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ABC MIÉRCOLES 15 5 2002 Espectáculos 105 ÓPERA LADY MACBETH DE FLAMENCO El Liceo se reconcilia con Shostakovich Lady Macbeth del distrito de (Leningrado, 1934) ópera en cuatro actos con libreto de A. Preis y música de D. Shostakovich. O. S. del Liceo. Dir. A. Annisimov. Coro del Liceo. Dir. W. Spaulding. Cor de Cambra del Palau de la Música Catalana. Dir. J. Casas. Dir. esc. S. Winge. Esc. B. Dugardyn. Vest. J. Jara. Ilum. D. Cunningham. Liceo, 13 de mayo. PABLO MELÉNDEZ- HADDAD Enrique Morente alcanza la cúspide de su cante creador X Festival Flamenco Caja Madrid, Cartel I. Título: La Voz Creadora. Cante: Enrique Morente. Guitarras: Manolito Parrilla y Paquete. Percusión, palmas y coros: El Negri y El Bandolero. Lugar: Teatro Albéniz. Fecha: 14 de mayo. MANUEL RÍOS RUIZ Estrenar un título tan significativo dentro de la producción operística del siglo XX como Lady Macbeth del distrito de se convirtió para el Liceo en la superación de asignatura pendiente El aprobado con nota se dedujo no sólo del aplauso generoso del público ante una propuesta escénica convincente, sino también porque detrás de ese montaje se pagaba una deuda pendiente tanto con los liceístas como con Dmitri Shostakovich, un compositor que, a pesar de su escasa producción musical para el teatro, es fundamental en la historia contemporánea de la ópera. El montaje de Stein Winge, descarnado, realista y falto de ambiciones dramatúrgicas excesivamente trascendentales, fue directo al grano y planteó con humanidad, imaginación y crudeza la lectura de la obra dejando a los personajes desnudos ante su drama y frágiles al no tener mascaradas nerviosas a las que cogerse cuando falta ese discurso renovador que pretende perdonarle la vida al género, tan de moda por estos días. Winge, en todo caso, optó por una traslación temporal en principio sana, pero que no atenta contra la sociedad zarista y burguesa, sino contra la soviética y revolucionaria, un detalle que se aleja de las intenciones de los creadores de la obra: en la Un momento de la ópera Rusa soviética no hay espacio para personajes que gozan de propiedad privada y de esclavos. Pero el discurso entra bien, duro como una roca, y patea las entrañas fijando el foco en detalles como unos pies de uñas pintadas, unos calzoncillos ajustados o unas sábanas eternas. La escenografía única de Benoît Dugardyn ayuda a esa narración valiéndose de imágenes como esa cama casi omnipresente que no tiene otra lectura que la de una pasión de entrepierna. Alexander Annissimov, desde el podio, creó con poesía, nervio y tensión dramática las atmósferas necesarias sin necesidad de amaneramientos ostentosos ante una Simfònica liceísta inspirada y atenta, siguió a los solistas con dedicación y controló con talento a un espléndido Coro del Liceo que apareció con una dicción rusa claramente inteligible, felizmente reforzado por el Coro del Palau de la Música Catalana. El ri- Antoni Bofill gor teatral apoyado espléndidamente desde el foso, también encontró una réplica eficaz en un reparto de actores consumados que cantaron con total entrega. Nadine Secunde se dejó la piel en el escenario, llegó con facilidad a los agudos y luchó con inteligencia contra su vibrato excesivo. Christopher Ventris sedujo gracias a su instinto teatral y a su canto siempre entregado, mientras que el viejo borracho de Graham Clark descolló por su talento interpretativo. Francisco Vas combinó sus dotes dramáticas con un canto sano y bien proyectado, lo mismo que el impresionante Stanislav Shvets en sus dos papeles. Anatoli Kocherga dibujó a un Borís repugnante y convincente a pesar de esos agudos sordos y faltos de entonación. Mireille Capelle, Francisco Santiago, Maxim Mijailov, Juha Kotilainen, la abrasiva Nino Surguladze y el legendario Ievgeni Nesterenko completaron con talento el extenso reparto. Festimad en San Isidro: el rock madrileño saca músculo PABLO CARRERO MADRID. La alianza entre los responsables municipales encargados de animar las noches en las fiestas patronales y la organización del Festival Independiente de Madrid, Festimad, dio como feliz resultado el pasado lunes una rotunda noche de rock en la que se dieron cita tres de las bandas más representativas del género en nuestra ciudad. Con una modesta asistencia por parte del público, que apenas cubría medio aforo de la sala Divino Aqualung, Superskunk, La Vaca Azul y Sex Museum, ofrecieron una demostración de poderío y contundencia, con sendas solidísimas y calurosas actuaciones. Los primeros en salir a escena fueron Superskunk, una banda que suple su escasa imaginación en la construcción de su repertorio algo que, dicho sea de paso- sucede con la inmensa mayoría de las bandas de hip hop, a base de entrega y entusiasmo y que, en cualquier caso, resulta absolutamente contundente. Apoyados en un sonido más que decente, el cuarteto logró conectar con un público al que, todavía a esas horas y en pleno síndrome de lunes, le costó calentar motores. Superskunk cumplieron, desde luego, llegando a provocar un coreográfico bailecillo entre el público que se paseó peligrosamente entre lo divertido y lo ridículo... en fin, todo sea por la fiesta. A continuación salieron La Vaca Azul, un grupo que lleva un montón de años de insistente pelea sin que las cosas acaben de cuajar. Potentes y afilados, La Vaca Azul ofrecieron un concierto absolutamente rotundo, con un magnífico sonido cimenta- do en la espléndida guitarra del carismático Jairo y el órgano Hammond de Txarras, apoyados, naturalmente en la arrolladora base rítmica. Perfectamente ensamblados, con momentos musicalmente más que afortunados, La Vaca Azul tendrían la oportunidad de acceder al trono del rock madrileño abandonado por los Enemigos con tal de que sus canciones fueran algo más consistentes desde el punto de vista meramente compositivo. Cerraron la noche Sex Museum, todo un clásico del rock madrileño, que ha virado desde el rock de garaje más sencillo y mimético de sus comienzos hacia un concepto de global mucho más amplio, en el que caben la psicodelia, el punk- rock, el hard- rock de los setenta o incluso el rock progresivo. Su actuación fue de las mejores que han ofrecido en los últimos tiempos, dando la sensación de que estaban más a gusto que nunca, y repasando un repertorio amplio y variado, si bien es cierto que por momentos resultaban algo atosigantes. Allá en los primeros años setenta, bautizamos una serie de actuaciones de Enrique Morente con Manolo Sanlúcar con el título de Flamenco Nueva Era Lo hicimos así porque ya por aquel entonces el cantaor granadino empezaba a cumplir su designio artístico, que no era otro que el que sigue siendo: crear sobre lo establecido en su arte, personalizar los estilos desde las siguiriyas a los tangos. Un quehacer gustoso, dicho juanramonianamente, que ha llevado a cabo con una voluntad férrea, mas también con una capacidad musical verdaderamente extraordinaria. Nadie como él ha afrontado, en los últimos tiempos, el reto de lograr la evolución del cante desde la legitimidad bien asumida. Y el resultado es que incluso influye en nuevas voces cantaoras. Lo cual es un signo indudable de su importancia en el cante flamenco de entre siglos. Y Enrique Morente, con un completísimo concierto, ha abierto la programación del X Festival Flamenco de Caja Madrid. Lo ha hecho en un momento de su trayectoria muy comprometido, en ese momento en el que el artista tiene que mantener el sitio de privilegio. En su caso, conseguido tras treinta y tantos años de profesionalidad. Y ha salvado el reto con brillantez suma. En la primera parte, Morente se templó acertadamente con la caña, un cante al que reverdece con sus entonaciones y melismas. Luego se ciñó al compás de las cantiñas con su singularidad y su juego de matices musicales. A continuación vinieron los aires fandangueros comarcales y las soleares con los peculiares cambios de ritmo que les sabe injertar. Cerró por siguiriyas, diciendo magistralmente la cabal, sobre el acompañamiento de la percusión que se unía a las guitarras. Con solamente este cante, el recital estaba más que justificado. En la segunda parte, Morente se lució de entrada con su versión cantaora del lorquiano Llanto Y a lo largo de toda ella fue mezclando letras antiguas y populares con versos de distintos poetas, mediante tangos, tientos y bulerías.