Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
18 NACIONAL SÁBADO 16- 2- 2002 ABC El constitucionalismo vasco uienes defendemos la Constitución en Euskadi, además de agradecer los apoyos que nos vienen del conjunto de España, no podemos dejar de expresar una tremenda preocupación. Todos dicen ocuparse de nosotros, pero en la práctica nos dejan abandonados. Todos claman por nuestra seguridad, pero seguimos desprotegidos. Todos son expertos y dan lecciones, pero casi nadie ofrece salidas. Por otra parte, y aunque estemos cargados de razones, abanderemos con admirable consecuencia la defensa de la libertad y la vida y recibamos todo tipo de solidaridades institucionales, intelectuales y sociales desde fuera de Euskadi, lo cierto es que los constitucionalistas vascos somos incapaces de cambiar el estado de cosas, de cambiar gobiernos y mayorías, de alterar la política del nacionalismo y del Gobierno Vasco. ¿No merece este fenómeno una seria reflexión? ¿No deberíamos preguntarnos todos dónde reside la debilidad de los constitucionalistas, si estamos o no acertando, si es o no necesario un replanteamiento de nuestra política? Sé que el hecho de plantear públicamente estos interrogantes conlleva el riesgo de ser duramente criticado; y más duramente aún, si la respuesta consiste en afirmar que hay que cambiar profundamente la forma de abordar, desde el constitucionalismo, la situación vasca, tanto dentro como fuera de Euskadi. Pero, como soy de esa opinión, no me queda otro remedio que desarrollarla, afrontando las críticas que a uno le puedan venir. UN VIEJO PROBLEMA. Ya los fueristas liberales decimonónicos advertían que, en el País Vasco, donde no madura la uva ni crece el olivo también el constitucionalismo era una planta débil. El encaje conflictivo de las particularidades vascas en un esquema constitucional es un problema viejo. Arranca ya de 1812 y persiste con todas las Constituciones españolas posteriores, bien fueran progresistas o moderadas, monárquicas o republicanas. Recordaré, sin afán de ser exhaustivo, que la Constitución progresista de 1837 necesitó la Ley Confirmatoria de Fueros de 1839; que la Constitución moderada de 1876 necesitó la Ley de Fueros del mismo año y el Concierto Económico; que la Constitución de la II República contó con la oposición del carlismo y del nacionalismo vasco; y que la Constitución de 1978 tuvo que incluir disposiciones derogatorias y adicionales específicamente referidas a las provincias vascas y Navarra y, pese a ser aprobada en referéndum, no obtuvo, como es sabido, la adhesión de una parte importante de la sociedad vasca. Tan viejo como este problema, es el hecho de que los mayores enemigos de la Constitución y sus más firmes defensores han convivido siempre en el País Vasco. Mientras Tomás de Zumalacárregui, ¡idealizado hoy por muchos! dirigía ejércitos enteros contra el Gobierno constitucional, su hermano, injustamente olvidado, Miguel de Zumalacárregui, diputado por Guipúzcoa, presidía el Congreso Q de los Diputados. El contraste se reproduce hoy en día. Junto al rechazo de muchos, convive el constitucionalismo más convencido de España y, sin duda, el más comprometido. Que nadie se engañe, pues. El constitucionalismo vasco sólo puede ser fuerte y expandirse, si reconoce y admite la realidad. Si reconoce que necesita mayor adhesión sentimental e implantación popular que hasta el momento. Si entiende, por tanto, que, para incrementar sus apoyos, tendrá que ser flexible y abierto y aceptar en su seno a quienes, sin haber votado la Constitución ni definirse a su favor por razones doctrinales, albergan convicciones democráticas y no tendrían, por tanto, mayores problemas en convivir en un marco constitucional. Admitir la realidad significa también aceptar que, hoy por hoy, es inviable conseguir la adhesión de la mayoría del nacionalismo vasco a la Constitución española, en el terreno de los sentimientos o los principios. Si algún día esta adhesión se produce, no será por razones abstractas, sino por intereses concretos, por el paso del tiempo y las generaciones y, de manera indirecta, por su adhesión a un determinado marco de autogobierno. UN PROBLEMA ESPAÑOL. Pero no quiero pasar por alto que una gran parte de nuestros problemas derivan de ciertos males heredados del propio constitucionalismo español, que empezó prometedoramente cuando, al aludir a la recién aprobada Constitución de 1812, el diputado Argüelles exclamaba: Españoles, ya tenéis patria Pero, desgraciadamente, pronto se vio lastrado por el impacto que le supuso la Guerra de la Independencia y la retórica nacionalista que arrastró, en detrimento de los valores progresistas y modernizadores. De ahí que, por ejemplo, la expresión unidad que originariamente hacía referencia a la extensión de los derechos y obligaciones constitucionales a todos los españoles, pasaría con el tiempo a identificarse simplemente con la unidad territorial hasta el punto de que nadie recuerda ya su significado inicial. No es difícil adivinar esa herencia en muchos de los comportamientos políticos actuales, incluso cuando se defienden conceptos en sí asumibles, como el del patriotismo constitucional aprobado por el PP en su último Congreso; sobre todo al comprobarse Tengo la sensación de que muchos constitucionalistas vascos son los únicos ciudadanos de Europa sin libertad, ni nación ni patria; los únicos europeos con un Gobierno que no les representa y con un Estado que es incapaz de garantizar su seguridad El constitucionalismo vasco sólo puede ser fuerte y expandirse, si reconoce que para incrementar sus apoyos tendrá que ser flexible y abierto y aceptar en su seno a quienes, sin haber votado la la Constitución, albergan convicciones democráticas en la realidad que tales conceptos reflejan más bien actitudes defensivas y reproches al adversario, sea de izquierdas o nacionalista, más en la línea de defender a toda costa la unidad territorial de España- -que, por otra parte, no está en peligro- que de ampliar el espacio de las libertades e igualdad entre los ciudadanos españoles. Estas actitudes lastran seriamente el constitucionalismo vasco, que sólo será fuerte a partir de una visión amplia y plural, a través de la búsqueda de puntos de encuentro (el pleno autogobierno, por ejemplo) y no del fomento del partidismo y la confrontación, excluyendo a quien no coincida con el Gobierno. Que es lo que ocurre cuando, por poner un ejemplo señalado, el actual Gobierno del PP confunde sectariamente determinadas discrepancias políticas que le enfrentan al Partido Socialista con la lucha contra ETA y el futuro del Pacto por las Libertades y contra el terrorismo. Esta política sectaria que se impulsa desde el poder, es una política que resta y no suma. Una política incapaz de lograr la alternativa al nacionalismo en Euskadi. Una política que no beneficia a la derecha y que perjudica seriamente a la izquierda. Y en esta situación, muchos podrían tener la sensación de preguntarse por qué están luchando; si merece o no la pena hacer frente a tanta adversidad, acosados como están por el terrorismo y, al mismo tiempo, desprotegidos por las instituciones y acusados por aquellos poderes que más tendrían que preocuparse por apoyarles. Yo tengo la sensación de que muchos constitucionalistas vascos son los únicos ciudadanos de Europa sin libertad, ni nación, ni patria; los únicos europeos con un Gobierno que no les representa y con un Estado que es incapaz de garantizar su seguridad. Aun así, seguiremos luchando. Sólo pedimos a cambio que se nos deje expresarnos y se nos escuche, aunque no guste lo que decimos, aunque discrepemos de la política del Gobierno, aunque pidamos un cambio profundo de mentalidad en lo que se refiere al problema vasco. Que se nos escuche a pesar de decir todo esto o, precisamente, por decir todo esto. En cualquier caso, si estamos en primera línea en defensa de las libertades, qué menos que pedir que se respete nuestra libertad de expresión. EL PROBLEMA Y LA SOLUCIÓN. Yo la utilizaré para defender que hay que cambiar una visión política equivocada. Tal vez no estaría de más acogerse a precedentes válidos que se han venido dando en la historia de nuestras problemáticas relaciones con el Estado a partir del siglo XIX. Tal vez sería necesario acogerse a aquella fórmula que aconsejaba el diputado guipuzcoano, Duque de Mandas, a Cánovas del Castillo: convertir el problema en solución; hacer de la singularidad y del particularismo algo que una, en lugar de algo que separa. Porque es posible convertir las aspiraciones de autogobierno en el vínculo que integra y une el País Vasco a España y hacer del autogobierno el vínculo más fuerte con el constitucionalismo español. Hoy todo esto puede sonar a ingenuidad y a palabras vacías. Si existiera otra mentalidad constitucional- -más positiva, más abierta, con más confianza en España y su futuro- tal vez no sería difícil de entender. Ahora bien, para cambiar de mentalidad, no sólo hay que recuperar la fe en el País Vasco y en España, sino, además, cargarse de paciencia; sabiendo que estamos en presencia de una cuestión que requerirá tiempo, por lo que habrá que desconfiar de quienes planteen soluciones rápidas y definitivas Y no digo nada novedoso. Un hombre de Estado conservador como Cánovas, calificó al vasco de problema permanente. Desde la izquierda, otro hombre de Estado, Manuel Azaña, diría un siglo más tarde que problemas de estas características no son de los que se resuelven con textos de Estrabón Y Ortega y Gasset, finalmente, refiriéndose al nacionalismo, hablaba de algo que había que conllevar y no resolver Bien es cierto que acabar con el terrorismo despejaría muchos de los problemas que he mencionado en este artículo. Cabe, no obstante, preguntarse hasta qué punto ese final del terrorismo, al menos un final más rápido y completo, no depende también de una política distinta. Luchando y haciendo política se acaba con esto decía Espartero en vísperas de la pacificación de las provincias forales, en 1839. Y, que yo sepa, Baldomero Espartero no era precisamente de Elkarri. Porque todo está relacionado en esta cuestión. De modo que, si hubiera que definirlo en sus términos actuales, yo diría que el vasco es un problema en cuyo centro está el terrorismo, que sólo puede ser contenido y controlado por la masa de tierra, que es el autonomismo y el autogobierno; y tiene por encima una capa mucho más blanda, pero necesaria como la atmósfera: el cielo protector de la Constitución. Obviamente, no pretendo que estas tesis se acepten sin crítica. Pero la crítica no debe estar reñida con el respeto que merecen muchos de quienes, manteniéndolas, se juegan su vida y su seguridad en el País Vasco por la Constitución, por el Estatuto y por la España democrática. Jesús EGUIGUREN Presidente del PSE- EE (PSOE) de Guipúzcoa