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62 ÍMOS con frecuencia de altos cargos públicos, incluso en tiempos en que el azote terrorista es de la mayor intensidad, que el Estado sabrá ser generoso con los presos etarras si la organización abandona las armas. Dtu- ante la tregua hizo fortuna la expresión paz por presos Es decir, que el Estado de Derecho sabrá ser firme contra el terrorismo mientras éste actúe, y sabrá ser generoso cuando cese. En mi opinión, tanto desde un pimto de vista criminológico, como jurídico, dichas afirmaciones son bastante problemáticas. Sabemos que las penas tienen en el derecho penal moderno una doble razón de ser: por un lado se dirigen hacia el delincuente penado, en el cual se concretan y respecto del que se orientan hacia la reinserción social y hacia la reeducación. Se dice que hay un tipo delincuentes que no necesitan ser reeducados o reinsertados, dada la índole del delito cometido (delitos económicos principalmente, pero también otros) o que nó existen en las prisiones los medios necesarios para hacer eficaz la reinserción. Pero eUo no quita valor general a la primera de las finalidades de la pena, que tiene por otra parte rango constitucional. Pero las penas tienen además ima función preventiva, de carácter general. Suponen un aviso, una llamada de atención a la generalidad de los ciudadanos que al fin viene a suponer el establecimiento de im negativo patrón de conducta: no se puede matar, ni robar, ni secuestrar a los demás porque existe la amenaza de una pena. El establecimiento del patrón de conducta es tanto más claro cuanto mayor sea la infalibilidad de la pena. Lo que en mi opinión sucede con quienes pertenecen a bandas terroristas y en concreto a ETA, es que pueden sentirse alentados- o no desalentados- en su conducta criminal si oyen (y han tenido en el pasado pruebas de ello) que el Estado será generoso si abandonan las cirmas. Pueden pensar los terroristas (alimentando así ima esperanza) que el anhelo de paz del Estado abrirá la puerta de las prisiones cuando se comience a nego- TRIBUNA LUNES 28- 8- 2000 ABC O SALVADOR VIADA Finalidad de las penas y terrorismo El mensaje de la generosidad puede ser captado con mayor énfasis por los ya privados de libertad, y gentes de su entorno ciar o cuando se concluya la negociación. Desaparece pues en gran medida esa Uamada de atención, denominada prevención general que supone la existencia de la pena, diluyéndose, en fin, su fuerza como guía del comportamiento. Y eso no me parece a mi que sea un factor desincentivador del delito, sino más bien todo lo contrario. Debemos reparar en que quienes cometen, y van a cometer terribles delitos, son los terroristas que están en libertad, no los presos ya sometidos a las conse- cuencias penales de sus actos. El mensaje de la generosidad puede ser captado con mayor énfasis por los ya privados de libertad, y gentes de su entorno, que pueden así- tal vez- presionar para que se prodvizca un cese de la violencia y poder salir antes. Pero los terroristas que matan, extorsionan o secuestran y quienes les dirigen, no son quienes están en las cárceles sino los que están ahora en libertad. Y estos saben al cometer sus delitos que cabe la posibilidad (que además depende de la organización a la que pertenecen) de que pueda llegar a haber vm proceso de negociación que les sacarla de la cárcel en el caso de ser capturados. Pienso que quizá la actitud de algunos de eUos fuera diferente si supieran con total certeza que nada podría evitar que cumplieran sus condenas como los demás presos de España. Nada en absoluto, ni siquiera y particularmente, el cese de la violencia. Eso además de ser criminológicamente mas correcto, no hay duda que sería mucho más ortodoxo en estrictos términos de Justicia. Se bien que es muy difícil Uegar a adquirir ese tipo de acuerdo entre los partidos políticos porque todos deseamos que cese el horror y para eUo- dicen imosdeberían aceptarse ciertos sacrificios, y porque tras un tiempo de cese de la violencia ¿cómo no pensar en cicatrizar las heridas, en aras de la paz? como está sucediendo en Irlanda, -dirán otrosí Yo creo que la negociación es precisamente una de las bazas últimas del terrorismo y de los terroristas. Sin eUa- como individuos, como seres humóoios- no tienen salida y por tanto la necesitan, al menos como posibilidad. Pero no deberíamos perder de vista la idea de que la misma eventualidad de una negociación puede tranquilizarles como delincuentes respecto de su particvdar futuro penal. Por eso desde el punto de vista criminológico no creo que sea muy correcto anunciar lo que el Estado de Derecho estaría dispuesto a sacrificar, Uegado el caso, por la paz. Es más, no creo en absoluto que ese anímelo sirva para aplacar a la fiera. Antes bien la encortina. IGAMOS que nos encontramos bajo el efecto de yna melancolía activa. Una melancolía en la que nos hemos visto inmersos, inscritos al margen de nuestra voluntad, y cuya inscripción nos ha traído la condición de desheredados de la realidad a modo de atributo obligado, extraño e innecesario. Un atributo extraño por ajeno e innecesario por inconveniente, por no solicitado. Y eUo ha provocado en nosotros ima ausencia que estamos ansiosos por cubrir, por darle la satisfacción necesaria para que desaparezca, para que deje de angustiamos. De ahí que hayamos aptmtado a una melancolía activa como vma expresión que nos ayude a discernir y, por extensión, a liberamos del mal, del vacío en el que hemos sido siunidos sin nuestro consentimiento. De ahí que hayamos de retomar cuanto antes la acción, la iniciativa, las palabras; porque nos hemos quedado sin palabras verdaderas: ese es el mal. Nos hemos quedado sin palabras válidas, sinceras, portadoras de contenido y razón. Ya sean palabras para la cultura, para la relación, para el vínculo: alguien o algo nos ha robado la palabra como testimonio en favor de la palabra como moneda, como trueque. Así, mudos y silenciosos- puesto que lentamente hemos ido entendiendo esta negación al valor de la palabra hasta vemos anegados por ella al despertar, y todavía vamos confusos- hemos colaborado quizás a su expani j o O- iií. oa 332- C: is D RICARDO MARTÍNEZ ESCRITOR Palabra y artificio Nos damos cuenta de que vamos huérfanos, más huérfanos que nunca, pues estamos carentes de nuestra única identidad, la palabra sión, a la grandeza de su mal. Por eso ahora nos damos cuenta de que vamos huérfanos, más huérfanos que nimca, pues estamos carentes de nuestra única identidad, la palabra: esa que nos ha sido ¡ay, insensatos de nosotros! robada. Mas, ¿quién la ha robado? ¿quién la ha vaciado de sustancia dejándola hueca y muerta? A la pregunta ¿de dónde nos ha venido el mal? quizás hayamos de contestamos que el mal se ha iniciado en aquello que se ha definido comunmente como el mensaje disimulado, o interesado, que encierra la noticia. Consideremos, como no podía ser menos, que la noticia es el gran argumento inductor (especulativo en ocasiones) del poder, de los poderes. ¿Habrá comenzado ahí la devaluación de la palabra? ¿Deberíamos planteamos como tema de reflexión la diferencia entre noticia y realidad, una y otra sustento de la política y, por extensión, de la vida social? No estaría de más reparar en tal cuestión, y así podemos constatar que cada día, como lectores, entregamos buena parte de nuestra libertad y nuestra voluntad en favor de la noticia, que es, genéricamente, uno de los ftmdamentos de nuestro discurrir racional. La noticia como la referencia que abre y cierra a la vez un contenido. Que exhibe y roba. Que seduce y defrauda. Ahora bien, la noticia es la duplicidad. Más aUá de sí misma es lo que es y lo que no es. (De ahí que, esencialmente, suscite en nosotros de un modo inevitable el contenido de la apariencia. La apariencia que despierta, que acucia, que alerta) De ahí también que la consuetudinaria realidad del periódico vaya, para el lector atento y solo, tantas veces más allá de su frugal presentación. Y aún perviva, por causa de alguno de sus contenidos, en el ánimo. Lo que ratifica una significación más honda y superior a lo que da a entender la pasajera disponibilidad que se le presta cada mañana.