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54 Los domingos DOMINGO 14 11 2004 ABC SANGRE ÁRABE CONTAMINADA El apoyo de Arafat a Sadam Husein (izquierda) en la invasión de Kuwait dejó al líder palestino más aislado que nunca. A la derecha, Arafat recorre las ruinas de la Universidad Árabe de Beirut tras los bombardeos israelíes, en 1982 (viene de la página anterior) REUTERS AFP ¿Por qué fueron tan fríos, gélidos incluso, los funerales de Estado ofrecidos a Yaser Arafat el viernes en El Cairo? ¿Por qué se quedaron anclados en la sobriedad? ¿Por qué fueron tan escuetos? ¿Por qué se celebraron casi a escondidas, lejos del calor de una población que sin duda le habría rendido un tributo tan emotivo y sentido como otras honras fúnebres que pasaron a la historia egipcia? No era Yaser Arafat un líder del agrado de sus colegas árabes y musulmanes. No era, ni es, la causa palestina una lucha tras la cual caminan de la mano todos los jefes de regímenes poco recomendables, donde la democracia brilla por su ausencia, donde los derechos humanos se violan al ritmo de la danza del vientre, donde el desarrollo económico, tecnológico, científico no permite sacar pecho. La causa palestina, la lucha de un pueblo sin Estado para recuperar una tierra ocupada y mirar de una vez por todas a un futuro en paz y seguridad sin tener que contar más muertos inocentes a uno y otro lado de ese muro ilegal que se construye y no para, es una excusa cómoda, un argumento fácil para las capitales árabes y musulmanas para encauzar en esa dirección, y no en otra de mucho menor recorrido, la frustración de millones personas. La gran excusa Acabada la causa palestina, resuelta la lucha; desactivadas las minas; vadeadas las dificultades; sellados los acuerdos; creado el Estado palestino viable, justo, independiente, libre, soberano; comprobada la convivencia pacífica y en seguridad con el eterno enemigo de la calle de al lado, esa excusa cómoda, esa justificación al alcance de la mano más pequeña, ese argumento para muchos barato se agotarían como por ensalmo. Y ahí empezarían muchos problemas en sus propias y respectivas cocinas que ni los más expertos ante los fogones serían capaces de manipular. Las relaciones entre Arafat y muchos de sus hermanos árabes no han padecido, sin embargo, sus dientes de sierra a lo largo de la historia por lo que pudiera pasar al día siguiente, si- Los desmanes de Arafat en Jordania acabaron con la muerte de miles de palestinos en el Septiembre Negro no por lo que había sucedido los días anteriores. Un pasado que se remonta a la creación de Al Fatah en Kuwait y a las escaramuzas de Arafat en El Cairo en la década de los 50. Nacido y educado allí, la relación de Abu Ammar con la capital de Egipto paseó, siempre al filo de la navaja, entre el amor y el odio. Gamal Abdel Naser, el padre, el inventor del panarabisno, nunca se fio de Arafat. Nunca apostó por él para la dirección de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) de la que intentó apartarle a favor del notable palestino, Ahmed Shukeiri, siempre partidario de expulsar a los ju- díos al mar Pero Naser, en quien se miraba con obsesión Arafat, sufrió en sus propias carnes la aplastante derrota en la guerra de 1967 contra Israel (bautizada como Guerra de los Seis Días por los hebreos) Y entonces se volvió hacia Arafat, necesitó de su causa, de su carisma, de su capacidad de movilización para superar ante los ojos de sus ciudadanos y de los del mundo árabe y musulmán, la humillante ocupación del Sinaí, Gaza y Cisjordania, incluida Jerusalén Este. La difícil relación con Egipto Empeoraron sin duda las relaciones entre palestinos y egipcios tras la llegada al poder de Anuar el Sadat, tras la muerte de Naser a principios de los 70. Arafat se negó, por ejemplo, a acompañar a Sadat en noviembre de 1977 a la Kneset (Parlamento de Israel) donde pronunció aquel histórico discurso a favor de la paz entre ambos países que tanto caló en la sociedad judía. Tampoco aceptó nunca el líder de la OLP la paz sellada en Camp David entre El Cairo y Tel Aviv. Es más, junto con Sadam Husein y Hafez al- Asad, El líder palestino, junto al Ayatolah Jomeini durante un encuentro en Teherán Afp Los abusos de los fedayines de Arafat también provocaron la ira del Rey jordano Epa