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18 Posguerra en Irak OPINIÓN LUNES 21 4 2003 ABC IRÁN: LA LENTA REFORMA JACOBO BERGARECHE MENDOZA P arece inevitable preguntarse por lo que ocurre entre los dos teatros de operaciones que los estadounidenses han abierto en Oriente Próximo. Con Afganistán al Este e Irak al Oeste, y un carné de socio en el Eje del Mal Irán está siendo presionado para que engrase los engranajes de la lenta reforma del moderado Jatamí. Pero inundar de aceite el motor del cambio político no parece que vaya a acelerar la digestión de las tesis de Montesquieu por parte de los mulás, el clero chií que Jomeini instaló en el Poder tras la revolución de 1979. La duda principal es si el sector reformista del clero está capacitado para llevar a cabo una transición hacia una democracia que los Estados Unidos puedan mirar sin recelos, que satisfaga al pueblo iraní, ávido de reformas, y que a la vez no detone las hostilidades de los sectores más violentos del fundamentalismo chiita. Los artífices del Proyecto para un Nuevo Siglo Americano (PNAC) del que son miembros Rumsfeld, Perle y demás cartógrafos e ideólogos del nuevo orden mundial consideran a Irán como un país clave dentro de su estrategia por implantar la democracia y el libre mercado en Oriente Próximo, pero al contrario que sus vecinos, Irán es un país donde las fuerzas del cambio llevan tiempo actuando desde el interior del país e incluso desde dentro del sistema. La antigua Persia es la primera potencia demográfica del golfo, con un régimen fundamentalista consolidado en el Poder y controlado por clérigos con una importante formación académica y un profundo conocimiento de occidente. Al contrario que los talibanes o los ulemas de Pakistán, los mulás iraníes, aunque igual de hirsutos, han leído a Montesquieu, conocen los Derechos Humanos, hablan lenguas europeas, se hacen la manicura, sonríen en las fotos, se maquillan antes de salir por la televisión y presumen de varios logros de su revolución: la incorporación masiva de la mujer a la universidad y la educación, una expectativa de vida de 70 años, ciertas cuotas de participación popular en la elección de los líderes políticos, el acceso abierto y generalizado a Internet y un largo etcétera de cambios que, aunque a ojos de un occidental parecen risibles e insuficientes, son indicios incuestionables de la lenta maduración de la reforma. Los impacientes estrategas del PNAC parecen decididos a apostar por la maduración artificial y asistida para que la fruta caiga del árbol lo antes posible. El programa nuclear iraní para la construcción de un reactor con tecnología rusa en Busheher, a pesar de contar con el visto bueno de Mohamed el Baradei, ha hecho saltar todas las alarmas en Washington y Tel Aviv, donde muchos analistas se preguntan para qué necesita una central energética nuclear un país que posee el 8,6 de las reservas mundiales de crudo conocidas y extraíbles. De momento los americanos confían en que tras la guerra en Irak y el consiguiente despliegue de fuerzas democratizadoras en Mesopotamia, el régimen de la Revolución Islámica se desplome por ósmosis y por tanto no haya que intervenir. Hablo de desplome porque muchos opositores- -tanto en el interior del país como en el exterior- -dan ya por genéticamente imposible una transición democrática que venga de los mulás moderados. Todavía no se sabe si existe una tercera vía desde un Islam teocrático y neocalifal, hacia la modalidad autóctona de democracia a la que Jatamí se esfuerza por llegar con métodos de funambulismo político, esquivando con sumo cuidado las zancadillas del ayatolá Jamenei (líder espiritual, no electo y con capacidad de veto en todo) que sigue empeñado en mantener un ambiente de luto eterno, parecido al que se respiraba en la casa de Bernarda Alba. Su misión pública es erradicar todo aquello que aleje al ciudadano del constante recuerdo de Alá en cada esfera de la vida. Pero con el tiempo los colores del luto se han ido destiñendo. Los más rancios mulás cada vez tienen menos poder para hacer que la vida en Irán sea una estancia de pureza moral y aburrimiento en la antesala de la muerte. Y pese a ello, a los que más les interesa el desplome del régimen iraní se esfuerzan en seguir ofreciendo una mirada empobrecedora y estereotípica hacia este país, que en los últimos años nos ha dado muchos indicios de su tímida voluntad de apertura. No se puede ocultar que en Irán, aunque con cuentagotas, cada día se disfrutan de mayores dosis de libertad. Cambios que nos resultan insignificantes representan para ellos auténticas conquistas. Durante el mes de agosto de 2001 tuve la oportunidad de recorrer Irán con Amir K, un amigo iraní exiliado en EE. UU, y fue a través de su propia percepción del cambios en su sociedad que pude afinar la mirada. Amir se sorprendía de la drástica disminución de la presencia de la temida Guardia Revolucionaria, un cuerpo encargado de velar por el cumplimiento de la moral islámica. Hace unos años este cuerpo se encargaba- -entre otras cosas- -de establecer controles en las calles para borrar el maquillaje de la cara de las mujeres, de cortar los mechones que sobresalieran del heyab, de comprobar que había vínculos de parentesco entre una pareja hombre- mujer que paseaba por la calle, so pena de arresto y castigo arbitrario, de impedir el uso de camisetas de manga corta Las bulliciosas calles de Teherán o de confiscar vídeos y parabólicas. Pero en agosto de 2001 (y más aún ahora) las camisetas cortas están permitidas, el negro funerario de casi todas las prendas ha sido sustituido por interpretaciones polícromas de la etiqueta islámica: Teherán es una auténtica pasarela de mujeres con heyabs de colores, modernas sandalias y uñas pintadas, labios estridentemente maquillados y largos mechones de pelo que asoman coquetamente. En las terrazas del barrio alto de Teherán hay novios que se sientan en los cafés a fumar los gelyuns (narguiles) y en las casas de la gente de clase media raro era el día que no me ofrecieran latas de vodka ruso o cervezas de Armenia, amén de las populares sesiones de opio en torno a las cuales se congregan las familias en días de fiesta. En las azoteas de las grandes ciudades proliferan las parabólicas, los programas de televisión del exilio iraní en California tienen más audiencia en Irán que en los EE. UU. y todas las formas de contrabando mediático están absolutamente generalizadas hasta el punto de que la serie Los vigilantes de la playa donde pueden verse a esculturales mujeres en traje de baño se ven hasta la extenuación en los vídeos de muchas casas. Incluso en las playas del Caspio, por la noches y protegidas por la oscuridad, se pueden encontrar a mujeres en trajes de baño occidental, y los más pudientes se permi- ALEJANDRO CARRA La incógnita sigue siendo si los mulás pueden rematar esta lenta transición que su pueblo les ha pedido ten el lujo- -del que fui testigo- -de alquilar una lancha de la patrulla policial que vigila que las mujeres se bañen vestidas y tapadas, para zambullirse en alta mar con sus trajes de baño americanos, lejos de las miradas de la gente. Y en el plano cultural, la intensa actividad cinematográfica, que ha dado recientemente películas iraníes como El Círculo que trata la prostitución y el maltrato a la mujer, o El sabor de las cerezas que trata el suicidio, denotan una madurez a la hora de enfrentarse a temas que en cualquier otro país islámico- -incluso en los que se consideran laicos- -se echa mucho de menos. A pesar del luto impuesto por el Ayatolá, la fuerza del hedonismo del mundo pagano siempre subyacente en la cultura persa y un patrimonio poético sumamente refinado, que rezuma libertad y sensualidad, lleva demasiados siglos instaurado en esta civilización de origen indoeuropeo, como para ser erradicado por el clero chií. Los mulás moderados poco a poco se ven forzados a aceptar estas señas de identidad del pueblo persa. La incógnita sigue siendo si los mulás pueden rematar esta lenta transición que su pueblo les ha pedido, o si los halcones de la Casa Blanca, insatisfechos con la velocidad de las reformas que se están produciendo y recelosos de la capacidad nuclear de Irán, forzarán el motor del cambio hasta griparlo.