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14 SICÓLOGOS y psiquiatras han advertido de que en casos terribles de atentados o en trance de calamidades universales, cuando desaparecen los seres queridos, sin dejar rastro de su muerte, pueden producirse, especialmente en sus familiares más directos, neurosis obsesivo- compulsivas, derivadas del choque tremendo producido por ausencias imprevistas y definitivas. Todos queremos, en fin, para los que amamos, ima despedida- -la imposible despedida, al menos, de estar a su lado y sentir cerca de nosotros el misterio de la muerte- todos necesitamos un momento la compañía desoladora de los muertos. Llevamos todavía, y seguiremos llevando en él fondo de nuestras almas, las escenas desgarradoras del atentado de Estados Unidos, muchas de las cuales- -las primeras y más sobrecogedoras- -las hemos ido percibiendo en dolorosa e impotente instantaneidad. Han sido minutos tremendos, extraordinarios, en los que hemos asistido al desplome brutal de la realidad, a la transgresión de las normas, a la subversión imperativa del orden: la inteirupción del ritmo, del trabajo y de la vida. Pensad en una misteriosa, colectiva, desgarrante incineración, fuera de toda previsión y todo reglamento. No regresaremos a nuestras casas con las cenizas de aquellos que fueron nuestro amor y nuestra compañía: las urnas que ya no podrán contenerlas serán los vasos estremecidos de nuestros corazones. En el plano de la fe tendremos que refugiarnos en las fuertes creencias que subliman paradójicamente nuestra existencia; en el plano humano, en la acomodación equívoca del paso del tiempo. No tendremos al alcance de nuestras visitas el reposo de los cementerios ni el consuelo de los epitafios. Quedaremos para siempre perplejos y alucinados, reducidos a la soledad clamorosa de nuestras habitaciones. Desde la vieja Europa escucho aún la voz del poeta, Georges Rodenbach, en su poema Cuando se vuelve a casa... -transido de símbolos y desfallecimientos- Cuando se vuelve a casa de la calle, cansado, en un final de otoño, mientras lánguidamente va muriendo la tarde en un gris azulado, el cuarto nos acoge lo mismo que a un ausente. Uri ausente querido que tardó en regresar, cuyo rostro adorado el espejo guardaba... ¡Oh, cuarto abandonado que nos supo esperar aunque al verse tan solo de tristeza lloraba! Yo he recordado también, en estos días, un TRIBUNA VIERNES 12- 10- 2001 ABC MADRID P SANTIAGO RIOPÉREZ Y M I L Á ESCRITOR Sin poder abrazaros A todos nos consume la rara necesidad de saber dónde reposan todos aquellos que amamos con intensidad Irrepetible artículo que publiqué en ABC- -3 de Noviembre de 1962- en aquellas páginas de huecograbado, con numerosas fotografías de lápidas blancas y enhiestos cipreses titulado Epitafios, la última identidad Aquí, en los cementerios, están depositados los cuerpos de los que participaron entrañablemente en la curva de nuestra existencia, y parece como si nos rodeara im calor tibio al saber que cumplimos amorosamente, con misericordia, el deber de enterrarlos. Podemos leer en ellos, con respeto, con piedad, los epitafios sobre las tumbas, esta última identidad de todos los que ya no son. El cuidado, el mimo, la atención constante que dedicamos a nuestras sepulturas expresa la complacencia sutil y secreta por acompañar a los muertos, la inefable e imposible proximidad, que se mantiene débUmente y que no queremos romper. Porque a todos nos consume la rara necesidad de saber dónde reposan nuestros fainUiares y amigos; en qué lugar oscuro de la tierra están nuestros padres, todos aquellos que amamos con intensidad irrepetible. Hay un momento sentimental en que aparece en el equilibrio inestable de nuestras vidas el deseo de volver a la casa donde nacimos. También hay un momento en que, forzosamente, tenemos que rezar irnos minutos arrodillados en la tierra que cubre a nuestros mayores y, en ocasiones, dolorosamente, a nuestros hijos. Dos polos magnéticos, contradictorios, hacia los cuales tendemos, y donde oscila, alternativamente, la aguja confundida de nuestra brújula espiritual. Nosotros pensamos sobre la tumba definida de nuestros seres queridos, mientras leemos otra vez sus nombres- -tantas veces repetidos en el hogar- en todos los que no pueden ir a visitar a sus muertos. Pensamos en todos los. muertos que no tienen sepultura conocida, en quienes murieron violentamente, destrozados por atentados o accidentes, abandonados en el campo de batalla, desaparecidos en la caída vertical de ima montaña, hechos añicos por la metralla asesina. Pensamos también en los muertos en alta mar, en las largas y antiguas travesías, que han tenido para siempre una tumba movediza, hecha de agua, silencio y profundidad. Tumbas sin limites conocidos, imposibles de visitar, sin lápidas indicativas; timibas abiertas bajo el sol o la Uuvia, que no han puesto la ternura de la tabla sobre el rostro sin luz y sin expresión. En todos estos casos catastróficos, el hombre se ha visto impelido dramáticamente por el afán de identificar a los cadáveres; por el deseo de discernir, entre vm montón de restos calcinados, el pequeño detalle- la sortija, el reldfj, la dentadura- -a través del cual lograr la recuperación del cuerpo famüiar, porque queremos a nuestros muertos protegidos, bien guardados, custodiados por el peso de la losa, y en casa, en nuestra casa, tenemos como ün objeto precioso e inestimable la Uavecita del ataúd que cerramos cuidadosamente. Vosotros, que habéis desaparecido entre altas llamaradas de fuego; que habéis tenido im instante de comunicación interrumpida con todos aquellos que os esperaban, y que tenemos que deciros adiós sin poder abrazaros, recibid desde este mimdo conturbado e injusto, nuestra oración conmovida, todo el dolor que sentimos en nuestras manos que no pueden alcanzaros, y que ahora hacen la Señal de la Cruz, crispadas, resignadas, irremediablemente perdonando. L dolor quintaesenciado figura entre lo mejor de lo que ha dado la literatura de todos los tiempos y países. Y del arte en general. El dolor. El dolor golpea o hiere al hombre a veces fieramente. Sin compasión. ¿Pero cómo había de tener compasión el dolor, que es lo opuesto a la compasión? Hay dolores de todos los tamaños e intensidades, de todos los estilos, de todas las clases y envergaduras. Hay el dolor ñsico, el dolor psíquico o moral, el dolor de conciencia. Hay el dolor Intimo, que suele ser a menudo el causante de perturbaciones tales en lo físico o corporal, que acarrea enfermedades y hasta la muerte. Tal es su potencia. Nada hay más potente en el ser himiano que lo moral, que lo íntimo, o sea, que lo psíquico. Sobre todo desde Freud, todos los descubrimientos médicos realizados en este sentido confirman que un gran porcentaje de las enfermedades y de las muertes de las personas provienen directamente de lo psíquico, lo psíquico ha desencadénado perturbaciones en el organismo que han dado al traste con el estado de salud de la persona. E JOSÉ RODRÍGUEZ CHAVES ESCRITOR El dolor El agostamiento de la esperanza, de la ilusión es mortcd para el alma y lo es también para el cuerpo. E igualmente el agostamiento de la alegría, de vivir, de la curiosidad y el interés por las cosas. Un ahna agostada es un cuerpo predispuesto y pronto a la enfermedad y a la ruina física. Pero también el dolor es energía en el hombre, es impulso, e ímpetu, es potencia vivificadora. El dolor cuando se lo sabe encauzar, eleva al hombre a alturas impensadas. Es más: sin dolor no hay hombre. Hasta esto Uega la importancia del dolor. Y también lo otro: no hay hombre sin dolor. Pero digo hombre, no figurón de hombre. En efecto, sin dolor no hay hombre. El hom- bre sin el dolor sería un embeleco de hombre. Es el dolor el que lo libera de la bajeza y de lo rahez, el que lo dignifica. Es el dolor el que lo purifíca y lo transfigiura, y el que lo provee de una riqueza interior que sale afuera en forma de poesía, de grandes obras en lo artístico, en lo moral, en lo espiritual. Y como excelsamente supo expresar Lope de Vega, el dolor es la medida del amor. Siempre ha sido el dolor la medida del amor dice. El mundo sin dolor sería un campo árido, insípido, amorfo, por paradójico que ésto parezca. Y así vemos cómo tantas veces del dolor sale el hombre nuevo, el hombre que se levanta de sus miserias y asciende a cimas de pureza que de otro modo jamás hubiera alcanzado. El dolor facilita la realización del hombre. Por el dolor nos redimió Cristo, Hijo de Dios. No encontró otro modo de hacerlo. Y desde entonces, el dolor quedó santificado y adquirió un poder transforinador por el que el hombre se redime cada día. Y nunca más, desde entonces, lo fue tanto, el dolor la medida del amor.