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ABC SÁBADO 8 6 2002 LA TERCERA VEINTICINCO A Real Academia de la Historia ha querido hacer una reflexión colectiva, y en voz alta, acerca del significado que reviste el hecho de haberse cumplido veinticinco años desde que se devolviera a España su legitimidad histórica, la Monarquía. Era oportuno e importante hacerlo, desde posiciones muy diversas, pues este cuarto de siglo, que ofrece un balance de resultados favorables, ha sido escenario de sucesos y decisiones que afectan a los españoles de la presente generación y, sin duda, a los que vendrán inmediatamente después. El tiempo transcurrido permite, desde la serenidad de un planteamiento histórico, llegar, ante todo a esta conclusión: todo cuanto ha acaecido, desde 1975, consecuencia de una incorporación de Don Juan Carlos a la vida española desde dos decenios anteriores, puede presentarse como modelo para ejercer una transición sin traumas, tratando de enterrar los odios que tan profundamente nos separaran. En el examen de las opiniones formuladas desde los más diversos sectores, el historiador de profesión encuentra esta coincidencia esencial. Y cuando ese mismo historiador es interrogado, desde fuera, por las razones que explican que esto haya podido ser así, no tiene más remedio que responder: en aquel tramo de la vida española, en que tantos vectores y dificultades confluían, no siendo el menor desafío la necesidad de contribuir a una Europa que reclamaba y reclama su unidad, España pudo contar con la Institución que llamamos Monarquía. Así pues, cuantos, desde sectores diversos y a veces enfrentados, trabajaron para hacer posible el restablecimiento de esa Institución, tienen hoy motivos para sentirse satisfechos. Y el hombre de la calle, especialmente aquél que se sentía inclinado a las reservas y a la desconfianza, mucho más. No creo que, por ello, deban olvidarse los problemas pendientes, algunos muy serios. Pero no cabe duda, especialmente si hacemos una síntesis de la trayectoria de Europa- -primera y principal obligación de los historiadores de estos días- -de que en estos veinticinco años se ha dado un salto de grandes proporciones para recobrar el papel que a España corresponde entre las naciones europeas. Tarea de servicio antes que otra cosa. A las generaciones inmediatas incumbe la responsabilidad de completar la empresa. El secreto está, sin duda, en la Institución. La Monarquía es una forma de Estado y no un simple régimen político, por lo que puede amparar y promover las diversas maneras de gobernar que corresponden a tiempos y necesidades cambiantes. Y se asocia estrechamente a la europeidad. Fuera de Europa encontramos sistemas que guardan con ella relaciones de semejanza, pero a los que AÑOS DESPUÉS no es voluntad del soberano, sino usos y costumbres heredadas como en un patrimonio y sujetas al orden moral que construye la libertad del hombre. La Monarquía, pues, desde la experiencia de un historiador, ha sido cauce por donde ha discurrido, a veces recorriendo tramos muy difíciles, el espíritu europeo de la libertad. Todos han tenido que entrar por ese cauce para conquistarla. Por otra parte, la sucesión forma parte esencial del sistema porque proporciona un criterio objetivo, establece la legitimidad de origen y permite separar las dos funciones que resultan imprescindibles en sí mismas: reinar y gobernar. Incluso aquellos países que han suprimido esta forma, conservan la separación entre ambas funciones. La primera es garantía de que las instituciones marchan por sus cauces debidos, mientras que la segunda consiste en una toma de decisión, responsable, en que se producen en buena lógica, aciertos y errores que siempre, desde la estabilidad que aquella legitimidad proporciona, se pueden rectificar. Hace ya siglos que España, Francia e Inglaterra descubrieron que en la función de reinar es preciso establecer dos tramos, aquél que corresponde al hecho de ceñir la corona, y aquel otro que implica prepararse para la sucesión. Pues reinar se define como un deber. España creó con el Principado de Asturias- -luego Gerona y Viana- -este segundo tramo. Príncipe y rey, en el recíproco e íntimo afecto, comparten obligaciones, especialmente aquéllas que consisten en prepararse teórica y prácticamente, para el desempeño de un oficio que, en sí, representa suma de dificultades. Legitimidad de origen, pues, para hacer viable la de ejercicio. No quisiera que mis palabras sonaran a alabanza, pero tengo el deber inexcusable de recordar cómo nuestro Rey actual ha dado profundas lecciones: primero preparándose cuidadosamente para un futuro de aristas difíciles, descubriendo por sí mismo muchos de los resortes de la vida española; después completando su existencia con la de una Reina que ha sabido ganarse amplios afectos. Por eso ha sido posible la convivencia entre sectores políticos muy diferentes. Las querellas internas se encontraron en estos veinticinco años sujetas a sordina. La empresa no ha terminado. Superada la primera etapa, los jóvenes de las nuevas generaciones tienen que prepararse para escribir esa nueva página para el volumen grueso de la futura europeidad. Muchos odios tienen que ser enterrados en lo más profundo. Se necesita de un gran valor moral para encararse con el futuro. L La Monarquía es una forma de Estado y no un simple régimen político, por lo que puede amparar y promover las diversas maneras de gobernar que corresponden a tiempos y necesidades cambiantes. Y se asocia estrechamente a la europeidad faltan dimensiones esenciales para que puedan considerarse verdaderas Monarquías. Pues éstas no consisten en la defensa de una sucesión hereditaria- -aunque ésta aporte, ciertamente, uno de sus elementos esenciales- -sino en ese pactismo, que se desarrolló primero en Cataluña e Inglaterra, extendiéndose luego a todas aquellas comunidades que contaban con Asambleas representativas, nacidas ciertamente en León en el siglo XII, el cual nos ayuda a comprender cómo rey y reino son dos polos para el diálogo y el entendimiento. En medio, y para presidir ese diálogo, está la ley, que LUIS SUÁREZ FERNÁNDEZ de la Real Academia de la Historia