en cada uno de ellos. El valor de empezar. Si el sujeto ocupa el lugar principal- -el significado prominente- con razón le otorga el genio un valor superior a la palabra que lo ocupa. Madrid dista 600 kilómetros de Barcelona no significa lo mismo que Barcelona dista 600 kilómetros de Madrid puesto que en el primer caso la importancia psicológica de la frase recae sobre Madrid, y en el segundo sobre Barcelona. El genio de la lengua se nos muestra ordenado porque (como veremos más adelante) es un tanto rácano: administra sus recursos, emplea medios escasos que le sirven para fines múltiples. La importancia reside en el sujeto, y el sujeto está al principio de la frase. Pero si colocamos cualquier otro elemento en ese lugar, le otorgamos el valor protocolario del sujeto y resalta así sobre el conjunto. Raquel ya estaba aquí antes de que vinieras no significa lo mismo exactamente que antes de que vinieras, Raquel ya estaba aquí Ni significa milimétricamente lo mismo tú llegaste después que Raquel y Raquel llegó antes que tú Porque el orden forma parte del significado, y el elemento por el que empieza una frase (en lo natural reservado al sujeto, a la persona) reina sobre el resto de la composición. Ese orden fue también importante para las letras, de manera que las vocales que figuraban a principio de palabra en latín apenas han desaparecido en su evolución hacia el castellano. Para nuestro genio, con toda claridad el lugar principal es el lugar primero. Tomemos las frases- -iguales pero distintas- ayer no pudo hablar con ella y no pudo hablar con ella ayer se cumple el orden natural, porque la oración comienza con el sujeto (implícito, pues el genio del español no lo necesita expresar, en su tacañería) y continúa con el verbo y los complementos. Pero en el otro caso ayer no pudo hablar con ella cambiamos el orden y colocamos la circunstancia de que ayer no pudo hablar con ella, exactamente ayer. Mientras que en no pudo hablar con ella ayer este adverbio se halla en su lugar natural y no excede por ello de su significado concreto: estamos diciendo que el sujeto llamó a esa persona ayer y no pudieron hablar, sin más. Pero en ayer no pudo hablar con ella la desordenada presencia de ayer nos invita a pensar que los demás días sí hablaba con ella pero ayer, precisamente ayer, no pudo. El genio es así de sutil. Esto parece una característica propia del genio del español. Cuando queremos hablar otro idioma no podemos acu- La ausencia de declinaciones latinas ha dado una importancia mayor en nuestra lengua al lugar que ocupan las palabras. Dicho de otra forma: con las mismas palabras se pueden decir cosas distintas si se sitúan en diferente orden