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ABC MARTES 19 11 2002 Espectáculos 61 SAN CONNERY, O ASEADO BROSNAN E. RODRÍGUEZ MARCHANTE Pierce Brosnan y su esposa, Keely Shaye- Smith, posan con Madonna y su marido, Guy Richie, a su llegada al estreno de Die Another Day fortunadamente, a James Bond sólo lo hemos de soportar en la pantalla, porque, fuera de ella, en la vida real, no sería más que un tipo lleno de manías y estupideces... un plasta pretencioso al que le acaban de dar una Visa Oro a cargo de su empresa y se dedica a engatusar fulanillas con frases de camiseta y teorías insostenibles, tales como que el dry martini no hay que agitarlo ¿qué sabra él? o que no hay que fiarse de los que usan el nudo Windsor de corbata o fuman tabaco de Virginia. O sea, James Bond sólo sería otro tonto más si el personaje no hubiera tenido la fortuna o la intuición de caer dentro del corpachón de Sean Connery... Es decir, tragamos con Bond porque venía con la tarjeta de Connery. Luego, con el tiempo, ocurrió justo lo contrario: que no tragábamos con el primero que viniera con la tarjeta de Bond. Veinte películas después, Sean Connery se ha convertido en lo que los columnistas con imaginación denominan un referente y tras él se han ido sucediendo Bonds del mismo modo y con la misma vocación que en la presiden- A cia de algunas de esas empresas que han recorrido ese espinoso camino que va desde el monopolio hasta la privatización. Ahora, el hombre que contiene a James Bond es Pierce Brosnan, un actor británico (tal y como Dios manda) más en la línea ética y estética de Roger Moore que en la de Sean Connery. La diferencia fundamental entre estas dos, digamos, escuelas se podría visualizar del siguiente y tenístico modo: Sean Connery siempre está al servicio mientras que Roger Moore permanece impávido al resto. Pues eso, Pierce Brosnan resta elegantemente, tiene sarcasmo en la punta de la lengua y rijo en los ojillos... aunque, con franqueza, no da la impresión de ganar en los casinos y trinca la copa de cóctel con los dedos de fogueo, sin la metralla de quien sabe lo que es alojarse dentro una buena bala de plata En esta veintena de películas, el personaje de James Bond ha tenido que cambiar de guerra, de enemigos, de amigos, de amantes, de ciertas filosofías y costumbres, y hasta de milenio... como un funcionario más: M es una mujer, las chicas Bond tienen (también) voz y voto, los villanos son elegidos con lupa y diplomacia dentro del nuevo orden mundial y el propio James Bond, aunque se le permitan unos granos de pícara pimienta sin moler, ya no puede ser ese chulazo que acosa sexualmente a todo lo que pese más de cuarenta kilos... Una mezcla de héroe y de yerno modelo... Y, en fin, Pierce Brosnan es lo que hay.