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61 MIÉRCOLES 30 4 2003 ABC Cultura y espectáculos Rocío Jurado y Estrella Morente, en el Festival del Cante de las Minas, que se celebrará en agosto en La Unión El músico brasileño Carlinhos Brown presenta en España su último disco, Carlito Marrón Once años ha dedicado Leticia Arbeteta a la realización del catálogo razonado del Tesoro del Delfín que edita el Museo del Prado. Esta colección está formada por la herencia que Felipe V recibió de su padre, Luis, Gran Delfín de Francia Historia de un tesoro TEXTO: TRINIDAD DE LEÓN- SOTELO Once años de trabajo científico, al que Leticia Arbeteta asegura entregarse de forma cuadriculada, no le impiden decir que el Catálogo razonado que ha realizado sobre El tesoro del Delfín editado por el Museo del Prado, le ha permitido, también, sentirse como en el mundo de Aladino. Y es que esta colección puntera, que es lo más importante que en la parcela de Artes Decorativas posee el citado museo, mezcla calidad, valor intrínseco y belleza. La fascinación que ejercen sobre el visitante las piezas del conjunto abarca el territorio de lo mágico. La colección fue recibida en herencia por Felipe V de su padre, Luis, Gran Delfín de Francia. Sabida es la pasión por las gemas de las que también gozaron los antepasados franceses del Gran Delfín Piedras preciosas Arbeteta, doctora en Historia del Arte, conservadora de museos y especialista en joyería antigua española, es buena conocedora de las colecciones europeas de gemología y piedras preciosas y ha trabajado con colegas de toda Europa. Nada extraño, pues que se sintiera atraída por El tesoro del Delfín una colección sobre la que Diego Angulo publicó allá por 1944 una primera aproximación, aclarando que quedaba el terreno abierto a más investigaciones. A ellas se ha entregado Arbeteta- he querido rendir homenaje a don Diego -como especialista, capacitada no sólo para investigar arduamente, sino para dotar a lo que hace de un entusiasmo que transmite sólo con hablar de su labor. En el catálogo que ahora aparece se completa el trabajo de Angulo. Se informa de los artífices de las piezas, de la procedencia principal, del protagonis- mo de los minerales, de los talleres de su labra. La investigadora ha logrado incluso identificar dos piezas desaparecidas, una de las cuales se hallaba en el Museo Arqueológico Nacional y la otra en el Prado, si bien una pieza estaba encima de otra. Ha trabajado científicamente, pero gusta de narrar lo logrado de modo divulgativo para enganchar así al mayor número posible de personas, que sentirán con la lectura el hechizo de una colección cuya historia está plena de avatares. Así, por ejemplo, dos robos, el de los soldados franceses en 1813 y el robo interno en el Prado de 1918. En el catálogo aparecen fotografías de estuches vacíos, a través de los cuales Arbeteta ha sido capaz de averiguar el contenido, gracias por un lado a que en el guateado han quedado impresas las formas, y por otro, a las descripciones antiguas. Ha estudiado 169 piezas. Para lograrlo no sólo ha viajado a Francia, destino obligado, sino a museos y bibliotecas extranjeros. Lo cierto es que el resultado ha valido la pena. Se introdujo de lleno y con fervor en un mundo que abarca lo mágico, lo político, un mundo múltiple en fin que la captó por completo. Me quedé enganchado dice. Cuenta del significado mágico que tenían las gemas en un tiempo en el que se las incluía, época por ejemplo de Rodolfo II en Praga, en la alquimia, con su áurea de poderes sobrenaturales o en una etapa como en la de Luis XIV, en la que se usaban como prestigio de la monarquía. Para cifrar el valor económico de la colección asegura Arbeteta que no hay parámetros económicos y señala que su auténtico valor es la procedencia, siendo las más importantes Italia, China, la India mogol y Persia. Preguntada por su joya favorita, responde que un jarro cuya asa representa a Narciso convirtiéndose en flor, aunque con ser hermosa la representación, cobra todo su esplendor y sentido al llenarse la jarra de agua. Algo que interesará al lector del catálogo serán las leyendas que muchas piedras llevan consigo. Las piedras preciosas más empleadas para enriquecer los vasos son los rubíes, los diamantes y las esmeraldas, siendo menor el uso de zafiros. Entre las gemas, turquesas, amatistas, ópalos, granates... Lo espectacular de la belleza hace pensar, en efecto, en la lámpara de Aladino. Dado que esta colección- -lo admite Arbeteta- -no es lo conocida que debiera, no sería mala idea programar una muestra especial que coincidiera con la edición del catálogo. Con El tesoro del Delfín afirma, nos equiparamos a los grandes museos de París, Florencia y Viena Jarra de cristal con asas en forma de bichas Gastos exquisitos El Delfín comenzó tempranamente su colección, influido por su padre, que pensó que un buen camino podía ser entregarle algunos objetos y pinturas tras una visita a sus colecciones del Louvre, el Hotel de Gramont y en la Biblioteca Real. El Rey, según se cuenta, deseaba que formase un gabinete con las cosas más hermosas, raras y curiosas que pudiera encontrar. Corría el año 1681. Desde esa fecha, el Delfín contó para sus gastos con una cantidad que fue aumentando hasta alcanzar las 50.000 libras. Su destinatario adquiría joyas y muebles, y empleaba el dinero también en otros asuntos, de modo que, a veces, estuvo corto de monedas y su padre debió pagar sus deudas. El caso es que el interés por su colección le llevó a tener consejeros, como Joyeux y el duque de Aumont, que en ocasiones compraban en su nombre. Fue asiduo visitante de la feria de Saint Germain desde que recibió su primera paga y de diversos comerciantes. No olvidaba las almonedas y subastas. Su colección, comenzada 20 años después que la de su padre, la sobrepasó, ya que mientras que para Luis XIV se trataba de una demostración de prestigio y representación, para su hijo era el resultado de sus gustos y búsquedas. Contemplando la colección, en la que también figuran regalos, se deduce que era exquisito. Saturno devorando a su hijo de Goya ne los frescos de Goya con todo el cuidado, así como que ha hecho fotografiar esta obra. Para el experto, esto demuestra que fueron fotografiadas antes de 1867. Puede que las placas conservadas sean posteriores, pero la existencia de fotos es un hecho. Comprende también que un amateur no distinga bien un fresco de un óleo sobre pared. Glendinning recuerda que, a la muerte de Javier Goya, padre de Mariano, se tasan las obras y la existencia de las Pinturas Negras les parece que añade valor a la Quinta. En 1854 nadie ponía en duda su autoría afirma. Sobre la acusación de haber interpretado erróneamente las estancias 4 y 5 de la Quinta, Glendinning dice que tales especulaciones no son suyas sino del inventario de 1857. Asas que dan forma a un narciso y una sirena