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66 DOMINGO 27- 8- 2000 ABC gente de verano Para una tumba sin nombre M a Tf j í fjáfif común de muertos en el Estrecho, en el cementerio de Tarifa Fotos: Corina Arranz uimos de los cementerios como de los hospitales. La peste contemporánea es la memoria. Recordar se h a vuelto ü n oficio incómodo y desalentador. En vista de que la historia se ha terminado y no hay manera de corregir la derrota de los continentes, lo mejor será levantar grandes barreras para no tener que asistir a la obscena repetición del dolor, y subir el volumen del receptor para que su fascinante resplandor nos acune como ima hamaca de opio. Al cementerio de Algeciras se llega después de recorrer el. arco del paseo marítimo y el puerto, área de tránsito de miríadasi de magrebíes que cada año por estas fechas, cómo aves, migran: primero hacia el sur, cuando comienza a caldear el estío; después hacia el norte, cuando asoman las primeras nubes del otoño y el frío. En esta época del año, el puerto es vin incesante amarrar y desamar r a r de transbordadores con las bodegas abarrotadas de vehículos cargados hasta los topes y que salvan el Estrecho de Gibraltar, abismo real y metafórico que separa África de Europa. Gada noche, vm ejército desarmado intenta ganar las playas de España: u n a oleada incesante de seres que huyen del himdimiento de África en las tinieblas de sí misma. Muchos mueren en el intento. El Estrecho se ha convertido en u n cementerio marino como jamás pudo imagin a r Paul Valéry. Son tantos los niuertos, tantas las pateras tronchadas por los grandes navios en la oscuridad, tantas las zodiacs y almadías que se han ido a pique, que los ahogados no se pueden contar. Junto a la fosa común de Gibraltar hay otras tumbas sin nombre en los cementerios de Algeciras y Tarifa, donde son enterra dos, sin ceremo- H nías, sin Uantos, sin oraciones, los centenares de cadáveres que, como mensajes sin botella, mensaje crudo y sin palabras, acaban embarrancando en playas muy hermosas, donde ahora mismo los veraneantes festej a n la melancolía del final, del tiempo de ocio que se extingue antes de i volver a los corredores de la rutina y la plusvalía. Andalucía tifene tratos particulares con la muerte, estampas de folclore inusitado donde vírgenes y santos, cantaores y procesiones parecen querer disimular la hora final con una eclosión de cera y azahar que perfume el aire y borre todo rastro de putrefacción. Hasta que la cortina de flores se marchita sin remedio y hay que asimiir la verdad. El cementerio de Algeciras es u n soliloquio andaluz por los cuatro costados: poi: los muros enjalbegados, por los cipreses con delantal de cal hasta la ingle, pero sobre todo por el primor de los nichos. Vaya donde vaya la vista, por corredores que son calles de muertos, rara es la txmíba sin su ramito de flores: valga el plástico perpetuo, valga también la flor de carne y hueso, que se agosta y se marchita. Tan sólo las tumbas de los inmigrantes vagan desnudas, sin flores ni mármol. De tanto carecer hasta les ha huido el nombre, fecha de nacimiento, frases apesadumbradas. El cementerio mimícipal de Algecir a s abre de ocho de la mañana a siete y media de la tarde. Nada más franquear el umbral asoma un teléfono N- IV i Jerez de- V la Frontera CadiZ: ¡íN- 340 Océano Atlántico Mclras Sibraltar Ceuta Tarifa público. Un teléfono dentro de un camposanto suscita pensamientos perplejos, como si pudieran comxmicar con el más aUá, con ese Dios siempre callado como u n muerto, teléfonos del cielo, permanentemente comimicando, o permanentemente silenciosos, según se mire. Mar de dudas, que ni siquiera las grúas azules que aquí salvan las tapias del cementerio acaban de despejar. Y entre el. mar de flores y perplejidad, xma inscripción: La mejor flor para el alma es el perfume de la oración divina Está muy animado el camposanto a las doce de la mañana de vin lunes, entre deudos y deudas que pasan ima esponja por la cara de la lápida y renuevan flores y enterradores y albañiles grabando nombres, frases, fechas. José Luis es enterrador aimque parezca u n bedel del Insalud. Niega de plano que los inmigrantes del Estre- El Estrecho es un cementerio marino como jamás pudo imaginar Paui Valéry. Son tantas M las pateras tronchadas por los grandes navios que los ahogados no se pueden contar á: s i c a ¿j 6 ¿S i Sí CQB StOiliC ILí i. fc- ü- feil. Í S O iáailV. i O K U i Ai cho vayan a la fosa común: Son nichos individuales Todavía colea en el aire espeso y pútrido de fines de agosto el resquemor del alcalde algecireño, quejoso del gravamen qué sufren las arcas municipales por el incesante óbito de náufragos africanos y que no estaba dispuesto a seguir pagando el pato. Desconfiados, desistimos de las fosas comunes y buscamos entre el m a r de flores y, lentamente, casi siempre en los nichos altos, descubrimos el damero maldito, casillas de u n juego de damas que es conciso olvido: una placa dé cemento y sobre el cemento fresco, caligrafía descuidada, una letra D mayúscula que según José Luis se refiere al expediente del juzgado, pero que un inocente descifraría como desconocido Habla el enterrador con esa mezcla de compasión ausente que suelen gastar los sepultureros en el teatro y en la vida, como si la muerte fuera broma: Hemos ido a casi entier r o diario. Pero en los últimos años, gracias a los radares y la vigilancia, ha bajado mucho el número de cadá veres. Les pillan en cuanto se echan al mar. La mayoría de los que enterramos son moros, hombres, mujeres y niños, Pero también africanos de Senegal, negros como el carbón Muertos sin papeles, muertos desconocidos, sin que nadie Uame a las puertas del camposandó a pregimtar, alguien que venga del Rif, o del Atlas, Senegal, Sierra Leona, Libería, Congo, Ruanda, Somalia, Angola... ¿A quién corresponde D 960 96 muerto el 4- 11- 96, o D 1151 96 muerto el 29- X- 96. -Sobre la mejilla de cemento, al fin, un nombre, en mayúsculas: ALLALTOUMI y PR 960 96 muerto el 19- 12- 96, o recuperado de las aguas ese día. Sobre dos estelas que comparten soledad, lápidas gemelas, han