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ABC DOMINGO 14 11 2004 Los domingos 55 Afp Arafat hace el signo de la victoria durante la ceremonia por el XX aniversario de la Revolución de Libia, en septiembre de 1989. Junto a él, el presidente sirio Hafez al- Assad, el argelino Chadli Benjedid y el anfitrión Muamar el Gadafi promovió la expulsión, durante una década, de Egipto de la Liga Árabe. No le fueron mucho mejor las cosas a Abu Ammar en Jordania, donde se instaló con sus milicias a finales de los años 60. Medró poco a poco en la vida política y social del Reino hachemí, lo que fue minando la paciencia de Husein. La población libanesa, harta de la violencia de los palestinos, recibía a los soldados judíos con flores Septiembre negro El secuestro de cinco aviones por el Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP) de George Habash, a comienzos de septiembre de 1970, fue la gota que colmó el vaso. El Rey Husein ordenó a su Ejército de beduinos una feroz ofensiva contra los 40.000 fedayines de Arafat. Miles de palestinos murieron en sólo dos semanas en lo que se llamó, de manera harto significativa, Septiembre negro Sólo la mediación de un enfermo Naser- -murió muy poco después- -permitió la huida de los palestinos al sur del Líbano. Pero allí las milicias palestinas y Arafat volvieron a las andadas, cometieron los mismos errores que en Ammán y se emborracharon de ambiciones desviadas. Los grupos palestinos entraron de lleno en Beirut. Los cristianos libaneses, enfurecidos, no se arredraron y se enfrentaron a tiro limpio por las calles de la capital del país del Cedro a los fedayines palestinos. El conflicto estalló en 1975; derivó en una guerra civil; sembró de 100.000 muertos una ciudad que nunca volvió a ser ya la misma; provocó la intervención y ocupación de Siria, que dura hoy en día pese a las presiones internacionales, y atizó la invasión israelí del Líbano en 1982. Los soldados judíos eran recibidos con lluvia de flores y pétalos por la población libanesa, harta de la violencia de los palestinos. Las flores se marchitaron de inmediato, los pétalos se ensangrentaron en Sabra y Shatila, y el sitio de Beirut, del que atado a su particular e intransferible baraka (suerte, en árabe) volvió a escapar ileso Arafat, duró 86 días. De allí, una parada sin fonda en Damasco, de donde fue expulsado, sin tiempo para apretar gatillos, por Hafez al- Asad. Todo para acabar, tras esta odisea sin fin en Túnez, su estancia más larga, una docena de años, donde salvó en más de una ocasión su vida siempre amenazada. Y llegó su enésimo error con el apoyo nada escondido a la invasión de Sadam Husein de Kuwait en 1990. El grifo financier- -siempre corría agua caliente- -de los países del Golfo se cortó en seco. Treinta mil palestinos fueron expulsados de Kuwait. La reconciliación nunca fue posible del todo. Arafat quedó más aislado que nunca. Puede que ahora los científicos franceses o alemanes que se han quedado con muestras de la sangre de Yaser Arafat descubran cuáles han sido las causas de su muerte. ¿Veneno? Habría que fijarse en la sangre árabe contaminada. Husein, Hasán, Asad, Arafat... continúa el efecto dominó J. C. Palestina se ha quedado huérfana con la muerte de Yaser Arafat. Oriente Próximo y el Magreb se quedan poco a poco, en efecto, sin padres. Los líderes históricos de esta zona tan compleja, controvertida y convulsa del mundo han desaparecido poco a poco en los últimos años. El primero en desaparecer, en febrero de 1999, fue el Rey Husein de Jordania, víctima de un cáncer. El monarca hachemí sorprendió a todos al elegir a su hijo Abdalá, y no a su hermano el Príncipe Hasán, como heredero. Sólo unos meses más tarde, en julio, fallecía en Marruecos Hasán II. Mohamed VI accedió al trono. Lo hizo entre el fervor de sus compatriotas, pero nada parecido al respeto que suscitaba el veterano monarca alauí entre los suyos y entre sus vecinos. En mayo de 2000, sólo dos meses después de haber estado a punto de cerrar la paz con Israel en Ginebra, en un encuentro fallido con el entonces presidente de los Estados Unidos Bill Clinton en el El príncipe Alí de Jordania, el monarca hachemí, el presidente de Yemen, Abdulá de Arabia Saudí y Hosni Mubarak durante las honras fúnebres por Arafat en Egipto hotel Intercontinental, moría en Siria, tras varios días de oscurantismo y contradicciones, el León de Damasco, Hafez al- Asad, uno de los últimos líderes árabes capaces de plantarle cara a Israel. Su hijo, Bashar, oftalmólogo, educado en Londres, separado desde hace años de su padre y de la capital, se hizo con la presidencia de la República Árabe de Siria. Llegó por accidente, nunca mejor dicho. Su hermano Bassam, el sucesor en quien había pensado su padre, se mató al salirse su coche de la carretera por la que circulaba. Y ahora Arafat, quien, fiel a su vida, no eligió sustituto para después de su muerte. La tarta del poder palestino es muy apetecible y el hambre entre los diversos comensales es voraz. Los primeros cabos están atados, los segundos... Eso ya será otra historia. El efecto dominó, pues, continúa en Oriente Próximo. A las desapariciones aludidas hay que sumar el encarcelamiento de Sadam Husein tras la guerra de Irak. Y la reconversión de Maumar el Gadafi, a quien ya sólo le quedan sus mujeres guardaespaldas. Y el Rey Fahd de Arabia Saudí está apartado del Trono desde 1995, tras sufrir un derrame cerebral. Su hermano, Abdulá Abdel Aziz, rige el país petrolero. Y la salud de Hosni Mubarak es también muy delicada... Su hijo está preparado, si le dejan. Lo dicho, el efecto dominó que no cesa.