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58 TRIBUNA SÁBADO 9- 12- 2000 ABC DARÍO VALCÁRCEL NTEAYER moría en Madrid, a los 89 años, Margarita Salaverría, una figura de excepcional personalidad, recubierta por varias capas de educación, cultura, vida familiar y otras facetas de menor interés que ocultaban la fuerza de su perfü. Primera mujer ingresada en la carrera diplomática en 1933, estuvo casada durante 58 años con Jaime Arguelles, su compañero de promoción, otra figura relevante de la diplomacia y de las finanzas españolas. Con todo, lo que resulta más notable en la biografía de esta gran funcionaria del Estado avant la lettre son dos rasgos: cómo supo, de un lado, anticiparse a su tiempo, testigo silencioso y discreto y en ocasiones actora de primer orden en difíciles escenarios- -Londres en la Segunda Guerra mundial, Washington en 1970- -atravesando casi un siglo, inteligente y discretamente, en medio de las dificultades, caldas y éxitos, en España, Europa y América. De otro lado, cómo acertó a mantener agrupados, como verdaderamente pudo, dando ejemplo de civilización, a sus compañeros y profesores de la Institución Libre de Enseñanza, desde Xavier Zubiri y Soledad Ortega hasta los hermanos Marañón, Paz Flores o Gonzalo Menéndez Pidal. Margarita Salaverría era hija de José María Salaverría, hombre de letras donostiarra. Guipuzcoana por los cuatro costados, defendía su vasquismo profundo, uniéndolo a la obra de su padre, por quien sentía veneración. Entre los estudios de Salaverría- -muchos años colaborador de ABC- -destaca La afírmación española de contenido aún mas significativo que el título. Jaime Arguelles y Margarita Salaverría fueron destinados a la embajada de España en Londres durante la Segunda Guerra Mundial. Formaban parte de la embajada del duque de Alba. Una imagen recuerda al embajador, circunspecto y con mirada aguileña, sentado con el consejero FernándezVillaverde, el agregado naval Mariano Urzaiz y los demás miembros de su delegación. Arguelles y Margarita Salaverría aparecen de píe, tras el duque de Alba, junto al agregado aéreo Ultano Kindelán. En total 12 o 15 diplomáticos y agregados, todos hombres con una sola excepción. Ninguna sonrisa en aquellos momentos dramáticos: España había estado a punto de ser invadida por las fuerzas del Eje. La historia se hace muchas veces con estereotipos. La España de Franco era eso y nada más. Y sin embargo, qué complejidad de tendencias, de orientaciones, de intereses contrapuestos bajo esa denominación. El régimen como toda dictadura europea, escondía en su seno facciones enfrentadas, grupos de poder, programas alternativos para el recambio. La España de los años cuarenta no era Alemania, ni el Imperio británico: era una nación postrada, arruinada tras una guerra civil, un mal siglo XIX y un mediocre principio del XX, una gran potencia europea doscientos, cuatrocientos años atrás. Había en aquella España de 1940- -y fuera de ella- -muchos españoles de gran dimensión, como estos dos jóvenes diplomáticos que tratamos de evo- A Margarita Salaverría Ha pasado por el siglo como una correcta diplomática cuando en realidad fue una mujer llena de ímpetu y car aquí. Bajo la etiqueta España de Franco vivía un complejo universo de opiniones privadas- -sólo una oficial, pública- -con sectores en ascenso o descenso, corrientes culturales y sociales, partidos políticos en el exUío y la clandestinidad. Esta es la España que conocieron y en la que trabajaron Margarita Salaverría y Jaime Arguelles. El duque de Alba se había prestado a ser embajador en Londres para representar una esperanza alíadófila. Los aliados eran entonces los británicos, casi en solitario: pero la fuerza moral de su resistencia pudo desde el principio poner en duda la solución de la formidable partida que se jugaba en Europa. Alba, descendiente de los Estuardos, mantenía una relación de lejano y respetuoso parentesco con el monarca británico. Bajo las bombas, el pueblo británico con Jorge VI y Winston Churchill- -ChurchUl de Inglaterra, como escribió W. Cohén- -aguantaron, como ahora se dice, el terrible tirón: We shall fight in the beaches and in the fields, we shaU fight in the streets, we shaU fight in the sea and in the air. We shall never surrender... Era aquella una lucha de gigantes, con un componente de enfrentamiento intelectual: Edmund Husserl, Max Planck, Wemer von Heisenberg, Thomas Mann o Lovis Corinth, todos perseguidos por Hitler, eran la médula de Alemania, del mismo modo que Bertrand Russell, JM Keynes, Alexander Fleming, Harold Nícholson o Henri Moore, libres bajo las bombas alemanas, simbolizaban la decisión británica de resistir. Margarita Salaverría y Jaime Arguelles fueron tam- bién testigos de la llegada a una pequeña oficina, cerca de Oxford Street, de un joven general de dos estrellas. Charles de GaúUe, que levantaría bandera por la Francia libre contra Pétaín y contra el régimen de Vichy, colaborador del nazismo: Jean Monnet y Robert Schumann, más tarde discrepantes de De GauUe, darían su apoyo al manifiesto y a la Resistencia. Había una España falangista, defensora del nacionalsocialismo, representada, entre otros muchos, por Arrese y Girón. Mantener la neutralidad pero ser beligerantes, esta era la ambigüedad de Franco, que envió al frente de Rusia a la División Azul al mando del general Muñoz Grandes, con sucesivas levas hasta un total de 60.000 hombres. Y sin embargo, los generales más perspicaces (Orgaz, Ponte, Yagüe) nunca apostaron por la victoria alemana en la que Franco creyó hasta 1942. Muchos informes del duque de Alba, preparados por Jaime Arguelles, consejero comercial, y Margarita Salaverría, secretaria de embajada, advertían, insistían en la dureza de la resistencia británica, en la diplomacia de Churchill ante Roosevelt, en la ley de préstamo y arriendo, en los cien primeros destructores americanos cedidos a la Royal Navy. Luego llegó Stalingrado y lo demás... Alba dimitiría de su embajada cuando Don Juan de Borbón, heredero de Alfonso XIII, declaraba en 1945 que Franco encarnaba una dictadura totalitaria. Don Juan quería representar, con algunas décadas de antelación, lo que vino después: una Monarquía constitucional y arbitral, que integrara a vencedores y vencidos. Alba devolvió el pasaporte diplomático y Franco no le dio el pasaporte ordinario. Y Alba, lacónico: Es la primera vez en 600 años que un miembro de mí familia no puede reunirse con su Rey Franco se enrocó y logró sobrevivir gracias al apoyo involuntario que Stalin prestaba con su política expansiva: cerco de Berlín en 1947, divisiones soviéticas en Viena... Veinte años después Jaime Arguelles será embajador en Washington, en años en que la transición española se abría paso a pesar del régimen, ya debilitado. De estas dos etapas se lleva Margarita Arguelles algunos recuerdos poco conocidos oficialmente y más de un secreto. Como funcionaria del Estado, nunca sufrió esa improcedente tentación de escribir memorias. Ha pasado por el siglo, casi todo el siglo, como una correcta diplomática cuando fue en realidad una mujer Uena de ímpetu, con una extraordinaria y ordenada fuerza: joven opositora que acabó, en 1933 con la misoginia de una carrera sólo para hombres. Aparentaba ser, en los años sesenta, tan solo inspectora de embajadas. Pero era en realdad ejemplo de una vida que da para varios capítulos de alta tensión: todo ello revestido de amor a los nietos, a las plantas y a los árboles, mientras regímenes, gobiernos y grandes personajes desaparecían o surgían a su alrededor. Condecorada con la Orden de Isabel la Católica, Margarita Salaverría, tenía seis hijos, tres de eUos en el servicio del Estado, 16 nietos y 12 bisnietos. NCIENDO un televisor. En una cadena, veo a un muchacho impasible, de aspecto inocente, que finge bondad durante unos minutos y que de pronto, sin venir a cuento, descerraja cuatro tiros a una pareja de enamorados melosos y tontainas. Cambio de canal. Un niño de diez años, de expresión torva, discute agriamente los términos de una herencia con una joven hermosa y característicamente pérfida. Cambio de nuevo. Un automóvU en llamas derrapa y va a estrellarse y estallar junto a una gasolinera. Cambio otra vez. Un policía, en un depósito de cadáveres, levanta una sábana y descubre el rostro desfigurado de una víctima. Acto seguido, unos signos diabólicos, trazados con sangre en una pared. Apago el televisor, y me quedo mirándome a mí mismo, absorto y cóncavo en la pantalla muda. ¿Quién soy? ¿Un espectador antiguo, o moderno? ¿Estoy inmunizado, o la basura barata del efectismo universal ha hecho mella en mi sensibilidad? ¿Qué E AGUSTÍN CEREZALES ESCRITOR Estímulos embotamiento es ése, de dónde ese disgusto y aburrimiento? La verdad es que no lo sé. Lo único que sé es que no me reconozco en lo que me están contando. En mi vida modesta y vulgar, si bien lo pienso, ha habido dolor y ha habido alegría, hay ilusiones y hay sinsentidos, pero sobre todo, hay realidad, y la realidad tiene su raíz más honda en una ínapresable sensación de belleza, de misteriosa emoción que viaja con la lucidez y que, como la lucidez, a un tiempo nos inunda y se nos desvanece... No, no es la sangre ni el tomate frito, el hincapié constante en las conductas desviadas lo que me lleva a apagar el aparato. Bien mirado, me interesan algunos de esos temas. O por lo menos, no espero que me cuenten cuentos de hadas. Es la inverosimilitud, la gratuídad y la mediocridad de los enfoques lo que produce mi desapego. Porque hay una belleza en la vida, queda siempre un homenaje por hacerle a la existencia, a los amigos y a los enemigos, a la perplejidad y al destino. Y al paso que vamos, sospecho que nadie lo va a hacer por mí. ¿Y si ya estuviera hecho? No, no basta con Sófocles, con Cervantes, con Janis Joplín o Alain Resnais. Hay que seguir, hay que dar respuesta a la propia, incesante renovación de los estímulos. Así que me sacudo la pereza, me voy al escritorio, cargo de tinta la pluma y me pregunto por dónde empezar a decir eso que sólo yo sé, eso que sólo sabe cada uno de nosotros, y que nadie leerá nunca seguramente, pero que acaso alguien consiga dejar escrito...