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62 Espectáculos VIERNES 25 10 2002 ABC CRÍTICA DE ROCK Luna Concierto de Luna y Elk City. Lugar: Arena (Madrid) Fecha: 22- X- 02 CRÍTICA DE TEATRO MUSICAL La ópera de cuatro cuartos Libreto: Bertolt Brecht. Música: Kurt Weill. Traducción y adaptación del libreto: Pablo Ley. Traducción y adaptación de las canciones: Josep Galindo. Dirección escénica: Calixto Bieito. Dirección musical: Lluís Vidal. Orquesta de Cámara Teatre Lliure. Coreografía: Mar Gómez. Escenografía: Josep Simón, Manolo Zuriaga y Calixto Bieito. Vestuario: Mercè Paloma. Iluminación: Xavier Clot. Intérpretes: Carles Canut, Carme Sansa, Roser Camí, Boris Ruiz, Mingo Ràfols, Lidia Pujol, Cecilia Rosetto, Chantal Aimée y Santi Pons, entre otros. Lugar: Teatro de la Zarzuela. Madrid. Festival de Otoño 2002. Estreno: 24 de octubre de 2002. EL RESPIRO DE LAS GUITARRAS JESÚS LILLO C uando en 1991 Dean Wareham disolvió Galaxie 500 para formar Luna, al rock clásico le llovían palos por todos lados: Primal Scream lo envenaba de éxtasis con Screamadelica y Nirvana lo enrarecía con Nevermind Luna se apartó entonces del mundanal ruido para refugiarse en las melodías, los estribillos y los juegos malabares- -y educados- -de las guitarras. El pasado martes, la banda actualizó en Madrid un discurso que en diez años no ha sufrido contaminaciones. Secundado por unos espléndidos Elk City, el cuarteto neoyorquino cumplió el trámite de presentar su nuevo álbum y bordar a máquina clásicos como Chinatown Tiger Lily o California Lo hicieron con una precisión implacable, forzada por una gira asfixiante de 19 conciertos en 22 días. Luna, sin embargo, respira por las guitarras y cobra vida cuando se salta el guión. Wareham y Eden saben derritir al público con nanas cuya versión discográfica es inmejorable, pero en vivo rompen el molde: irrumpe- Smile -el vendaval fluido y armónico de un grupo que en estudio se hace brisa, revienta- 23 minutes in Brussels -el magisterio añejo y la clase de dos enormes constructores de sueños libertinos e instrumentales. La ópera de cuatro cuartos se puede ver en el Teatro de la Zarzuela tas, mendigos y policías corruptos que componen la nómina de esta Ópera de cuatro cuartos convertida merced a un birlibirloque de sutil mala uva en una suerte de Ópera del todo a cien en la que la música del azar sigue los raíles establecidos por quien tiene poder para establecerlos. Y si Brecht, con la ayuda de la maravillosa música de Kurt Weill, utilizó como punto de partida The Beggar s Opera de John Gay para construir su formidable alegato satírico contra el enrarecido clima social de la República de Weimar, Bieito, por medio de la versión de Pablo Levy, nos coloca ante los ojos a una sociedad obsesionada por el triunfo rápido y la acumulación consumista, que cristaliza en esa catarata de muñecas chochonas, peluches y electrodomésticos de la tómbola que anegan el escenario en la escena final. Y así, Mackie Navaja, el arribista que ha tenido la osadía de casarse en secreto con la hija de Peachum, el rey de los mendigos, no vendría a ser a la postre sino- como muchos de los personajes del cineasta Sam Peckinpah- una víctima de la velocidad de los tiempos, un damnificado por un sistema vertiginosamente cambiante que le pasa por encima; él lo comenta antes de que la silla eléctrica lo convierta en churrasco de asesino: ¿Qué es una ganzúa frente a un acción bursátil, y qué el atraco a un banco frente a la creación de un banco? La corrosiva versión de Levy está ABC LA MÚSICA DEL AZAR IGNACIO GARCÍA GARZÓN H CRÍTICA DE TRIP- SOUL Morcheeba ay que alabar a Calixto Bieito su infatigable condición de agitador cultural, su obstinación de creador empeñado en romper la placidez de las aguas estancadas en el conformismo y la rutina con la piedra de sus propuestas audaces, tantas veces fascinantes y siempre polémicas porque están vivas y en actitud de desafío, nunca gratuitamente. No asombra, por tanto, que, a la hora de enfrentarse a una de las más atractivas, ricas y palpitantes obras teatrales del siglo XX, lo haga otra vez desde interesantes perspectivas innovadoras; no vamos a decir transgresoras, porque la pieza de Bertolt Brecht es, desde su estreno en 1928, una bomba con suficiente potencia como para que le resulte superfluo cualquier aliño de estrépitos suplementarios. Ya Jorge Luis Borges nos ilustró sobre los mecanismos del azar describiendo el funcionamiento de la lotería secreta de Babilonia, repartidora de desgracias. Bieito lleva la tómbola del mundo al escenario y hace que ante ella desfile la galería de criminales, pu- truculentamente erizada de procacidades, como corresponde al lenguaje de hampones, macarras y criaturas de lupanar, y también actualiza muchos de los componentes argumentales brechtianos, de tal manera que los mendigos de Peachum no amenazan el banquete de la coronación sino la boda de un príncipe. Por lo demás, dentro de estas libertades, la acción se ajusta al desarrollo establecido por Brecht. Bieito, a partir de unos patrones estéticos feístas, de desmadrada tómbola de feria, realiza un brillante e imaginativo ejercicio de dirección, aunque la acumulación y la repetición continua de los chirriantes efectos termina por fatigar. La Orquesta de Cámara Teatre Lliure sonó muy bien entonada, potente y sugeridora bajo la batuta de Lluís Vidal. En lo vocal, la Jenny de Cecilia Rosetto destaca en un friso de actores que cantan y que se ajustan perfectamente a la piel de sus personajes, del Mackie que Boris Ruiz convierte en maqueado macarra al Brown de Mingo Ràfols, que se mira una miaja en el Torrente de Santiago Segura, pasando por la estupenda Chantal Aimée como vocera del tinglado tombolero o el Peachum caribeño de Carles Canut, por citar unos cuantos nombres de equilibrado reparto. El público que aguantó hasta el final del espectáculo- en el entreacto, las deserciones diezmaron el patio de butacas- obligó con sus calurosos aplausos a que el elenco tuviera que salir a saludar varias veces. EL TRIP- HOP DE ETIQUETA MARTA LATORRE CRÍTICA DE TEATRO Casa con dos puertas... E l trío formado por los hermanos Paul y Ross Godfrey y la vocalista Skye Edwards exhibió su sofisticado trip- soul electrónico en la sala Riviera. La etiqueta de ser los artífices de la música más elegante del universo pop anglosajón nace alrededor de la figura de su sensual cantante, una voz de porcelana que obvia alardes innecesarios. En esta ocasión se trataba de presentar su flamante álbum Charango con el que han dado la vuelta a las directrices del movimiento Tropicalia de Gil, Veloso y Costa en los años sesenta. El resultado es una especie de terapia musical de ritmos envolventes y soterrados que no pierde su sensibilidad pop y con el aliño de efervescentes píldoras de psicodelia. Autor: Pedro Calderón de la Barca. Adaptación: Adolfo Marsillach. Intérpretes: María José Goyanes, Juan Carlos Naya, Alfredo Alba, Marisa Segovia, etc. Dirección: Alfonso Zurro. Centro Cultural de la Villa, Madrid. MARSILLACH, CLÁSICO PEDRO MANUEL VÍLLORA a colaboración entre el productor Juanjo Seoane y el adaptador- en este caso- Adolfo Marsillach ha dejado para la historia reciente de nuestro teatro una estimable versión de Las mujeres sabias y un trabajo de la mayor importancia que es ¿Quién teme a Virginia Woolf? De ahí la lógica de que el siempre atento Seoane dedicase este estreno a quien, L además, es el principal responsable de las más interesantes lecturas de nuestros clásicos en las últimas décadas. Nunca pudo Marsillach escenificar esta comedia de Calderón en un teatro público, y la decisión de abordarla desde una empresa privada dice mucho de su confianza en las posibilidades de este texto escrito en 1629 por un joven que- como le gusta recordar a un autor de hoy, José Ramón Fernández- todavía no había cumplido los treinta años. Marsillach ha trabajado esta comedia juvenil y jovial con un cuidado ejemplar. La ha despojado de hojarasca y retóricas, ha centrado la acción sin desviarse del enredo amoroso, y ha reescrito algunos parlamentos sin que en ningún momento destaque qué fragmento corresponde a su ingenio y qué a Calderón. Todo se desarrolla con limpieza encomiable y modélica. E igualmente acertada es la decisión de Alfonso Zurro de no dejarse influir por el magisterio del director Marsillach. En al- gún momento habrá que reconocer a Marsillach la apertura de caminos para desarrollar y aceptar las propuestas de los más jóvenes, como Calixto Bieito o Laila Ripoll, pero en este caso ha hecho bien Zurro al no convertir su homenaje en mímesis y permanecer fiel a su propio estilo. Así, nuevamente destaca el talento de Zurro para la caracterización de los personajes secundarios y cómicos, así como su comodidad dentro del género de la farsa, que aplica aquí a las últimas escenas. No están los inventos escénicos de Marsillach, pero sí una corrección que responde perfectamente a las convenciones asumidas. Juan Carlos Naya destaca por su precisa dicción y la proyección de su voz, aunque quepa pedirle algún matiz más en su galán. Alfredo Alba ofrece una comicidad bronca y muy viril. María José Goyanes es el paradigma de la eficacia, mientras que Marisa Segovia posee el no pequeño encanto de recordar en ocasiones a Ava Gardner.