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78 MARTES 15- 8- 2000 ABC gente de verano Relato de Juan Manuel de Prada PULP FIGTION (III) r, Una sesión de hipnosis dirigida por un enigmático personaje llamado Bela Daninski se apodera del escenario. En un programa de televisión de pacotilla y baja calidad, Adela, la esposa del protagonista, es escogida por el hipnotizador para ser llevada a un estado de trance. En medio de la expectativa del público y el escepticismo) del esposo de Adela, los acontecimientos más insospechados están a punto de desencadenarse ela Daninsky era un hombre de complexión fornida, con brazos y espaldas de estibador que atirantaban las costuras de su frac. Una camisa con botonadura de nácar, una corbata de pajarita, irnos zapatos de charol que relimibraban como espejos y una capa con forro de raso rojo completaban su atuendo. El pelo muy lustroso y atildadamente peinado hacia atrás, el arco protervo de la nariz, la boca sensual o crapulosa y los ojos inyectados en sangre, en contraste con las mejUlas empolvadas de arroz, resaltaban las angulosidades de su rostro. A mi lado, Adela se rebulló inquieta en su asiento, desconcertada ante la mirada escrutadora de aquel hombre que se mantenía hierático en su compostura, sin ceder al parpadeo, pese a la luz cegadora de los reflectores. Cuando cesó la musiquita enlatada que anunciaba el comienzo del programa, Daninsky habló con ima voz entorpecida por reverberaciones metálicas. Süabeaba las palabras, como si fuesen caramelos -masticables, sin molestarse en disimular su acento húngaro: -Buenas noches, estimado público. Esta noche me propongo enseñarles ima pequeña muestra de mi arte, esa terrible ciencia que sobrepasa los terrenos de lo material para ahondar en las misteriosas simas de la magnetización y el hipnotismo. Sus palabras, retumbantes y como exaltadas por un dramatismo extemporáneo, se remansaban en la atmósfera enrarecida del plato y descendían sobre el auditorio con un efecto sedante. Lancé una risita f. como de hiena, para desarbolar su engreimiento y quebrar ese clima de atónita admiración reinante en el plato, pero Daninsky ni siquiera se inmutó. Había que reconocer que se trataba de im hombre seguro de sus recursos, capaz de vender un seguro contra incendios a un buzo profesional. Con frases apenas respetuosas de la gramática, pero bautizadas de un ritmo salmódico que causaba estratf gos entre el público femenino, nos explicó que su arte (usaba y aun abusaba de este término para referirse a sus habilidades de charlatán) en nada se parecía a las supercherías que los anteriores invitados de ese programa habían exhibido ante las cámaras. Pavoneándose sobre el escenario (al caminar la capa le ondulaba, como un agua pantanosa) el doctor Bela Daninsky explicó a grandes rasgos la naturaleza de su arte, que calificó de esclarecedor e infalible para después reclamar la presencia de xma voluntaria (al parecer, desdeñaba la ayuda mascvilina) que se prestase a actuar como conejUlo de Indias en sus experimentos. Todas las miradas convergieron sobre Adela, incitándola a subir al escenario; mi esposa, envanecida por el protagonismo súbitamente adquirido, sacudió las manos y la cabeza, como declinando el honor que se le ofrecía. Me volví hacia eUa, con gesto de marido mosqueado, para recordarle que, si- accedía a subir al escenario, se convertiría en el hazmerreír de aquel público compuesto por tenderos flatulentos y marujonas en asueto. La voz del doctor Bela Daninsky, acariciante como una melodía envenenada, sirvió de acicate a mi esposa: -Quizá esa señora tan discreta del abrigo... Me sobresalté, al darme cuenta de que ya se disponía a completar la frase ...de monja ursulina corroborando mi opinión sobre el gusto indumentario de Adela. El aplauso del público restalló como el granizo sobre la chapa de un automóvü. Adela subió al escenario expresando su gratitud con reverencias tímidas, como si acabase de recibir un premio que la modestia le ZíT, impedía aceptar. El doctor Bela Daninsky la tomó delicadamente de la mano, que besó con esa cortesía ampulosa que debieron exhibir en otro tiempo los húsares del ejército austrohúngaro, y le dirigió ima sonrisa que. B bajo su apariencia inofensiva, encubría un mensaje de lujuriao deslumbramiento. Los ojos de Daninsky centelleaban con un brillo alevoso, descaradamente salaz; con un chasquido de los dedos reclamó la presencia de su ayudanta (de nuevo, desdeñaba la ayuda masculina) que acudió solícita a la llamada, sosteniendo entre las manos una vela encendida. La ayudanta o lacaya o criada de Daninsky respondía al apelativo un tanto intimidante de Bárbara. Su cuerpo turgente, redondeado de opulencias que su vestidito mínimo no se preocupaba de velar, se hubiese bastado él sólito para provocar la caída del Imperio Romano. Al caminar se contoneaba con un desparpajo casi delictivo, esparciendo por el plato el olor de su perfume, que era chabacano y calenturiento. Reparé con indescifrable desasosiego en que Mevaba ropa interior negra debajo del vestidito (por el escote le asomaban las puntUlas del sostén) un rímel espeso apelmazaba sus pestañas, haciendo más parsimonioso o provocativo su parpadeo, y un esmalte carmesí incendiaba sus uñas larguísimas, que se hincaban sobre la cera de la vela. Bárbara era más bien fea, con esa fealdad vulgarota y abotargada que tienen las mujeres encomendadas al vicio, pero hay cosas que se hacen a oscuras y no precisan reparar demasiado en la fisonomía del partenaire. Procuré reprimir aquel desasosiego que me había acometido al ver aparecer a Bárbara en escena (ya había descifrado su naturaleza, inequívocamente sexual) Daninsky, mientras tanto, había tomado la vela, cuidando de no salpicar de cera las solapas de su frac, y explicaba con voz levemente didáctica o hastiada que se disponía a hipnotizar a tan deliciosa dama (Adela denegó con la cabeza, rechazando el halago, pero su sonrisa beatífica delataba su satisfacción) empleando para eUo técnicas inventadas por las sectas satánicas de su tierra natal, Transilvania. Como estas últimas palabras habían inquietado a los elementos más timoratos del público, Daninsky se apresuró a aclarar que, aunque malenco en su origen, el arte de la hipnosis podía ser utüízado con fines muy católicos. Volví a emitir mi risita de hiena para ponerlo nervioso. -Y ahora, si es tan amable, enfremos en harina, -dijo Daninsky, que seguía sin inmutarse. Sus pupilas iban adquiriendo la apariencia de rescoldos. -Jugo. Adela Jugo, para servirle. Daninky la escrutó de arriba abajo, con ojos sesgados que ya parecícm carbunclos inflamados por los apetitos más turbios. -Pues bien, señora Jabugo- -al principio, no supe si achacar esta corrupción de su apellido a las deficiencias fonéticas del hipnotizador, o a su mala fe, pero no tardaría en saberlo- cierre los párpados y relájese. Me dispongo a recitar la invocación que aflojará las defensas de su mente: Nihil obstat, in dubio pro reo qui toUis peccata mundi; alea jacta est per omnia saecula saeculorum. Sursum cordae, senatus populusque. Do ut deis: vini, vidi, miserere nobis. Daninsky acompañaba sus latinajos con movimientos laterales de la vela, que añadían tenebrismo a las facciones de Adela, impertérrita como una esfinge. También Bárbara parecía haberse quedando dormida, como si los conjuros de su amo ejerciesen un efecto indiscriminado sobre la población femenina; noté que respiraba con dificultad, y que sus senos pespunteados de puntillas negras amenazaban con desbordar el escote. Yo había dejado de emitir mi risita de hiena, anhelante de contemplar el desenlace de aquella pantomima.