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14 LUNES 28- 8- 2000 ABC MADRID O siento una rara atracción por las casas de los escritores; especialmente por aquellas en que transcurrieron su infancia y adolescencia. Porque las primeras etapas formativas de los artistas se moldean, se hacen, se fraguan en función del entorno. Y las casas, las viejas casas campestres, con sus amplios jardines sombríos, con susígrandes estancias, con sus muebles preciados, conforman nuestro espíritu y le dejan para siempre una huella indeleble y vivísima. ¿Y qué diremos de los cuadros oscuros en que destaca la imagen, tal vez atormentada, de un antepasado nuestro? ¿Desde qué fondo de siglos nos lanza una mirada enigmática en que late la profunda, honda, dolorosa, complicidad de la vida? Yo he visitado muchas casas de escritores: viejos palacios, antiguas mansiones, que aún hoy conservan con amor y atención los perdidos recuerdos de sus moradores; el hálito invisible de su presencia: sus cosas, sus libros, sus papeles. En Francia, en Italia, en Inglaterra- en principio, en España- yo he despreciado el turismo oficial, alegre y llamativo, y me he parado, fervoroso y estremecido, en aquellos lugares donde, hace muchos años, comenzaba a balbucir la palabra de un escritor, ese misterio que representa, a través del tiempo, el nacimiento confuso de una vocación. Y creedme: esos parajes, esos árboles, esos muros- algunos derruidos- estaban todos transidos de una fuerza, de una pujanza, de una misteriosa idealidad. Penetremos en eUas; no nos quedemos absortos en su entrada, paralizados un poco por esa atmósfera que sentimos los que imimos a una visión de realidad presente, el cúmulo impalpa- Y SANTIAGO RIOPEREZ Y MILA ESCRITOR Casas de escritores Las primeras etapas formativas de los artistas se moldean, se hacen, se fraguan en función del entorno ble, etéreo, de los sentimientos. Si avanzamos, quizá ños tropecemos con bancos solitarios, hamacas desvencijadas, sillas donde el peso de otros días marcaron un hoy imposible de resta- ñar. Tal vez, alucinados, descubramos algún roto juguete, alguna prenda descolorida, unas cuartillas destrozadas y amarillentas. Y, entonces, nuestra imaginación se desenfrena, se alborota, se precipita. Vemos al escritor desaparecido, niño aún, junto a su madre solícita y bondadosa. Pero ya estamos en su pequeño cuarto de trabajo, en su modesto taller de artesano de las palabras, y aquí están sus primeros libros, los ejemplares de los diarios que llegaban por la mañana, por caminos largos y difíciles: sus cuartillas, sus lápices de colores, sus plumillas de acero; los viejos butacones donde ensayaba sus descansos- quién sabe si vigilias tensas y desesperantes- los queridos retratos de familia. Tened un minuto de compasión y de amor; no miréis a vuestro alrededor superñcialmente. Si os atrevéis, sentaros con respeto en su vieja butaca. Aquí germinaron las bellas páginas, los poemas imperecederos, los mitos inmortales de la literatura universal. Todo un mundo gigantescb que sobrevivirá a estas paredes, a estos jardiriSs, a estos lugares. En las tardes de otoño, en i casa de campo, yo contemplo las fotografías de todas estas casas que he visitado a. lo largo de mi vida. Y pongo sobre mi mesa la del castillo de Montaigne- en Burdeos- y la del Collado de Salinas- en las afueras de Monóvar- Montaigne divisaba a través de la ventana de su estudio una campiña feraz y ondulada, parecida a la contemplada por Azorín, en sus tierras nativas. Y siento en las páginas de estos dos escritores- tan imidos desde su distancia- la sensación del paisaje de su niñez. Permitidme, al fin, que piensa que en la literatura de ambos renace la unión primeriza de su infancia y de su adolescencia. AGE tiempo pasó una emisora de televisión la película que protagonizó el ilustre tenor desaparecido Alfredo Kraus décadas atrás sobre Julián Gayarre, aquel otro ejctraordinario cantante, nacido en la villa navarra de Roncal, cabecera de un valle que es como im paraíso y que creemos brinda paisajes de los más espectaculares de España, y nos son inolvidables... La película nos volvió a recordar y revivir la ruta que habíamos hecho por el Pirineo navarroaragonés, de Roncesvalles a Ordesa... Sinceramente, sin salir de la Península, ¡qué maravillas podemos contemplar en la variedad de sus tierras! En aquel recorrido, el hombre de la llanura experimentaba el fuerte sentimiento del contraste. Con razón se dice que España es diferente, pero lo es entre sí, sin un sentido peyorativo, de unas a otras comarcas, de imas a otras costumbres, de una a otra historia y tradición... Estas añoradas vivencias del periplo que nos proporcionó la dicha de conocer aquella geografía nos trae también a la imaginación lejanos balbuceos teatrales en años casi adolescentes, con sus recitados llenos de inefables resonancias líricas... H MIGUEL GARCÍA DE MORA ESCRITOR Los valles navarros, Julián Gayarre j Alfredo Kraus... En verdad que aquel viaje, en cuantO B sensaciones del alma, no lo cambiamos por ningún otro ni en nuestra propia España ni en otro país La luna de Roncesvalles lava el pañuelo en la fuente lo lava en el agua clara, lo tiende en la rama verde. ¡Ay la la la! jAy la la la! ¡Ay la la la! ¡Ay la la! Y. volvemos a Julián Gayarre, que vino al mundo en Roncal en 1844 y murió en Madrid en 1890. Representaba en el Teatro Real la ópera El pescador de perlas y se desplomó en el mismo escenario, falleciendo cuatro días después. El bel canto perdía a su máximo divo universal. Fue del arte a la muerte... En Roncal, antes que a ninguna otra parte nos llevan al pequeño cementerio para tributarle un mudo homenaje y admirar el mausoleo en el que reposan sus restos, realizado por el célebre escultor valenciano Mariano Benlliure. En verdad que era una sepultura que no desmerecía del prodigioso tenor que fue y que ahora cobijaba, sin otra gloria que la que pueda tener arriba... Y pensamos a la vez que la película que glosamos y que interpretó Alfredo aus no hubiera tenido mejor cantante para reencarnar a Gayarre. Desde el camposanto, que nos hizo sentir a la par emoción y admiración, y luego de recorrer las curiosas y aseadas callecitas de Roncal y amistar con la gente, dimos con la casa natal del cantante, en la que, según nos dijeron, abrigaban el proyecto de establecer el Museo Julián Gayarre, que no sabemos si tuvo felices consecuencias, como harto merecía y merece el gran navarro, que, tras tantos y tan penosos oficios, consiguió al fin cantar en los más acreditados teatros con sus portentosas facultades y lograr los éxitos más clamorosos. En esto, mucho le ayudó otro ilustrísimo: don Hilarión Eslava. Nos acude igualmente a la descarriada memoria la iglesia de Roncal, a las afueras de la población, en lo alto, cuando nos recibió el párroco, ¿don Lorenzo? mientras se limpiaba las manos y adecentaba un poco, porque, cuando hicimos acto de presencia, estaba en funciones de albañile- ría repellando el pavimento exterior del templo, cuyo portada era de un hermoso románico. El atento sacerdote, aún con el yeso o el cemento en el rostro, nos aseguró que se haría del museo, para el que contabsui con abundainte material del tenor, como libretos de las obras en que intervino, los trajes utilizados en las actuaciones que prodigó en su corta pero fecunda actividad profesional, folletos y recortes de prensa... Para Julián Gayarre, sus paisanos tenían y tienen el amor y la devoción abiertos. Eran bastantes los forasteros y extranjeros que hallábamos en esas encantadoras andanzas y en esos arrebatadores parajes. Por los vahes de Roncal. Hecho, Ansó, Salazar. J! tan exuberantes de masa arbórea. AUí los bosques se extienden hasta el infinito y nuestros ojos no se cansaban de captar las soberanas galas de la Naturaleza. Se da abundantemente la belleza, el oxígeno vital, la poesía, el ansia de vivir y soñar, el afán de avanzar hasta el último árbol, hasta el último río, hasta el último vuelo de las altísimas aves, hasta el último soplo de todo lo creado... En verdad que aquel viaje, en cuanto á sénsaciónes del alma, no lo cambiamos por ningún otro ni en nuestra propia España ni en cualquier otro país. Perdemos ya los detalles, porque es demasiado ló vivido y lo conocido, pero no el conjunto de aquella singladura por tan incomparables lugares. Posteriormente, sí, hemos vuelto a más de uno, pero en distintas circunstancias y más urbanamente Aquella fue una intensa impresión que nos durará en tanto existamos, con la sombra de Julián Gayarre en el centro de la recordación; y su pueblo, su casa, su sepultura... Y después, para acentuarla si ello era posible, la revisión de la película que nos regaló la televisión con un Alfredo Kraus tan joven y tan animado, poniendo su voz y su aliento en el empeño de emular, soberbiamente, al formidable cantante navarro... Sin la menor duda que él podía decir, algo parecido a lo que dijo Correggio a la vista de un cuadro de Rafael: También yo soy pintor