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ABC DOMINGO 18 8 2002 Tribuna 53 ESPUÉS de muchos años de lecturas, de encuentros y desencuentros con la poesía y los poetas, uno ha llegado a la conclusión, no sé si fatalista, de que cada obra nos alcanza cuando debe o quiere y que es inútil forzar esa delicada relación entre el lector y el libro. Quiero decir que a veces ese encuentro es directo y a la primera, pero que no siempre sucede. Me atrevería a decir, siguiendo a Eliot, que casi nunca. Y que esa es una buena señal, acaso. Entonces los poemas de alguien no nos parecen dignos de ser frecuentados (no hay poesía sin relectura) y el nombre de ese autor pasa, sin más, al nutrido catálogo de los poetas leídos y no del menos numeroso de los que hemos elegido como autores de cabecera o maestros. El verano es una estación proclive como pocas a la lectura. Usamos la coartada del tiempo, o de su falta, para justificar la compulsiva ingesta de letra impresa que nos permite actualizar algo que, en rigor, es inabarcable. Con todo, las horas dan más de sí que el resto del año y ese espejismo de dar buena cuenta de las lecturas atrasadas tranquiliza y contenta no poco al ávido lector. Entre ese botín de libros que todo veraneante lleva consigo, incluía yo un grueso volumen que había llegado a casa como quien dice fuera de temporada, a primeros de julio, y que bajo el título Reducción del infinito firmaba Ida Vitale. Que la editorial sea Tusquets y la colección Nuevos Textos Sagrados, que con tanto acierto dirige Toni Marí, es, qué duda cabe, una garantía. Lo dice alguien, es verdad, que publica desde hace años sus libros de poesía ahí; el mismo, por otra parte, que conoce, como cualquier lector de poe- D LA POESÍA DE IDA VITALE ÁLVARO VALVERDE Escritor Tomar sin entusiasmo un libro y que de pronto se nos manifieste como único y necesario, es una experiencia sin igual que nos justifica como frecuentadores de versos sía en lengua española, el prestigio labrado, libro a libro (y no premio a premio) por la mencionada colección. Con todo, no siempre se produce la necesaria empatía y títulos hay en su escogido catálogo (los menos) que no son textos de mi devoción. Por otro lado, Ida Vitale era un nombre que le sonaba a uno. En efecto, fui a la estantería y tomé una antología de la imprescindible poesía hispanoamericana que he frecuentado mucho, la de Cobo Borda, y allí estaba incluida la poeta uruguaya. Faltaba, vuelvo al principio, que se dieran las fatales condiciones del encuentro. No se me había revelado aún esta poesía ni había tenido con ella mi propio camino de Damasco. Eso sucedió una tórrida tarde de agosto en El Molino y confieso que desde entonces Ida Vitale ha pasado a formar parte de la selecta sección de mi biblioteca cuyos estantes ocupan mis autores dilectos. No niego que me apasionan estos descubrimientos. Tomar sin entusiasmo, con desgana incluso, un libro y que de pronto, desde los primeros versos, se nos manifieste como único y necesario, es una experiencia sin igual que nos justifica como frecuentadores de versos, tanto propios como, sobre todo, ajenos. En mi descarga (no debo ser el avezado lector de poesía que creía que era) diré que, sin conocer al detalle toda la obra de Vitale, como acabo de explicar, lo mejor, tal vez, esté en este libro. Reducción al infinito empieza con el poemario completo de título homónimo y continúa, de atrás hacia delante, con una selección de poemas de los otros libros de poesía que ha publicado, desde 1998 hasta 1953. Si, para colmo, como es el caso, hablamos de una poesía que exige el esfuerzo del lector (uno está aburrido de esa poesía para tontos que nos hace más tontos todavía, tan de moda estos últimos años) de una poesía que destella inteligencia por todos sus poros; que demuestra una maestría técnica digna de quien conoce a fondo todas las tradiciones de la lírica; que, en fin, nos complica la vida (porque la existencia es compleja) miel sobre hojuelas. No estoy del todo de acuerdo, por reduccionista y parcial, con ese comentario de la solapa donde se emparenta esta poética con la de Mallarmé. Va, por suerte, mucho más allá. No es sólo hermética, en el peor sentido del término, aunque no desdeñe esa corriente central de la poesía moderna. Ida Vitale es, eso sí, una autora de la estirpe de los poetas transparentes y profundos, conceptuales y cautivantes como atinadamente se recalca en la misma presentación. Buena prueba de ello, de esa fácil dificultad a que aluden los editores, son poemas nítidos y memorables como Árboles, La gloria de Filitis, Abuela o No llores vanamente tu fortuna. Este poema, dedicado a Cavafis (el título es un verso del poeta de Alejandría) termina así: eres el derrotado, el triste, el solo -no importa de qué tribu- que trueca el duelo en canto Alta misión de la gran poesía. Como, afirmo convencido, lo es la de ambos. Pocas veces ha sentido uno tan intensamente que es por cosas como ésta por las que merece la pena escribir artículos en los periódicos. Por transmitir a hipotéticos lectores nuestras pasiones lectoras. Por si alguno de ellos tuviera a bien querer aventurarse por las mismas páginas que a nosotros nos deslumbraron. Para siempre. E L 16 de septiembre de 1977 María Callas fallecía en París. Su muerte, su arte, su vida, la transformaban en un mito. María la revolucionaria, María la mujer, María la actriz, María la cantante sublime. Todo intérprete en el más amplio sentido de la palabra, todo artista sensible, no puede dejar de sorprenderse, de emocionarse la primera vez que le muestran a la Callas en acción, envasada en esos documentos visuales y sonoros que con el paso de los años se han convertido en auténticos tesoros. Transmutada, transfigurada, trasladada a ámbitos emotivos que van más allá del escenario que ocupaba su belleza, la Callas convertía cada gesto, cada aporte de su expresión corporal en parte de la obra que estaba interpretando. Ella, como pocas, supo brindarle a una partitura la dimensión dramática que necesita para devolverla a la vida, y en este proceso artístico e intelectual, cargado de talento extraordinario, se encierra la herencia que María Callas preparó para dejarle al mundo del arte. A pesar de que el mundo lleva veinticinco años girando sin ella, su legado continúa siendo un negocio rentable, transformado con el tiempo en objeto de cambio. Son muchos los productos VEINTICINCO AÑOS SIN MARÍA CALLAS PABLO MELÉNDEZ- HADDAD Periodista de la industria discográfica que han querido recuperar para las generaciones futuras la voz y la gestualidad de la Callas enarbolándolos como argumento de venta. Pero en este camino no todo ha estado bendecido por la veracidad, ya que investigadores especializados han descubierto falsificaciones de documentos sonoros con el fin de vender hipotéticos tesoros inéditos. En todo caso, y gracias a este lucrativo negocio, el mercado ha venido beneficiándose una y otra vez con remasterizaciones, ediciones inéditas, grabaciones nunca antes expuestas a la luz pública, libros que hablan de abortos, de hijos que nunca tuvo, de su relación con Aristoteles Onassis. Como artista, siendo la más grande y transformando absolutamente con sus maneras el escenario lírico internacional de manera definitiva, María Callas también llenó de glamour páginas y páginas en las que no sólo aparecieron sus éxitos artísticos o sus polémicas con los directores de los teatros más poderosos del mundo, sino también su divorcio, su armario, sus joyas, sus visones y su soledad. De revolucionaria la tachan, porque revolucionario fue su aporte al género operístico que se produjo gracias a un magnetismo raro en el gesto y en una vocalidad que sigue despertando pasiones y provocando reacciones. Intentar explicar este fenómeno artístico se hace imposible con el simple análisis de una voz discutible en cuanto a belleza y de una técnica elogiada pero que no pudo salvarla de una decadencia que llegó mucho más pronto de lo que suele considerarse como lo normal Su personalidad ex- traordinaria, su capacidad como músico, su empeño en la recuperación de estilos y de maneras abandonadas acabaron por transformar a la Callas en esa referencia que hasta el día de hoy inspira, que se transforma en modelo, que se imita, que se plagia. Todas las grandes del siglo XX han reconocido con nobleza que María Callas marcó un antes y un después no sólo en la tradición lírica interpretativa, sino en toda la historia de la ópera. Su temperamento arrebatador era el encargado de asimilar y devolver a la vida, con nuevos parámetros, cada obra musical que caía en sus manos, fascinando a los más grandes directores musicales y de escena que tuvieron la suerte de trabajar con ella. Para Callas los secretos de cada obra estaban en las palabras y en las notas; libreto y música eran la única guía que consideraba como válida en la búsqueda de la verdad como intérprete. Violetta, Lucia, Norma, Medea, Rosina, Carmen, Cio- Cio San, Leonora, Maddalena, Mimí, Manon, Dalila, Gilda, Adriana, Aida o Floria Tosca se convirtieron en parte de ella cuando las recreó, cuando las devolvió a la vida. Hoy, a un cuarto de siglo después de su muerte, María Callas sigue viviendo en todos estos personajes.