Avanzar o retroceder por resultado de búsqueda
Avanzar o retroceder por las páginas del periódico
Avanzar o retroceder por día

ABC
MARTES 11 11 2003
La Tercera
LA CATALUÑA ENTRE SIGLOS
A sobriedad en el decir de los representantes catalanes en las Cortes de Cádiz, atribuible a la dificultad de expresarse en castellano, no entusiasmaba al público de los palcos, más adicto a aplaudir la elocuencia pomposa y arrebatadora. Por ahí andaba Antonio de Capmany, futuro autor del estudio de historia económica, Memorias históricas sobre la marina, comercio y artes de la antigua ciudad de Barcelona El prócer Antonio de Capmany ahonda en la Ilustración y en el enciclopedismo francés para iluminar de forma anticipada los umbrales del siglo. Frente a quienes preferían cobijarse en los archivos para desempolvar legajos que enaltecieran el pasado medieval, su apología del comercio y de la industria como recursos fundamentales de aquella Cataluña no poco tiene que ver con la sugerencia intelectual de David Hume cuando difiere del culto a los esplendores de un pasado rico y demográficamente populoso que la nostalgia o el mito dan por superior a un presente propulsado por la dinámica del comercio y por la técnica de las nuevas industrias. El análisis premonitorio de Antonio de Capmany se corrobora a lo largo del siglo XIX en la prepotencia biológica catalana- -según fórmula de Vicens Vives- la pujanza de Barcelona, la industrialización y, entre otras cosas, una identificación de objetivos económicos, sociales y políticos por parte de los núcleos dirigentes de aquella nueva sociedad. Ahora, a inicios del siglo XXI, la natalidad es bajísima, abundan las descripciones de un Madrid en alza frente a una Barcelona estancada, del mismo modo que se dan incertidumbres en la senda de la postindustrialización y no hay una claridad elemental de objetivos colectivos, a consecuencia de un proceso que comenzó bastante antes de que pudieramos referirnos al postpujolismo. Hablamos de fase vagotónica precisamente cuando la sociedad catalana lleva dos décadas de recuperación política en virtud de la redistribución de poderes del Estado cifrada en la Constitución de 1978. Es en esta fase de horizontes irresueltos cuando el electorado catalán va a decidir cómo toman cuerpo sus prioridades políticas para los próximos cuatro años. Del particularismo herrumbroso a los parques tecnológicos del Vallés algo ha ocurrido en Cataluña pero es algo que ha quedado entre paréntesis en la campaña electoral en curso, más bien propensa a los tics ideológicos, a la oquedad conceptual y la añeja alianza entre el victimismo y la autosatisfacción. Cualquiera sabe que para las sociedades que desean mantener su prosperidad no hay otro método que la capacidad de competir pero se diría que la sociedad catalana en algún instante pide unas horas de recreo. Es curiosa la coincidencia entre tal relajación muscular y el hecho de que las elecciones autonómicas del próximo domingo impliquen el paso de una política de representación- -verdadera médula del pujolismo- -a una política gestora: el postpujolismo significa el final de
L
Es perceptible que la sociedad catalana ya va por delante de la política: socialmente, las mutaciones han sido espectaculares pero políticamente la lámpara de acetileno se usa todavía en las prospecciones rutinarias del catalanismo. Los rudimentos de una nueva política no se atisban, ni por supuesto la articulación inmediata de amplios liderazgos
una excepcionalidad sui generis que consistía en primar los capitales simbólicos por encima de las dinámicas espontáneas. Esos veintitrés años en el poder avalan la pericia política de Pujol en la medida en que ha sabido consolidar un mensaje que al final se ha hecho más o menos inalterable. Ahora está por ver quien va a sustituir aquel mensaje y de qué manera va a modular ese sistema de representación unipersonal que durante todos estos años logró solapar la naturaleza extensa de Cataluña y la figura concreta de Jordi Pujol. En no pocos aspectos es perceptible que la sociedad catalana ya va por delante de la política: socialmente, las mutaciones han sido espectaculares pero políticamente la lámpara de acetile-
vpuig abc. es
no se usa todavía en las prospecciones rutinarias del catalanismo. Los rudimentos de una nueva política no se atisban, ni por supuesto la articulación inmediata de amplios liderazgos. La ciber- Cataluña, la Cataluña digital comienza a existir en el mundo empresarial pero no aparece en la Cataluña política. No es imprescindible ser un heterodoxo para sospechar que los trabajos y los días del parlamento autonómico de Cataluña son sistemáticamente tediosos. Suele ocurrir cuando las ideas están en la calle y no en los hemiciclos. Tal vez los debates adquieran fragor y textura con el resultado de las elecciones del domingo o tal vez todo vaya a ser casi lo mismo, con un mero cambio de personal, como en las revoluciones de antaño. Como sabía Antonio de Capmany, a la sociedad catalana le conviene de una vez por todas saber qué peso debiera tener Barcelona y cuál va a ser la verdadera participación de sus representantes políticos en la vida de España. Para algunos al postpujolismo le correspondería exactamente una intervención mucho más presente y clara en los asuntos de España. La Junta Superior de Cataluña había dado instrucciones precisas a los diputados catalanes en las Cortes de Cádiz: Debe Cataluña no sólo conservar sus privilegios y fueros actuales, sino también recobrar los que disfrutó con el tiempo que ocupó el trono español la augusta casa de Austria En la transición entre lo deseado y lo obtenido seguramente germinó entonces el posibilismo. De nuevo entre dos siglos, la ciudadanía de Cataluña prospera como puede y vota como le viene en gana. Pronto o tarda, como ocurre siempre, el calidoscopio unicolor del pujolismo va a quedar arrumbado en el arcón de los juguetes viejos. No sabemos lo que vendrá después, ni los cromatismos del cambio ni los sombreados del continuismo. Ha sido una etapa de gestos e inercias, de estabilidad y espirales particularistas, de identidad y mito. Va a haber quien en el futuro añore la predisposición totémica de Jordi Pujol, esa irrepetible amalgama de activismo y patriarcalidad, de una presunta autoafirmación colectiva a veces ortopédica y a veces reactiva. En el industrioso siglo XIX prenunciado por Antonio de Capmany la recuperación económica y espiritual de Cataluña- -dice Vicens Vives en uno de sus mejores libros- -había acabado por promover una élite intelectual que se preocupaba de comprender el pasado y el presente para evitar un devenir que no se imaginaban tan fácil como el capitalista, el comerciante o el hombre de la fábrica. Así fue como a partir de 1840 emerge un núcleo conservador que, sin anular sus raíces históricas, acepta la realidad inevitable de la transformación industrial. Para Vicens Vives, esa fue una encrucijada del moderantismo. No haría falta creer que la Historia se repite para manifestarse a la espera de diagnósticos como los de Antonio de Capmany y de otras encrucijadas del moderantismo.
VALENTÍ PUIG