Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
34 Internacional DOMINGO 24 10 2004 ABC Zin el- Abidin Ben Alí PRESIDENTE DE TÚNEZ LA SEMANA INTERNACIONAL EL RECUERDO DE VIETNAM Durante el siglo XX, en los Estados Unidos, las administraciones demócratas resultaron por lo común más intervencionistas y militaristas que los gobiernos republicanos EDUARDO SAN MARTÍN Ben Alí saluda durante un mitin celebrado en Túnez AFP Tras diecisiete años en el poder, Ben Alí concurre hoy a unos comicios sin presiones de la comunidad internacional sobre el respeto a los derechos humanos El general- presidente POR AIMAN ZOUBIR MADRID. Nadie puede negar que en aquella mañana del 7 de noviembre de 1987, la mayoría de los tunecinos acogieron con verdadero alivio el mensaje difundido por la radio nacional, anunciando el cambio de mando surgido tras el derrocamiento, vía cuartelazo, del régimen democrático de El- Habib Burguiba. Como en tantos otros países árabes, un general del Ejército, que con anterioridad se había ocupado de la Cartera de Interior y de la de primer ministro, aprovechaba el descontento popular para encaramarse al poder e instalar otro régimen autoritario. Este pacífico golpe de Estado fue interpretado en numerosas capitales como una tentativa estadounidense para acabar con la hegemonía francesa en el norte de África. Su llegada suscitó enormes expectativas entre la sociedad tunecina, que se hallaba inmersa en una profunda crisis económica y social. Los primeros gestos del nuevo presidente, como la liberación de numerosos presos políticos, fueron alentadores aunque el espejismo no tardó en desvanecerse y el natural autoritario en un general, como recordaba el periodista fran- cés Jean Pierre Tuquoi en su libro Nuestro amigo Ben Alí volvió a galopar. De aspecto elegante, siempre cuidadosamente afeitado y profundamente pro occidental, Zin el- Abidin Ben Alí nació en 1936 en la provincia de HammamSousse, donde hizo sus primeros pinitos en política en el seno del Partido Constitucional, que no tardaría en apreciar su inteligencia y capacidad de trabajo -tal como anuncia su propia página oficial- Así, pronto lo enviaría sucesivamente a las academias militares francesas de Saint- Cyr y de Châlons- Sur- Marne y a la Escuela Superior de Información y Seguridad en Estados Unidos. Tras esta formación castrense, Ben Alí ocupó varios cargos diplomáticos, uno de los cuales le trajo hasta Madrid, donde Diecisiete años después del cuartelazo de Ben Alí, la imagen aperturista de Túnez no oculta la represión policial ejerció como agregado militar en la Embajada de Túnez. El propio Burguiba le confió las carteras más sensibles de sus gobiernos con la intención de pacificar las crecientes protestas que sacudían el país norteafricano. Diecisiete años después de aquel aséptico cuartelazo, la imagen pseudo- laica y aperturista que puede sugerir Túnez no consigue ocultar una trágica realidad, denunciada por numerosas organizaciones de derechos humanos y evidenciada por la enorme cantidad de presos políticos- -sobre todo islamistas- -que purgan pena en las diferentes cárceles tunecinas. Hoy, con 68 años de edad, el general- presidente se presenta a los comicios presidenciales con menos presiones de las que tuvo en 1999, sabedor de que no hay rivales que se atrevan a hacerle sombra y de que la comunidad internacional, enfrascada en la lucha contra el terrorismo, no le exigirá, como lo hacía antes, más respeto a los derechos humanos. Más vale una democracia de fachada, si el país está en calma, que un experimento democrático de resultados más que dudosos. ietnam representa el paradigma de la soberbia imperial y del fracaso de las políticas intervencionistas; también de la fractura de una de las sociedades más plurales pero más cohesionadas del planeta. Desde esta perspectiva, se nos dice, Irak amenaza con hacer pasar a Estados Unidos, y al resto del mundo, por el calvario de otro Vietnam. ¿Resulta entonces impertinente recordar que la intensificación de la intrusión norteamericana en favor del régimen de Saigón, ya con Kennedy en la Casa Blanca, así como la gigantesca escalada militar de los años sesenta (hasta medio millón de soldados americanos en los momentos álgidos de la guerra) se produjeron bajo administraciones demócratas? George W. Bush, por otra parte, habría llevado hasta extremos inéditos una política caracterizada por la falta de compromiso con iniciativas multilaterales destinadas a conformar un orden mundial. Tal vez, pero dicha política no sería sino la continuación, y la confirmación, de la que ya puso en práctica Bill Clinton en sus dos presidencias, a lo largo de las cuales Estados Unidos se negó a firmar el tratado de constitución del Tribunal Penal Internacional, bombardeó Bagdad unilateralmente y sin autorización de la ONU cuando los inspectores de Naciones Unidas habían certificado la imposibilidad de continuar su trabajo, y sólo sancionó el protocolo de Kioto contra la emisión de gases contaminantes a la atmósfera en el último cuarto de hora de la segunda presidencia, y ello por razones claramente demagógicas. No se trata con estas evocaciones, incómodas para muchos exégetas del lado oscuro de Estados Unidos, de poner en marcha ningún ventilador ni de airear las miserias del pasado para justificar las del presente. De lo que se trata es de advertir a los voluntariosos supporters europeos de la candidatura de John Kerry de que el color político del inquilino de la Casa Blanca no garantiza una determinada dirección de la política exterior de Estados Unidos. Durante el siglo XX, las administraciones demócratas resultaron por lo común más intervencionistas y militaristas (Hiroshima, Bahía de Cochinos, crisis de los misiles, Vietnam, el Congo, Santo Domingo... que los gobiernos republicanos, algunos de los cuales (en particular los de Nixon) pueden exhibir en su palmarés iniciativas tan determinantes para la estabilidad internacional de aquellos años como la consecución de la paz en Vietnam, la firma de los acuerdos antibalísticos con la antigua URSS y la normalización de relaciones con China. Existen altas probabilidades de que los aspectos más controvertidos de la política exterior norteamericana se atenúen, o desaparezcan, después de las elecciones del 2 de noviembre. Y ello con independencia de quién se haga finalmente con el triunfo. Los neoconservadores que inspiraron la intervención en Irak están en retirada, aunque hay quien piensa que sólo por el momento. Bush o Kerry, Kerry o Bush, tendrán que concluir el trabajo en Oriente Próximo. Y lo que es seguro es que las líneas estratégicas de fondo de la política norteamericana no sufrirán gran variación. Si algunos de los grandes países europeos apenas necesitan determinados gestos para revisar su percepción de la relación transatlántica, los tendrán casi con toda probabilidad. En cualquiera de los casos. Y entonces no habrá excusa. V