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66 Tribuna VIERNES 29 11 2002 ABC E STE era un encuentro anunciado. Que uno de nuestros artistas más secretos, uno de nuestros solitarios (como Gaya) alguien que ha ido elaborando una obra cargada de soledad y de silencio, de austeridad y de quietud, a la búsqueda de la esencia de las cosas exponga en un monasterio no deja de ser la cosa más natural del mundo. Podría haber colgado allí, de esos muros blancos que tanto abundan en sus cuadros, parte de esa obra a la que hacía mención hace un momento. Su imaginario: mesas, cuencos, velas, cráneos, ventanas, cestos, tazas, cementerios... Antes, paisajes de Castilla. No creo que Silos diste de ser parte de su mundo. Con todo, a raíz de un regreso a la abadía (que visitó por primera vez a instancias de Gerardo Diego a finales de los sesenta) y de una larga conversación con el abad, Clemente Serna, Cristino de Vera vuelve a Madrid, a su estudio cerrado con aires de celda monacal, como nos cuenta Juan Manuel Bonet, y dibuja las plumillas sobre papel que conforman su muestra en Santo Domingo, abierta hasta mediados de diciembre de este año. Esos dibujos son nuevos y, como no podía ser de otra manera, idénticos a otros de los suyos. No cabe imaginar cosa distinta en alguien que vive en su particular morada, propia y diferente, como corresponde a un pintor con per- CRISTINO DE VERA EN SILOS ÁLVARO VALVERDE Escritor sonalidad, dueño de una visión parcial, con una trayectoria rica y larga a las espaldas. Podemos ver el resultado, además de en las paredes del convento, en el sobrio catálogo, acorde con el espíritu de esta pintura, editado para la ocasión por el Museo Reina Sofía en colaboración con distintas entidades privadas. Allí, de nuevo, como decía, sus atmósferas cargadas de ese meollo de luminosidad sorda que emerge de la insondable profundidad del lienzo (aquí, papel) como algo sobrenatural en palabras de Calvo Serraller. Allí, su luz ofrecida Sus vanitas, recordatorio oportuno y siempre necesario de nuestra efímera condición mortal. Allí, las cruces (cristos y crucifixiones) y las tazas, que son cálices. Las lecturas de San Juan de la Cruz, tan apropiadas para el lugar elegido y para un pintor de aliento místico y poético como Vera. La geometría. Unos dibujos, eso sí, que nadie se llame a engaño, que dialogan no sólo con la tradición de Zurbarán (su hermano espiritual según Bonet) y de los clásicos, valga la simplificación, sino que también lo hace con otro clasicismo, el de la modernidad. Y ahí, Rothko, Pollock, Malévich, Klee... Al fondo, otros pintores de su estirpe: Morandi, Luis Fernández. Son especialmente lúcidas, en todos los sentidos, las prosas del pintor que acompañan, junto a citas muy oportunas de diversa procedencia (Weil, Van Gogh, fray Luis) las reproducciones. Dan cuenta de la vida de un hombre empeñado en profundizar en su tarea. No tienen como misión explicar nada, y menos aún lo que se ve. Van más allá: trazan el sinuoso camino de la creación. Los que no le conocemos, esto es, los que le vislumbramos por las contadas noticias de la prensa y por lo que nos cuentan los críticos y los periodistas, no muchos, adivinamos en Cristino a un ser frágil, dubitativo, emboscado, que vive por y para su obra, un punto atormentado incluso. Algo de sí mismo ha dejado entrever en su texto Autobiografías (elocuente ese plural) del que por suerte algo se recoge en el catálogo. Se define como hombre de contrarios: luz y sombra, vida y muerte, alegría y melancolía; con conciencia temprana de su vocación; deseoso de lograr obras calientes, con fuerza y expresividad; sabedor de que la pintura es una manifestación de la vida que reconoce, en fin, que ha pintado para eliminar la oscuridad del miedo como le confesó a Juan Cruz. Nada mejor para terminar que dejarle la palabra: Quisiera en mi trabajo que todo tuviera un aire poéticamente remansado, que pareciese que lo fugaz es detenido, que huyese la angustia, y el silencio de paz lo envolviese todo, que la misma muerte fuera clara y diáfana como una melodía silente donde todo fuese armónico Cristino de Vera, ya ven, un místico, pero de nuestro tiempo. C UANDO se hiere la luz de las tinieblas y la noche sosegada no es noche misteriosa, de amor, sino madrugada extraña, siniestra, conmovida por el dardo de la flecha al viento, de la puñalada cruel, de la víbora inerte que confluyendo en un charco espeso, sordo, de sangre, vacía cabezas, destornilla miembros, salta hecha pedazos, masa informe que, por extraña ante si misma, ya ni pesa. Ni pesa pero guarda todo el sabor de la poesía por excelencia, trenzada de lirismo y soledad, fructífera en cada línea, en cada verso, en la estrofa, en todo el poema. Así son los versos de Juan Carlos Rodríguez Búrdalo en su último libro: Cartografías Mapas del alma dolorida ante una noche larga y llena de desamparo. Sólo sé que me hundo más en mí, y le suplico prisas al alba en esta primera parte del poemario dedicada a la noche, con su coro de sombras: Miras la noche en su perfil cegada sus anclajes de sombra en el silencio Y siempre como referente único la noche, poblada de todo y de nada pues en la nada sobrevive y de la nada se alimenta: Las sábanas parecen de ceniza Y (la noche) le pone tiempo al color del silencio Y hará del sueño un rostro cegado Mas ni con la llegada del alba se aquieta o mitiga este sufrimiento, y así ante la pregunta viscosa de la noche se alza la respuesta impotente del alba Y el olvido puede llegar a ser piadoso mientras llueve sobre el mundo Y frente al llanto sin voz de las ciudades se sabe la criatura más pequeña El mundo poético de Rodríguez Búrdalo, a pesar de su negación de la noche como paraíso, va, luego de estos poemas, ensanchándose paulatinamente CARTOGRAFÍAS LOLA SANTIAGO Escritora con la llegada de la luz que trae la mañana, o simplemente haciendo que brote vida de su misma negación del vivir, para pasar a ser toda ella poesía honda, llena de ritmos y vibraciones en su mismo desgarro, pasando por ese poema casi místico que es el poema 13, Nada es aquí de nadie que nos recuerda con la angustia sartriana- -profunda vena que recorre el poemario, dentro de una voz singularísima- -a nuestros grandes poetas existenciales, como Gabriel Celaya o Blas de Otero. Pero hasta esa noche amarga se supera y se habla de ella en pasado: fue la noche... y, por tanto, hoy somos otros como son otras las alondras, otras las voces, el pinar otro Y el poeta se afirma más y más aun cuando la noche, a veces, siga siendo palabra de ceniza para romperla y crear un nuevo espacio donde vivir, donde la existencia sea algo más que una noche oscura y negra. Por eso, a pesar de todo, clama en unos versos que rompen todos los cristales de la madrugada e incluso del alba: pero es mía la huella de la lluvia, el trono de los ecos en esa película muda que fue su pasado, ahora ya remontado y amable y, a pesar de todo, se da por satisfecho porque le queda la pedrea del premio que un día fue tener la primavera. Y así llegamos a la segunda parte del libro, que es una reflexión sobre la muerte. La muerte propia, que algún día habrá de alcanzarle, y la muerte de los amigos y familiares que se han ido quedando por el camino, marcando los senderos del poeta de espinas y de una insondable melancolía, traducida en poemas elegíacos de una indescriptible belleza y hondura poética, como el que dedica a un amigo ya muerto, mientras pasea por una avenida de tilos en Montjuich, con versos precisos y desgarradores, expresado en ese último (verso) final y corona de ese exilio íntimo, nostálgico y triste, en que nos van dejando los seres caídos en la lucha por la vida, seres que amamos y que un día desaparecen para llenarnos de dolor el alma en su cartografía ambulante, rosario de recuerdos fijados contra el cristal de la memoria para no volver nunca más. Orfandad de minutos, de años, llevados como hojas por el viento frío del invierno. Se puede decir de muchas maneras, pero el poeta lo expresa de forma concisa y exacta, sin un adorno que alivie la pena de la pérdida: Hoy he vuelto a Montjuich. Y he vuelto solo La muerte propia la enfoca Rodríguez Búrdalo, desde todos los puntos que nos hacen morir un poco. La pérdida de la inocencia: Ocurre que nos matan la inocencia. Nos ciegan la ternu- ra. Simplemente O el soñar y el paso del tiempo: los sueños mutilados, hundidos en el cieno amargo de la luz perdida... O la soledad que dejaron esculpida en el alma los familiares desaparecidos y, sangrando el corazón por ellos, en un dos de noviembre, día de los difuntos, alejado incluso del lugar donde nació, apátrida de su misma historia y de sus muertos, vestido con un abrigo color de soledad se nos muestra entrando en la morada solitaria: y sientes que la casa es infinita, ahora que sus muros son de niebla mirando viejos retratos de seres que amó y que ya no volverán, mas estarán trenzados para siempre en su memoria: y sabes necesario arderte dentro, besar nombres de bronce en la memoria blindar el corazón para otro tramo Mirando siempre a las estrellas: reclinas el dolor en su alta bóveda lejos hoy del lugar donde naciste Y así sigue el poeta su andadura solitaria entre versos llenos de soledumbre que iluminan su universo poético: si escribo soledad me nombro todo Para volver en un poema dividido en cinco magníficas partes a otra elegía a un poeta y amigo: Miguel, que se fue pero que no está muerto del todo porque vive en su recuerdo y en sus versos. Un tiempo que fue tuyo aquí dormido Y, de nuevo, la esperanza en medio del desasosiego final: Cuando vuelvan las tórtolas de mayo, un puñado de polvo se hará rosa Y, con ella, la fe en esta vibrante resurrección personal y lírica: En la belleza seguirás viviendo: en el dócil fulgor de las palabras Como este poemario. Como Juan Carlos Rodríguez Búrdalo y sus mapas que miran, desnudos de clara certidumbre, hacia dentro.