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42 TRIBUNA DOMINGO 27- 8- 2000 ABC E un cacique andaluz de los años veinte dicen que decía a sus convecinos: ¡Lejos de nosotros la funesta manía de pensar! Del, a la vez profundo y divertido, filósofodon Eugenio D Ors, dicen que decía su doméstica para ahuyentar a las visitas: El maestro está pensando Pensar es la más espontánea y natural de las actividades del hombre. Salvo que éste se proponga ejercitarla ex profeso. Voy a pensar, dice, y no da pie con bola. A muchos, pensando, les duele la cabeza. De hecho, en la vida diaria no pensamos demasiado, ya sea por el atolondramiento y el estrés, ya por la rutina y el aburrimiento. Mas, de pronto, nos sobreviene un parón, llámese veraneo o vacaciones, un cambio de ritmo en nuestro curso vital, que nos hace notar que existimos. Te sorprendes pensando en ti mismo, que es a lo que llamamos seriamente pensar o reflexionar, sin restarle valor a los discursos mentales que lleva consigo el trabajo o la lucha diaria, o los aprietos de fin de mes que estrujan la masa gris de nuestro caletre. Intelectus apretatus No, esto de ahora es distinto. Acuden a tu mente, emergen de tu interior, las preguntas del cómo y el porqué de tantas cosas; descubres que no eres tan egoísta como tú mismo te consideras o te observan los demás. ¡Si resulta que tú eres para ti el gran desconocido, el amigo con quien menos te tratas, el yo titubeante que pasa de puntillas bajo la polvareda de los afanes diarios! Pensemos en el pensar. Descartamos, por supuesto (aunque no nos vendría mal a más de uno) convertir las vacaciones en unos Ejercicios espirituales. ¿Qué es, entonces, lo que estamos intentado? No vivirlas tampoco como si nosotros no existiéramos: playa, baño, chiringuito, apartamento. Hablar sin ton ni son de las trivialidades de siempre y de lo que- se tercia con el primero que te encuentras. Aparcar drásticamente cuanto diga relación con existencia laboral, ambiental, e incluso famUiar, de los otros once meses. Viajar para coleccionar entradas de museos, o tragarse películas y más películas en el vídeo del apartamento, instalando otro, si se puede, para la chiquillería. De suyo, en los más de los casos, las vacaciones se convierten en una huida de uno mismo y de lo importante de la vida propia: yo ando, sin más, con Vicente, a donde va la gente. Cierto que, sin baño, deporte, buena música, caminatas, veladas agradables, actividades placenteras, siestas memorables, no existen las vacaciones, lo sé. ¡Bien venidas siempre las ofertas de distensión del cuerpo, y de desintoxicación del espíritu! Nada hay tan gozoso, tan exultante como pasarlo bien, haciéndolo bien y conquistando algo mejor. ¿Y por qué hemos de volver a casa más empobrecidos por las vacaciones, y no al revés? ¿Por qué no orientar éstas, sin cargárnoslas, hacia un ajuste de piezas, un lubricante de engranajes personales, una terapia en profundidad, que nos devuelva nuevos a la brega? La gimnasia de pensar es la más beUa, más placentera, más descubridora de horizontes. Parecida a la pesca submarina, comparable, aunque menos esforzada, a la escala audaz de un peñón. Lo de pensar durante las vacaciones, lejos de abu- D ANTONIO MONTERO MORENO ARZOBISPO DE MERIDA- BADAJOZ Vacaciones para pensar Si resulta que tú eres para ti el gran desconocido, el amigo con quien menos te tratas, el yo titubeante que pasa de puntillas bajo la polvareda de los afanes diarios rrirlas o estropearlas, es el corolario natural de todo eso, es im placer más, que viene a embellecer el estiaje, que le añade a la hermosa experiencia del descanso integral un plus de riqueza y de gracia. Observamos, como dije antes, que ponerse a propósito a pensar, a base de estrujarse las meninges, conduce al caos o al vacío, al cacao mental o al encéfalograma plano. El pensamiento viene cuando encuentra abierta alguna ventana del espíritu: el silencio en soledad, la contemplación del mar o la montaña, la lectura de un buen libro, la escucha de un disco selecto. Basta y sobra cualquiera de estas cosas para oír los latidos del corazón. Hay quien es capaz de concentrarse a la primera y quien rompe a pensar a cuerpo limpio, igual que a nadar o montar en bicicleta. Algunos lo hacen, lápiz en mano, garrapateando en el cuaderno. Mientras que otros, por su experiencia religiosa, movilizan, en la presencia de Dios, sus ideas y sus sentimientos. No sé en qué autor he leído que él solía medir a los hombres y mujeres por su capacidad de estar a solas consigo mismos sin aburrirse, sin crispación, sin divagar entre las musarañas. Lo mismo en la contemplación religiosa, que en la reflexión filosófica, o en el repaso interior a los asuntos propios: estudios, trabajo, ambiente, relaciones de pareja, vida de familia, al pensante se le esponja el espíritu, se le enciende la luz de dentro, se siente persona y recobra el timón de la propia barca. Al común de los mortales, nada les ayuda tanto, sobre todo al simpático ejército de los que se distraen con un mosquito o ejercen fielmente de despistados, como tomar un libro para leerlo a solas, más un lápiz con el que subrayar los párrafos que tiran de la hebra del pensamiento y nos ayudan a enteramos de nosotros mismos. Se piensa a solas, y muy bien, a la orüla de un río, o desde un acantilado sobre el mar. Y quizá con más ritmo y atención, practicando el senderismo por encinares, collados y arroyuelos. Ayuda tararear alguna melodía de las que nos conmueven, así como recitar muy quedo, a voz en grito si estamos solos, unos versos queridos, unos salmos hermosos. Cuando el sendero conduce hasta un mirador, a una ermita, ¡alto! ¡pausa! Parar, respirar, mirar con sosiego cantar, si hace falta. Sé tú mismo. Ábrete a la clari dad, practica- la adoración, sí tienes fe. Pídela, si quisieras tenerla. Vuelve la mirada hacia el atrás de tu vida. Con amor, sin complejos, con autoestima, con gratitud. Mira hacia adelante y saca bríos. Meditar en soledad o leer con sosiego son actividades pensantes que refrescan el alma, que oxigenan el espíritu. Pero, también pensamos hablando y escuchando, conversando amigablemente con interlocutores interesantes. Las vacaciones nos ofrecen los mejores lances para la comunicación auténtica. Da lo mismo hacerlo en las hamacas junto al mar, que paseando entre pinares por el monte bajo, o sentados, en el chozo de la playa, ante una mesa de palo, mientras se degustan las almejas o los chanquetes, entre trago y trago de cerveza fría. Ocurre en definitiva, que la palabra humana vehicula impresiones y opiniones entre los cuatro veraneantes, ellos de calzón corto, ellas con batas de colores sobre el bañador. O cosa parecida. Salen a colación los hijos, los estudios, la política, la sociedad, la Iglesia. Se anudan amistades, se aportan criterios, se vive, los domingos, la serenidad jubilosa de la misa del poblado. Y a la noche, en la balconada o terraza del apartamento, se charla hasta las tantas, se comenta, se cruzan dimes y diretes entre chicos y grandes en el seno de la famüia, empapados de cariño y de bondad. Papá no regresa a casa agotado ni agobiado como en el trabajo del año. Mamá se ve asistida por todos en los quehaceres domésticos del apartamento. Nos vamos tarde a la cama. Hablamos y hablamos de nada y con amor. Esto también es pensar. También es sentir y reir. Buena salud, en defmitiva. Lo dicho les vale, ya lo sé, a las familias normales y acomodadas, de cierto nivel humano e incluso religioso, como he intentado retratar. ¿Y los otros? Los abuelos que quedan en casa, los padres y sus chicos con asignaturas pendientes, las familias mal avenidas que no salen juntas en vacaciones. La separación de edades, que distribuye a las familias entre chicos estudiantes que van al extranjero, a colonias, a voluntariados; y sus padres que veranean, si lo hacen, en un hotel. Los más, sin embargo, viven durante el verano una experiencia diferente de la del año escolar. Paseos por los parques, lectura en casa, veladas nocturnas por el calor. Piensen, hablen, lean, recen. Converse cada cual consigo mismo. No será un tiempo perdido. O que importa de los genios es su obra, no su cuerpo mortal. Cuenta, no el hombre que alumbra la verdad, sino la verdad misma en forma de obra artística, de logro cultural, de hecho ético, de verdad filosófica o de proceso que va a la búsqueda de Dios. Tal es la obra del elegido, lo que permanece en este mundo, lo que perdura, deleita, sana, conforta y educa a vivir por y para los demás. En este país nuestro la muerte nos atrae, nos reconforta y reconcilia, y hasta forma parte de nuestras fiestas populares, desde la dignísima fiesta de los toros, hasta la vileza de dar muerte a cabras y a perros lazándolos desde campanarios. Este seguimiento lealtísimo de la muerte nos lleva en ocasiones a la persecución reiterada, busca y captura de cadáveres ilustres, como es el caso de aquel que perteneció a don Diego Velázquez y L JORGE FERRER- VIDAL ESCRITOR La ceniza del genio Rodríguez de Silva, pintor de cámara que fue del Rey Don Felipe IV, penúltimo de los Austrias. A principios de la década de los 70, saltó a la prensa la noticia de la aparición de un cadáver al realizarse unas obras en la plaza del Biombo, no lejos de la de Ramales, que inmediatamente se asoció con el del autor de Las Meninas Existe una cierta historia oficialista por dar con las cenizas del gran pintor que, según parece, está enterrado en la preciosa iglesia de San Plácido, de las MM. Benedictinas. (Merece ser vista; visítenla) Pero a pesar de ello, hace meses, volvió a saltar la noticia de que el cadáver de don Diego se hallaba en las ruinas enterradas de la iglesia de San Francisco, en la plaza de Ramades, lo que ha dado lugar a que se malrotaran unos cuantos millones en un frustrado intento de descubrir las cenizas del pintor. Pero lo que veneramos de Velázquez son sus cuadros, del mismo modo que también queremos cerca de nosotros la obra de Cervantes; o la imaginación de El Bosco; o el imperativo categórico de Kant; o la penicilina de Fleming; o la maravillosa intuición de Teresa de Jesús que le llevó a descubrir que Dios anda también entre los pucheros.