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ABC MIÉRCOLES 10 3 2004 La Tercera LAS URNAS Y EL INTERÉS PÚBLICO T ODOS los saberes de la inteligencia artificial están siendo puestos a prueba para lograr una motocicleta robótica que pueda esquivar obstáculos, cambiar por sí sola de dirección y saber elegir su mejor trayecto. La larga y a menudo enconada historia de la acción política no pocas veces también ha consistido en intentar que las sociedades avancen sin piloto, de forma automática y teledirigida. Al caer en la herrumbre aquellos robots utilitaristas o totalitarios, en su caja negra aparecía el artefacto inexorable del determinismo histórico. Por enésima vez ya no quedaba otra salida que el viejo y abstruso dilema del bien común. Los escarceos de la voluntad humana frente al bien y al mal indicaban de nuevo el rumbo. Si existen pocas dudas sobre la posibilidad de un vehículo robótico todavía carecemos de una certitud corpórea y tangible sobre el interés público. Hay quien sostiene que votamos por estrictos intereses individuales y para corroborarlo vemos una sociedad atomizada, sectorializada por intereses particulares y por grupos de buscadores de renta, por cuotas, por sujetos que sólo votan calculando la maximización de su beneficio. Esa es ciertamente parte de nuestro voto pero no el todo. Así se emiten unos votos pero no todos. El gueto se contrapone a la noción de bien público y confirma de forma tan sesgada como contundente el fin de la política. El fin de la política suele ir precedido por el fin de los políticos. Al José García Fajardo de Galdós, el astuto cardenal Antonelli le da un consejo político para cuando regrese de Roma a España. Es en Las tormentas del 48 En la política de tu país puedes abrirte camino ancho, que allá tienes dos especies de hombres afortunados: los tontos y los que se pasan de listos. Procura tú ser de los últimos Ciertamente, a veces andamos sobrados de políticos listos, pero esa concepción tan latina de aquel cardenal Antonelli es la que ha arrasado el sistema político de la Italia posterior a la guerra fría. La tentación más a mano para parte de ese millón de jóvenes que aparecen en el censo electoral por primera vez es la abstención, la marginalidad o el voto de la antipolítica. Nacieron después de la intentona cuartelera de Tejero, viven casi al margen de la Historia y suscribirían con facilidad el fin conjunto de la política y de los políticos. De un ejercicio de introspección individual ante la urna seguramente no se deducen formulaciones concretas: ¿votamos por estricto interés particular o concedemos un margen de voluntad a los asuntos comunes? En realidad, podemos ser egoístas y altruistas a la vez, del mismo modo que determinados hitos de la evolución institucional- -como el libre mercado- -nos dan acceso a una conducción colectiva de lo que en apariencia es imposible de concertar. A veces se olvida que, como sistema basado en el intercambio de derechos de propiedad, el libre mercado también es un método de cooperación de tal modo que al votar pensando en las facili- La puesta en cuestión del modelo territorial de la Constitución de 1978 precisamente cuando la Unión Europea da el gran salto hacia el Este va a malversar gran parte de la adrenalina colectiva que España necesitaría para mejorar la productividad, incentivar el sistema educativo y acometer las reformas estructurales de la economía dades actuales para el pago de una hipoteca uno no tiene por qué sentirse con el alma partida en dos, entre el interés individual y el interés público. Esa es una de las ventajas de una economía que se aceleró al terminar el año 2003 con un crecimiento del 2,4 por ciento, con precedencia sobre los países de la eurozona. Territorialmente, a más de ochenta años de la primera edición de España invertebrada el particularismo descrito por Ortega también parcela una idea en común hasta el punto de que a veces la menos mala de las soluciones todavía consiste en la conllevancia. Los costes de la irracionalidad del plan Ibarretxe, por vpuig abc. es ejemplo, van incluso más allá de los cálculos económicos del profesor Buesa, en el sentido de que arruinan un largo quehacer histórico a la vez que alteran el equilibrio entre energías y bien común en una hora de máxima competividad para España. La puesta en cuestión del modelo territorial de la Constitución de 1978 precisamente cuando la Unión Europea da el gran salto hacia el Este va a malversar gran parte de la adrenalina colectiva que España necesitaría para mejorar la productividad, incentivar el sistema educativo y acometer las reformas estructurales de la economía. En otros términos, la constitución del gobierno tripartito de Pasqual Maragall en Cataluña ya ha tenido más consecuencias de las que iba a tener por sí mismo y lastra al PSOE como alternativa de gobierno con la grave carga de la entrevista de Carod- Rovira con ETA siendo conseller en cap Con el añadido de sus sinceras contradicciones, el experimentalismo y los aspectos de fecundación in vitro del tripartito de Maragall pueden acentuar el desconcierto o aquietarse transitoriamente hasta somatizar con correcciones su actual crisis de autoridad y representación. De lo que resuelvan los votantes depende en gran manera el futuro de ambos frentes, el encogimiento del plan Ibarretxe o su magnificación, que se circunscriba el hecho de la gobernación autonómica por parte de Pasqual Maragall o que se desparramen más unas tesis inéditas tanto para el PSOE como para toda España. En su actuación exterior, el interés público de su país acostumbra a formularse como interés nacional. La realidad y vigencia de los intereses nacionales quizás no sea eterna pero va a durar mucho más de lo que se entiende desde una concepción kantiana del nuevo orden mundial en la que sólo creen algunos teóricos del nuevo orden mundial. Para un país como España, la política exterior casi nunca ha sido un factor determinante a la hora de votar pero sí permite que el ciudadano distinga entre demagogia y defensa real de los intereses nacionales. El hecho de que el episodio de Perejil, por ejemplo, tenga ya su anecdotario no quiere decir que los electores acepten confundir la seguridad nacional con una anécdota. Quien más quien menos sabe lo que es tener vecinos y no cuesta entender que la seguridad nacional en no poca medida es a la vez un interés individual. En los sucesivos estadios de lo que hoy conocemos como Unión Europea no se negaba la legitimidad de los intereses nacionales sino que se les daba cauce y se trazaba el marco para dirimir sus equilibrios y contrapesos. Vaticinar el fin de los Estados- nación en Europa es todavía aventurado, por manifiesta que sea la cesión de soberanías. Bien común, intereses nacionales, interés individual: ahí van las papeletas para que la política no tenga fin. VALENTÍ PUIG