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ABC DOMINGO 24 10 2004 La Tercera ESTAMPITAS C UANDO a don Leandro Fernández de Moratín, un tan afrancesado señor, se le reveló de golpe, en su visita a Francia durante la Revolución del 89, que una cabeza humana, o, más bien, muchas cabezas humanas, clavadas en la punta de una pica, y paseadas por la calle entre jolgorio, era el efecto colateral de lo de la Libertad, Igualdad y Fraternidad, echó a correr, horrorizado, hasta la atrasada y denostada España, y se dijo: De aquello nunca más. Aunque, como todo el mundo sabe, ya era tarde para estas lamentaciones, y en España misma, aunque con retraso, no dejó de haber mucho de aquello. Siempre es así la historia. Y algo o mucho de esto había ocurrido igualmente, cuando il Sacco di Roma de 1527, tras hacer la comprobación de que aquel horror había sido una gran fiesta para la plebe, que es nombre que no designa precisamente una condición social, sino la vileza de un espíritu y su comportamiento. En aquella misma época de enorme violencia y brutalidad que fue el Renacimiento, aterró y sorprendió a muchos, sin embargo, la especial barbarie de aquel saqueo. Fue algo especialmente terrible, desde luego, que no se conformaba a los esquemas de la violencia que se juzgaba más o menos inevitable en aquel mosaico de intereses políticos y económicos de demasiadas y demasiado pequeñas Ciudades- Estado, sino que conllevaba una cierta maldad y brutalidad muy perversas, que las sociedades, en general, suelen considerar imposibles en los tiempos en que viven, sobre todo porque prefieren tener esperanzas más rousonianas. Y aquél, ciertamente, era también un tiempo de esplendor. El pontificado de Clemente VII concretamente, un Médicis, gran protector de la literatura y de las artes, fue recibido clamorosamente, y no decepcionó después. Toda Roma estaba coruscante de bellezas, y la búsqueda de éstas era el humus social mismo que contagiaba a todos. Y había habido muchas voces advertidoras, desde luego, de lo que había por debajo, exactamente como en la Viena y en la Europa entera de los años veinte, también otras cuantas voces advirtieron en balde de que debajo del encerado de los pisos sobre los que se bailaba el vals se oían ciertos ruidos intranquilizadores. Pero siempre hay explicaciones que acallan esas voces. Se llama a los técnicos en tranquilización, y sobre todo si, como en nuestro tiempo, están en el secreto hegeliano de la historia, y en paz. La matanza del 11 de setiembre en Nueva York fue enseguida explicada por esos hegelianos, y la del 11 de marzo en España igualmente. Las fauces de la modernidad digieren tranquilamente lo que haya que digerir, tanto una inmensa catástrofe como un vodevil, y convierten un círculo dantesco en teatro de doña Manolita Chen. Cuando entre el Papa y el Rey de Francia prepararon un vergonzoso juicio a los Tem- plarios, todo el tinglado de la historia se reveló a las gentes como un tal horror y una tal mentira que hasta se abandonó la construcción de muchas catedrales que entonces se estaban levantando, y las gentes se tornaron al interior de ellas mismas. Y el propio Sacco di Roma trajo su luto, y su pesar. El mismo Papa se dejó la barba- -lo que significaba mucho más de lo que hoy puede parecernos- y desde luego tuvo poco que ver con la mojigatería o la ignorancia el que las desnudeces de la Sixtina fueran tapadas. Ya Adriano VI había dicho un poco despectivamente que aquello parecía un cuarto de baño, y el Greco, por su parte, que debían jalbegar la capilla; y no hay espacio aquí para la simple mención siquiera de la dureza de Erasmo, respecto a quienes se En nuestro tiempo esto de destruir una cultura entera parece ser la única virtud que queda sin discusión tomaban por griegos y romanos, hablando de impostura y máscara, y cuestionando realmente la mera posibilidad de un humanismo cristiano. Y el mismo Miguel Ángel se unió extremosamente a este sentir, negando al mundo y pintando a la muerte con un ataúd bajo el brazo en la escalera de su casa. Muchos dieron este giro extremo, y tal fue el oscurecimiento por todas partes que bien se puede decir que Reforma y Contrarreforma vistieron de negro a Europa, lo que, como no podía menos de suceder, hizo que hasta las calaveras lucieran brillantes y esmeraldas. Porque ¿quien frena a la historia, cuando se pone en la calle un modelo de modernidad, aunque sean las calaveras y el color negro, como entonces? ¿Y cómo podría haberse evitado el mismo Sacco di Roma, si la ciudad venía siendo comparada con Babilonia, y del Papa se decía que era el Anticristo, y su reinado el de Satán? En realidad, los sucesos históricos son sumamente complejos, y, lógicamente precisan muchos tanteos para su entendimiento, y mucho más para tratar de averiguar su génesis, siquiera de un modo externo; probablemente, a lo más que podemos llegar es a comprobar que, si se siembran vientos, se recogen tempestades; pero sin duda es suficiente. Y, así, en este asunto del Sacco di Roma al que vengo refiriéndome, podríamos decir que, bien miradas las cosas, fue un asunto de estampitas, que es un dato que resume en sí toda la siembra de vientos anti- papales y antiromanos, y la cosecha de horror y violencia. La Reforma luterana, en efecto, había prendido sentimentalmente en las gentes, además de mediante la predicación y el teatro callejero satírico y panfletario, mediante los grabados de este mismo tipo, sobre todo. La imprenta era el gran novum de la época, y el ver representados en figuras las encarnaciones del mal, y del lujo inasequible al común, y puestas a irrisión la delicadeza y la belleza; o la inteligencia mismas, que siempre suscitan cóleras y envidia, resultaba realmente algo mágico, provocador, y justiciero. Y en especial, como para nosotros la televisión pongamos por caso, si esas estampitas eran lo suficientemente canallas como para hacer aflorar los odios destructores y purificadores, además de alimentar el placer de destruir, que es un placer de dioses en sí mismo; y tanto el del ideólogo que destruye todo un universo cultural armónico y hermoso, como el del que rompe un jarrón chino o desgarra un lienzo, o viola e incendia. ¿Cómo no se haría cuenta un lansquenete luterano de que barrería el reino de Satán, haciendo correr al Papa hasta Santángelo, y robando, y pisoteando todo lo romano? No necesitaba para ello muchas estampitas, pero éstas le ayudaron. Y así fueron las cosas, pero en nuestro tiempo esto de destruir una cultura entera parece ser la única virtud que queda sin discusión. Así que seguimos jugando a las estampitas que la preparan; y luego, cuando el ruido y la furia dejan tras de sí la devastación y la muerte, ni un remedo de pesar, sino explicaciones y justificaciones para su asimilación completa, y aquí no ha pasado nada. Al fin y al cabo, construir chalets no es construir catedrales, y la historia ya no puede decepcionarnos, porque no esperamos nada. Todo puede continuar perfectamente. Nadie dirá ya que habrá crímenes ni criminales, todo es explicable. JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO Escritor