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ABC DOMINGO 28 3 2004 Opinión 7 JAIME CAMPMANY Vuelve Felipe y le hace el Gobierno a Zapatero. Quizá ponga otra vez la Oreja Majestad, mucho ojo, que las paredes oyen LA OREJA DE FELIPE O han transcurrido todavía dos semanas desde la victoria de los socialistas en las elecciones y ya el Tribunal Constitucional ha admitido el recurso del general Manglano por las escuchas del Cesid. Los polémicos jueces del alto Tribunal han anulado otra vez una condena dictada por el Supremo y han salvado del guantazo de la ley eso que se ha llamado la Oreja de Felipe casi tan famosa como la Oreja de Van Gogh Gracias a esa Oreja ilegal e invisible, Felipe González conocía las conversaciones entre políticos, empresarios, periodistas y otros contribuyentes, y podía presumir de ser la más enterada comadre del Reino. Lo más sonado y escandaloso es que llegaron a espiar las conversaciones de Su Majestad, ¿remember? de modo que de ser escuchados por la Oreja no se libró del Rey a abajo ninguno. Uno de los que se querellaron contra el general Manglano fue mi menda. Me pincharon el teléfono con tal desmaña que escuchaba por él mis propias conversaciones y el siseo que producía el rodar de la cinta al grabar las palabras mías y de mis interlocutores. La famosa Oreja de Felipe se pone al loro entre 1981 y 1991, y es probable que la circunstancia que aconseja el espionaje de mi teléfono (el teléfono de un pobre periodista, ajeno a toda conspiración) fuera que yo había fundado el semanario Época en 1985 y tendría curiosidad la Oreja por conocer quién estaba detrás que es lo que preguntan los políticos siempre que alguien funda un medio de comunicación. La verdad es que todos los que fundamos la revista estábamos delante y a la vista, y detrás de Época no había nada ni nadie, ni el sionismo, ni Wall Street, ni la Iglesia, ni el Ejército, ni la Banca, ni siquiera la conjura judeomasónica. Pero la Oreja de Felipe estaba alerta. Condenó la Audiencia, confirmó el Supremo, pero ahora anula la sentencia el Tribunal Constitucional. El Constitucional ha encontrado el argumento para anular la sentencia en la contaminación del presidente del tribunal juzgador porque antes había pertenecido a la Audiencia. Pero esto lo deciden los ropones máximos del Reino cuando no han transcurrido más de tres meses después de haber rechazado el recurso de Gómez de Liaño, cuyos jueces en el Supremo estaban más contaminados que los habitantes de Hiroshima después de la atómica. Tengo mala suerte con el Constitucional, porque lo mismo me condena a pagar cinco millones de pesetas a los Albertos por haber escrito algo que era absolutamente verdad, pero según dijeron no era necesario (razón que sirve para cargarse a Quevedo, a Juan Ramón Jiménez y no digamos a Juan Luis Cebrián, que ese sí es absolutamente superfluo) que me deja desamparado frente a la Oreja de Felipe De modo que yo me quedo ahora espiado, escuchado, invadido en mi intimidad, cabreado y sin otro recurso que el palillo y flor de malva, o el de buscar consuelo en el hecho de que también al Rey le escuchaban sus conversaciones privadas con quién las tuviera, yo qué sé. Ahora vuelve Felipe, que está haciéndole el Gobierno a Zapatero, y a lo mejor pone otra vez la Oreja Majestad, mucho ojo, que las paredes oyen. N JON JUARISTI Reina en toda España la armonía interétnica y el multiculturalismo. Pronto los niños muslimes recibirán en nuestros colegios públicos su medio ordenador u ordenador y medio correspondiente y aprenderán a escribir en español LAVAPIÉS STALLIDO de una bomba en una elegante cafetería de Argel. Escenas de muerte y pánico. Una manifestación de colonos franceses enfurecidos recorre las calles. En su camino encuentran a un pequeño argelino que vende periódicos. Lo golpean con saña. Inolvidable gesto de dolor en el rostro del niño. Se trata de una secuencia de La batalla de Argel (1966) de Gillo Pontercorvo, que conmovió a mi generación. Juan Goytisolo barrunta linchamientos similares en España, pero no se contenta con advertir del peligro de que tales hechos sucedan. Afirma además que, según las informaciones de que dispone, algunos desmanes de este tipo ya habrían tenido lugar tras conocerse la detención de los terroristas marroquíes. Pero pasan los días y la España xenófoba que nuestro flagelo literario fustiga, como las famosas armas de destrucción masiva, no aparece por parte alguna, y menos aún en Lavapiés, donde se ha incubado la serpiente. Los más recientes reportajes televisivos sobre el barrio revelan, por el contrario, una insólita tranquilidad. Incluso alivio de buena parte del vecindario ante el incremento de la vigilancia policial, lo que indica a las claras que no sólo los ricos estiman la seguridad: las víctimas del 11 de marzo eran en su mayoría, no hace falta recordarlo, trabajadores, muchos de ellos inmigrantes. Un marroquí se queja ante las cámaras de la frecuencia con que ahora le exigen mostrar sus papeles y debo admitir que sus protestas me dejan tan frío como las jeremíadas de Goytisolo. Si la presencia de la Policía en Lavapiés hubiera sido tan abultada como hoy hace tan sólo unas semanas, quizá dos centenares de conciudadanos seguirían vivos. Madrid ha dejado de ser una ciudad alegre y confiada, pero no se ha convertido en la caverna racista de nuestro delirante Juan Sin Tierra. En realidad, no parece que el islamismo preocupe a los españoles mucho más que el mes pasado. El país ente- E ro lleva camino de transformarse en una inmensa ONG resuelta a restaurar la ucrónica convivencia amorosa de las Dos Culturas y a enmendarle la plana a Samuel Huntington, que, para colmo, nos ha salido rana. Hablo de las Dos Culturas y no de las Tres, porque lo de la Judía suena a chiste. Por supuesto, a estas alturas, es tabú acordarse del imán de Fuengirola, pero las tertulias radiofónicas han estado echando humo durante toda la semana a propósito de los judíos, un humo que huele a pira inquisitorial (ni siquiera se han tomado la molestia, faltaría más, de distinguir entre israelíes y judíos en general) Saramago ritorna vincitore y Hamas, que también nos ha indultado, ha pasado a ser una organización política respetable. El jeque Yassin, un sádico gamberro antisemita cuyas apariciones ante la prensa preludiaban siempre un reguero de cuerpos destrozados en las calles de Jerusalén, Tel- Aviv o Haifa, forma hoy parte del martirologio cívico hispano. Nada de esto dejaba de ser previsible en la resaca misma de la noche electoral: una vez consumada la rendición ante al- Qaeda, el puesto de enemigo de la humanidad quedaba vacante en la imaginación española. Lo han ocupado, sin transición, todos aquellos países que tienen problemas con los musulmanes: Estados Unidos, claro está. Israel, como es de rigor. Y, no podía ser menos, la Serbia irremisiblemente genocida a la que nunca se reconocerá, por fuertes que sean las evidencias, la condición de nación agredida y masacrada en Kosovo por la mafia albanesa que intenta controlar un trecho del corredor de la droga. En Lavapiés hay paz entre moros y cristianos. Reina en toda España la armonía interétnica y el multiculturalismo. Pronto los niños muslimes recibirán en nuestros colegios públicos su medio ordenador u ordenador y medio correspondiente y aprenderán a escribir en español tecleando mi Mahoma me ama, amo a mi Mahoma. O sea que menos lobos, Caperucita.