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ABC VIERNES 12 11 2004 La Tercera ARAFAT, PADRE DE LA CAUSA PALESTINA E L presidente Arafat es Historia. Y no me refiero a que es pasado porque haya muerto. Al contrario: su incansable esfuerzo durante tantos años, desde que en 1949 fundara la Liga de Estudiantes Palestinos e iniciara su vida política, representa hoy la esperanza del pueblo palestino. Sencillamente, hoy el Estado palestino es más posible que nunca gracias a Arafat. A Abdel Raouf, nacido en 1929, quinto hijo de un comerciante, le recordará su pueblo como la encarnación de la lucha por su destino como nación. Le recordará también por sus otros nombres, Yaser Arafat o Abu Amar, por su semblante casi siempre sonriente y amable a pesar de la dureza de los momentos que le tocó vivir. Con su tradicional kefieh blanco y negro- -del color de las imágenes del conflicto en Oriente Próximo y reflejo de la geografía de su Palestina- con el eterno uniforme verde oliva de militante, su figura ha quedado impresa en la retina y en el imaginario colectivo como un luchador incansable que no tuvo otra razón de ser que la del afán de su causa. El fervor que le ha deparado su pueblo en momentos difíciles e importantes de su andadura es el mejor baluarte de la legitimidad de su causa. Le he conocido mucho, al igual que a otros actores en el tremendo conflicto de palestinos e israelíes, y mi testimonio comprometido es de sincero reconocimiento a su lucha honrada y valiente. Fueron muchas, muchas horas compartidas en los diferentes momentos de la historia reciente de Palestina. Era un hombre cálido, como suelen ser los de aquella tierra, sin distinción de razas ni de culturas. Era también amigo de España, una amistad correspondida por nuestro país desde siempre, como muy gráficamente quedó plasmado en aquella histórica foto del sincero abrazo entre el presidente Suárez y Arafat en 1979, durante su primera visita a España. Quince años más tarde, los Premios Príncipe de Asturias mostraban al mundo que nuestro país mantenía su compromiso con la paz entre palestinos e israelíes, mediante la concesión del premio de Cooperación Internacional al presidente Arafat y al primer ministro Rabin. Recuerdo además que el Rais se refería con gran cariño a Su Majestad el Rey Juan Carlos I como el Rey de Jerusalén Poco antes, los dos líderes habían recibido el Premio Nobel de la Paz, en recompensa por su incansable lucha por una paz justa y duradera. Ambos creían que Jerusalén era un lugar especial y único y querían convertirla en un centro de esperanza y convivencia. Ambos firmaron en Oslo los cimientos de la paz, la paz de los valientes a la que tan insistentemente se refería Arafat. Fue en la Conferen- cia de Paz de Madrid, en 1991, cuando se dio el primer gran paso hacia esa paz con la comunidad internacional como testigo. Hoy todavía muchos se levantan contra aquel paso revolucionario, que supuso abandonar por primera vez la dinámica de la confrontación. La semilla que sembraron Rabin y Arafat en aquellos históricos acuerdos sigue viva, y representa, a través de la Hoja de Ruta, una esperanza de reconciliación y paz duradera para todos. Con su tradicional kefieh banco y negro, con el eterno uniforme verde oliva de militante, su figura ha quedado impresa en la retina y en el imaginario colectivo como un luchador incansable que no tuvo otra razón de ser que la del afán de su causa Arafat ha sido un gran líder para su pueblo, que le eligió democráticamente para ser su presidente. Fue tenaz y contó con una clara legitimidad para defender sus intereses con valentía. Fue consciente de que la paz y la libertad entre los palestinos exigían permitir a su pueblo elegir libremente a sus representantes y parlamentarios, a través de elec- ciones que fueron supervisadas por observadores internacionales. La legitimidad de su acción contó por lo tanto con el respaldo popular avalado por la elección democrática. Arafat ha sobrevivido a muchas cosas que la mayoría de las personas no experimentan jamás: décadas de exilio y destierro, bombardeos, un accidente de avión que le dejó secuelas y problemas de salud, ataques con misiles- -uno de ellos lo vivimos juntos hace dos años- -y la ácida herida de la incomprensión y hasta el aislamiento. En los últimos años, su vida estuvo ensombrecida por su confinamiento en su cuartel general de la Mukata convertido en una verdadera escombrera, lo que no le impidió seguir luchando por la defensa de su pueblo, impulsando negociaciones y buscando alternativas de paz. Este es en definitiva su legado: negociar para alcanzar la paz. No todo ha sido luz en la trayectoria de Arafat. Las sombras incluyen su incapacidad para canalizar políticamente la frustración palestina tras Camp David y controlar la segunda Intifada. Como yo mismo le dije en más de una ocasión, no pudo o no quiso dejar de ser un líder revolucionario para alcanzar la altura y la solidez institucional de un auténtico Jefe de Estado. También se le puede reprochar su falta de mano firme con algunos personajes de su entorno más preocupados por sus ambiciones e intereses personales que por la causa de su pueblo. El legado de Arafat nos exige mirar hacia adelante. Arafat tenía fe en que aquellos en el exilio que se llevaron consigo las llaves de sus casas y los que se quedaron en tierra palestina, recibirían algún día, a cambio de sus sacrificios, la recompensa del regreso y la libertad. Muchos finales son, en definitiva, principios de algo más. Lo importante es darse cuenta. La muerte de Arafat debe servirnos para conseguir la paz. Hay que mover las manecillas del reloj hacia adelante, por encima de la tentación de mirar atrás, donde queda fundamentalmente dolor. Ante las circunstancias difíciles que ha vivido y sigue viviendo el pueblo palestino, algunos pueden optar por la inercia, esgrimiendo la fatalidad de su destino. No ha sido el caso de Yaser Arafat. La Historia habrá de juzgarle con inteligencia y honestidad. No hubo en su trayectoria déficit de acción, ni de visión, ni de coraje político. Descanse en paz; que el pueblo palestino le honre haciendo realidad, desde su unidad como nación, un futuro como Estado independiente en la buena vecindad, el respeto mutuo, la convivencia pacífica y la cooperación con Israel. MIGUEL ÁNGEL MORATINOS Ministro de Asuntos Exteriores