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78 Tribuna DOMINGO 13 6 2004 ABC E S frecuente la discordancia entre las apariencias y la realidad que se oculta tras ellas. Este es el origen de muchas decepciones que se padecen en la vida pública, y muy especialmente en la política. Por ejemplo, en España no existe actualmente un partido comunista; el que hay viaja con seudónimo. Se da plena libertad para la existencia de todos los partidos, que pueden presentarse a cara descubierta sin temor a ninguna represión. ¿Por qué el uso de seudónimos? ¿Desconfianza en la propia tesis que se propone y que no se osa defender con su propio nombre y a cara descubierta? Podría pensarse que es un resto, un recuerdo de tiempos pasados en que se ejercía una represión sobre ciertas actitudes políticas; pero esto no existe en los tiempos actuales. Habrá que pensar en cierta desconfianza propia, en la inseguridad de que la mercancía que se expende resulte atractiva para los posibles consumidores. Inseguridad se llama esta figura. Si alguien está persuadido de la justificación y bondad de lo que propone, lo proclama abiertamente y con satisfacción, acaso con orgullo. El disimulo revela una desconfianza que se procura ocultar, empezando por uno mismo. Si se llama por su nombre verdadero a un partido que usa antifaz, este se sentirá sorprendido, casi ofendido, y no sabrá bien cómo reaccionar. Los que participan de esta actitud, que es bastante frecuente, deberían preguntarse a sí mismos por la verdad de cómo se sienten. Probablemente descubrirían que su posición es falsa, que no están persuadidos de lo que pretenden defender, que si se los llama por su nombre se sienten descubiertos, algo así como desnudos, avergonzados del nombre EL ANUNCIO Y LA MERCANCÍA JULIÁN MARÍAS de la Real Academia Española que propiamente les pertenece y que disimulan con otro, probablemente inexpresivo o resueltamente falso. Otra cosa es la pervivencia de nombres cuyo sentido ha variado con el tiempo, que a veces ha caído en desuso. Las antiguas denominaciones liberal y conservador se han abandonado en España hace mucho tiempo; persisten, sin embargo, en Inglaterra con plena vigencia. Habría que preguntarse un poco en serio si han desaparecido solamente los nombres o acaso los contenidos; esto último sería mucho más grave, bastante inquietante. Los nombres de los partidos solían ser una extremada abreviatura de sus programas, de su ideario, de sus propuestas. Si esto ha desaparecido, se puede sospechar que hay una desconfianza en el valor de lo que se propone. A veces se conservan nombres tradicionales, cuya significación originaria tiene muy poco que ver con la actualidad. Otras veces las denominaciones de los partidos no revelan su contenido o su propuesta. El partido que hoy sigue llamándose socialista no tiene mucha semejanza con lo que fueron Julián Besteiro, Fernando de los Ríos o Indalecio Prieto, cuya significación recuerdo muy bien y que me permite medir la variación que el tiempo ha producido. Es reveladora la resistencia a evocar los nombres de ese pasado nada remoto. Ningún partido actual se llama liberal; acaso ninguno lo es, o no se atreve a manifestarlo, o se desentiende de la posible semejanza con lo que fue ser liberal en otras épocas. Traté bastante a don Fernando de los Ríos, persona encantadora, cultísima, afable; resulta curioso que su condición de socialista no fue obstáculo para que a su nombre se le antepusiera siempre el don. Tenía gran sentido del humor; alguna vez he recordado que repartía amablemente cubitos de hielo en los vasos de los que comíamos con él y, señalándolo, dije: Un comisario del pueblo haciendo un reparto de tierras en Groenlandia Se rió de buena gana, con excelente humor. No hablo del siglo XV, sino de mi propia vida cuando todavía era joven. A veces los nombres de los partidos son meras designaciones que no revelan sus programas, sus contenidos. Esto puede significar desconfianza en sí mismos, en lo que verdaderamente proponen y esperan realizar o en la aceptación pública que eso pueda tener. En ocasiones la evolución es muy grande, cambian de contenido aunque conserven los nombres; el viejo Partido Radical, que lo había sido, en el que se fraguó la fórmula alzar los velos de las religiosas y elevarlas a la categoría de madres cuando lle- gó la República fue una fuerza moderada y conservadora, mal vista por los que se creían y llamaban avanzados Durante la República hubo una coalición de partidos llamada la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) Curioso nombre, que sugería más una empresa comercial que una política. En los países o situaciones en que no existen grandes diferencias políticas, los nombres de los partidos se podrían invertir. En los Estados Unidos, por ejemplo, los que cuentan son los demócratas y los republicanos. Pero naturalmente, los republicanos son demócratas y los demócratas son republicanos, y desde fuera del país no siempre se ve clara su diferencia. En algunos países o en algunas épocas ha existido una pluralidad de partidos; cada vez es más frecuente que en realidad la inmensa mayoría de las poblaciones no pertenece a ningún partido; simplemente se inclina a uno o a otro según las circunstancias, el influjo de la propaganda o, a veces, un suceso casual; en España acabamos de hacer una experiencia bien curiosa. Convendría devolver su personalidad programática a los partidos existentes; esto significaría claridad y, para los partidos mismos, una exigencia de coherencia. Esto último sería importante para la mayoría no afiliada, que sabría qué puede esperar, con qué puede contar, cuyo voto sería más definido y valioso. No se olvide que sólo una escasa minoría de la población está afiliada a un partido; éstos son meramente propuestas, reclamos, cuya función legítima es la articulación, el encauzamiento de las difusas preferencias mayoritarias, de lo que es efectivamente el sujeto de la democracia. D ÍAS atrás se reproducía en estas páginas un escrito de Wenceslao Fernández Flórez (1884- 1964) de hace setenta y cinco años: su opinión acerca de don Torcuato Luca de Tena, fundador de este periódico. Y este hecho nos ha removido la memoria, hemos recordado las lecturas de sus novelas y nuestra visita al gran periodista y humorista gallego, que se hizo célebre con su sección titulada Acotaciones de un oyente en la que comentaba cuanto pasaba en las Cortes, entre 1916 y 1918, aquí en ABC. Y creemos que su novelística está un poco olvidada, pese al texto publicado en 1975, por J. C. Mainer: Análisis de una insatisfacción: las novelas de Wenceslao Fernández Flórez y de la versión cinematográfica realizada de El bosque animado una de sus más logradas narraciones. Quizás sea, pues, oportuno evocar su personalidad y su obra. Recordamos que la primera novela que leímos de Wenceslao Fernández Flórez fue El hombre que compró un automóvil en una edición barata de Editorial Bruguera, allá en los últimos años cincuenta. Después conocimos Volvoreta -que significó su revelación en 1917 y que obtuvo el Premio del Círculo de Bellas Artes madrileño- Visiones de neurastenia El secreto de Barba Azul Relato inmoral El bosque animado -posiblemente la mejor de sus narraciones- Una isla en el Mar Rojo Los EVOCACIÓN DE WENCESLAO FERNÁNDEZ FLÓREZ Y SU OBRA MANUEL RÍOS RUIZ Escritor que no fuimos a la guerra El malvado Carabel Las siete columnas Los críticos coetáneos nunca fueron, al parecer, muy partidarios de la escritura de Wenceslao Fernández Flórez. Uno de ellos escribió en cierta ocasión: Su técnica consiste en inventar una serie de cuadros y escenas sin unión interna y una vez alcanzado cierto número de páginas poner fin Opinión que no compartimos, y sí apreciamos, por el contrario, la de Antonio Iglesias Laguna, en su ensayo Treinta años de novela española pues tras apuntar la posible influencia en Wenceslao Fernández Flórez de Unamuno y Valle- Inclán, así como de Dickens, Eça de Queiroz y Andreiev, escribe: La novela grande le venía demasiado ancha y, para suplir sus deficiencias personales, la engalanaba con esos preciosos cuentecillos que, a modo de esmaltes, se engarzaban en sus narraciones. Nunca tuvo un estilo propio, defecto notable al haber competido con dos generaciones de grandes estilistas, pero llegó a una pro- sa eficaz y, a fuerza de ternura, se superó en El bosque animado en esa fraga de Cecebre donde está el mundo animal, vegetal, onírico y mágico del campesino gallego. Esta novela, que en realidad es un conjunto de cuentos, marca el máximo esfuerzo narrativo del humorista Con todo, Wenceslao Fernández Flórez, autor de casi cincuenta volúmenes, es, hoy por hoy, unos de los valores positivos de la novelística española, aunque la generación más joven prefiera ignorarlo Este comentario data de 1969. Y diez años antes, en 1959, Wenceslao Fernández Flórez contaba en una revista: No estoy conforme con la interpretación que se le da al término humorista. Un humorista es un hombre que puede escribir lo mismo, y sobre lo mismo, que cualquier otro escritor Sobre el humor hay montones de definiciones que se repiten montones de veces. Más me gusta la que dice: el humor es una desilusión. Mas todo escritor es un descontento. Si estuviera conforme con todo, no escribiría, no tendría nada que decir. Y con este descontento dentro de sí mismo, al escribir se le abren dos posibilidades: incomodarse o burlarse. Yo he preferido esto último porque me parece más elegante y más eficaz Conocí personalmente a Wenceslao Fernández Flórez, meses antes de morir. Tenía ya ochenta años. Le conté que había venido a Madrid hacía unos días, dispuesto a otear el mundillo literario y periodístico, pues pensaba instalarme más adelante en la Villa y Corte, dispuesto a la lucha y salir de la, digamos, monotonía que en aquellos años se respiraba en provincias. Y entonces me refirió que él nunca había luchado, ni muchísimo menos, que a él lo llamó ABC y se vino de su tierra a Madrid, cuando tenía veintidós años, para sustituir a Azorín en la crónica parlamentaria. Añadiéndome que todo fue llegar y vencer. Me insistió en que él jamás luchó, a pesar de que en su tiempo todo el mundo hablaba del triunfo con mayúsculas. Lo mío- -recuerdo que me dijo- -consistía entonces en un hacer muy personal, especialmente la sátira, que apenas se practicaba, aunque los periódicos estaban llenos de artículos de fondo muy serios, muy aburridos... Tenga, amigo, la certeza de que quien tiene la onza la cambiará Y me dio ánimos aquel venerable y admirado anciano, cuya obra debería ser revalorizada en toda su originalidad.