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ABC DOMINGO 14 12 2003 La Tercera MEMORIA DE SALVADOR DE MADARIAGA HORA que hace veinticinco años de casi todo, conviene recordar que tal día como hoy, un 14 de diciembre de 1978, moría en Locarno (Suiza) Salvador de Madariaga Rojo. Había nacido en La Coruña, el 23 de julio de 1886. La primera evidencia que emana de su figura es su excepcional vitalismo. Su propio currículum ya es indicativo de esa efervescencia vital: ingeniero de minas, periodista durante la primera guerra mundial, catedrático de lengua y literatura española de la cátedra Alfonso XIII de estudios hispánicos en la universidad de Oxford, embajador, conferenciante, miembro fundador y presidente del Collège d Europe, académico de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y de la Española (en esta Academia fue elegido en 1936, pero no pudo tomar posesión hasta 1976) Hasta en su vida sentimental reflejó esa capacidad vitalista. Casado con Constance Archibald, historiadora de la economía, con la que tuvo dos hijas; se volvió a casar cuando enviudó en 1970, a los ochenta y cuatro años, con la que había sido su secretaria, Emily Skeley. La segunda vertiente que me gustaría recordar aquí es la de su propia atipicidad en un país como el nuestro y en el tiempo que le tocó vivir. Salvador de Madariaga fue un gallego anglófilo en una cultura como la hispánica, en la que sólo ha habido o casticistas integristas o afrancesados desgarrados. Los anglófilos, en nuestro país, han sido pocos: de Jovellanos a Madariaga pasando por Blanco White o Alcalá- Galiano, lo que los ha hecho ser intrínsecamente sospechosos de casi todo lo malo. Como tal anglófilo militante desde la guerra de 1914, Madariaga fue siempre un liberal que siempre llevó mal la maldición de la bipolaridad española. En la República fue embajador en Washington, en la Sociedad de Naciones y en París, y ministro de Gobierno y Justicia en el gobierno de Lerroux, pero su ideología estaba tan lejos de Lerroux como de los comunistas Las derechas lo consideraban un liberal antiespañol. Las izquierdas, un burgués elitista. Él se consideró de la Tercera España, la de los perplejos y desubicados en la guerra civil, una España rota y triste, de la que se ha acordado Preston y pocos más. Madariaga estuvo a punto de ser fusilado en 1936, porque los milicianos le confundieron con el diputado derechista Dimas Madariaga, y se pasó buena parte de su vida en el exilio, esperando, como tantos, la muerte del dictador. Al menos, como su poco amigo Sánchez Albornoz, pudo sobrevivir a Franco. Puede decirse que Madariaga estiró su capacidad biológica hasta los 92 años para demostrar que la historia le daba la razón, una razón que tantos le negaron en la España de su tiempo. Por lo pronto, esperó a ver morir a Franco, su paisano, y a que la constitución democrática, que normalizaba a España como país moderno homologable a la Europa más avanzada, A Un cuarto de siglo después de su muerte, Madariaga queda en nuestra memoria histórica más que como el Quijote de la política, que le llamó Preston, como un español avanzado a su tiempo y desubicado, moderado en años de visceralismo radical se hubiera aprobado en nuestro país. Su antifranquismo estuvo siempre acompañado de un considerable optimismo histórico, alimentado más de voluntarismo que de la realidad de los hechos. Inasequible al desaliento, creyó siempre en la capacidad de los aliados para acabar con Franco en la postguerra española. Fracasó en sus previsiones, pero fustigó con toda su capacidad satírica al dictador en General, márchese usted (1959) o en la novela del general Sanco Panco (1963) torpedeó el intento franquista de ingreso de España en la OTAN; y erosionó en lo que pudo al franquismo a través del contubernio de Múnich en junio de 1962, que supuso un intento de articulación de las fuerzas antifranquistas. El dictador murió en la cama, pero Madariaga pudo regresar a España en 1976, ver al Rey e irse a morir a Locarno dos años más tarde. La tercera vertiente de Madariaga subrayable es la de su militancia europeísta. Madariaga, en este sentido, asumió el concepto ilustrado de Europa como concreción de los valores de la libertad de pensamiento y del racionalismo laico. Siempre vio en la idea europea la alternativa a las tentaciones indigenistas o fascistas y, desde luego, luchó mucho para rescatar a Europa del presunto rapto, según el diagnóstico de Díez del Corral, sufrido tras la segunda guerra mundial. Su Europa no era la de los comerciantes sino la de los intelectuales y, desde luego, fue en el mismo grado que europeísta, atlantista. El atlantismo nunca lo vio confrontado a Europa sino como a consumación occidental de Europa, el testimonio de las posibilidades de colaboración entre los valores históricos culturales de Europa y el poder militar norteamericano. Algo muy a tener presente en los tiempos que vivimos. La condición intelectual y la vocación política en Madariaga no siempre fueron compatibles. Y a la postre, la primera fue la gran sacrificada. Pese a ello, sus traducciones de Milton, Shelley y otros poetas ingleses, sus novelas, sus ensayos sobre el Quijote o sobre historia de España y sus biografías de Colón, Cortés o Bolívar dan fe de sus valores intelectuales. Sus aportaciones mayores se concentran en el terreno de la psicología histórica desde la óptica de la historia comparada, superando los debates esencialistas y metafísicos. Nunca dramatizó el problema de España y siempre tuvo claro, como Ortega, que, en todo caso, la solución era Europa. El éxito del género biográfico actualmente le debe mucho a Madariaga que supo adentrarse siempre en las concavidades internas de sus biografiados. Como buen liberal, Madariaga creyó que todo tiene un precio. Sus héroes (Colón, Cortés, Bolívar) lo fueron porque, según él, supieron pagar el precio que implicaba sus respectivos proyectos ambiciosos. Sin duda, Madariaga ha gozado de mucho más prestigio científico fuera de España que en nuestro país. Ahí está la relación de premios y galardones realmente abrumadora que recibió a lo largo de su vida (candidato a Premio Nóbel de la Paz en 1937 y 1952, Doctor honoris causa por siete universidades, Premio Carlomagno en 1973... Nada sorprendente, a la luz de las estructurales incapacidades hispánicas, para valorar lo propio y de las conocidas limitaciones del antifranquismo para superar el sectarismo. Un cuarto de siglo después de su muerte, Madariaga queda en nuestra memoria histórica más que como el Quijote de la política, que le llamó Preston, como un español avanzado a su tiempo y desubicado, moderado en años de visceralismo radical, republicano antifranquista militante cuando Europa y Estados Unidos asumían con normalidad la dictadura de Franco, europeísta en una época de nacionalismos resentidos tras la segunda guerra mundial, atlantista beligerante cuando la izquierda ya empezaba a esgrimir su clásico discurso antiamericano. Madariaga: un español ciertamente incomprendido. Un español distinto. Un español de una España que nunca fue, que nunca pudo ser. RICARDO GARCÍA CÁRCEL Catedrático de Historia Moderna Universidad Autónoma de Barcelona