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40 TRIBUNA AS de un año después del triunfo de la OTAN en Kosovo, se ha vuelto inescapable una paradójica pero molesta pregunta. ¿Señaló Kosovo el fin de la OTAN, cuando menos como la hemos conocido? Para América, la Alianza del Atlántico- -nuestra única liga institucional con Europa- -ha sido epítome de püares paralelos de sensata política americana: el fortalecimiento, tanto de la seguridad como de los valores democráticos. Para nuestros aliados europeos, la OTAN, ha dado a Gran Bretaña el marco de trabajo para su relación especial con América; para Alemania, signiñca un refugio de las sospechas europeas y los peligros del Este; para Francia, una red de seguridad en contra de los cambios en el equilibrio geopolítico que no puede manejar por cuenta propia; y para Italia, una ancla para los emotivos compromisos atlánticos de su población. Pero, inesperadamente, la primera operación müitar conjunta de la Alianza atlántica, realizada con extraordinaria cohesión política y bendecida tanto con aparente éxito y sin víctimas aliadas, ha evocado Uamados de una mayor independencia europea, expresados con una vehemencia y a im nivel nunca antes escuchado. La tinta del acuerdo que acaba la guerra en Kosovo difícilmente se había secado cuando, en Colonia, el 15 de junio, los quince líderes de la Unión Eiuropea afirmaron la urgencia de crear una fuerza militar separada capaz de actuar sin Estados Unidos y sin la aprobación de la OTAN: La Unión (Europea) debe tener la capacidad para realizar una acción autónoma respaldada por fuerzas militares creíbles, los medios para decidir su uso y su disponibilidad de hacerlo sin prejuicio a las acciones de la OTAN Llevado a su conclusión lógica, esto implica una revolución en la estructura de Occidente: una cadena de comando totalmente europea capaz de pasar por alto a la OTAN. El momento de esta repentina búsqueda de autonomía es intrigante, incluso perturbante. La reacción europea tendría sentido si nuestros aliados europeos sintieran haber sido arrastrados hacia lo que, en retrospectiva, consideraran una aberración, o si los aliados de la OTAN estuvieran discutiendo sobre las consecuencias. Ninguna de estas condiciones se aplica. Lejos de sentir una imposición, todos los líderes aliados insisten en que, de aquí en adelante, el patrón de una intervención humanitaria utilizado en Kosovo ha de ser la regla, no la excepción. El primer ministro de Gran Bretaña, Tony Blair, ha proclamado a Kosovo una victoria para el enfoque progresista de la política exterior, reemplazando obsoletos conceptos tradicionales, agregando en esta guerra... se luchó por un principio fundamental necesario para el progreso de la humanidad: que todo ser humano sin importar su raza, su religión o dónde haya nacido tiene el derecho inalienable a vivir libre de la persecución El canciller Gerhard Schróder de Alemania dijo lo mismo de manera más operativa: La Alianza tenía que demostrar... que los débiles tienen en la OTAN un fuerte amigo y un aliado dispuesto y preparado para defender sus derechos humanos El presidente norteamericano, BUl Clinton, adoptó la formulación más extensa: Si alguien busca actuar contra civiles inocentes y trata de matarlos en masa debido a su raza, su origen étnico o su religión, y está dentro de nuestro poder evitarlo, habremos de evitarlo Guando todos los líderes aliados están de acuerdo sobre el significado de sus acciones, el único motivo europeo restante para el desarrollo de una capacidad para actuar de ma- MARTES 15- 8- 2000 ABC M HENRY KISSINGER EX SECRETARIO DE ESTADO DE EE. UU. OTAN, entre la retórica y el realismo A raíz de la guerra de Kosovo, la Alianza ha experimentado el saber que ni siquiera las guerras justas pueden evitar la ambigüedad ñera autónoma es escapar del tutelaje americano y aumentar el poder europeo de negociación. Si estas metas reflejan un deseo de hacer una cpntribución mayor a una acción conjunta, o de dar peso a la ocasional advertencia europea en contra de la impetuosidad americana, contribuirían a la efectividad de la Alianza. Para ser significativo, esto requeriría un vasto aimiento en los gastos militares (algunos expertos calculan que hasta tres veces) o cuando menos un gran esfuerzo por la modernización y la reestructuración de la defensa. Si, sin embargo, Europa no puede hacer un verdadero esfuerzo para la defensa, los resentimientos en contra del dominio de América sólo van a aumentar. Y si la búsqueda de independencia es impulsada principalmente por motivos antiamericanos, cargará a la Alianza con toda la competitividad compulsiva que casi destruyó a Europa antes de que se fundara la Alianza atlántica en 1949. La nueva disposición europea por buscar la autonomía es, en parte, una función del fin de la Guerra Fría y de la emergencia de América como superpotencia única. Pero también r- efleja y acentúa el reto principal para la Alianza: la creciente confusión sobre lo que se supone que debe lograr la OTAN en primer lugar. Los diversos líderes aliados están en lo correcto al tratar a Kosovo como un parteaguas. La Alianza abandonó su histórica definición de sí misma como una coalición estrictamente defensiva e insistió en el derecho a ocupar una provincia de un Estado con el que no estaba en guerra. Y reforzó este ultimátum sin precedentes al acompañarlo con ima demanda del derecho al movimiento libre de tropas de la OTAN a través de Yugoslavia- -que con toda seguridad sería rechazado incluso por razonables líderes serbios. En la versión Clinton Blair de la política aliada, la OTAN debe actuar porque es la única institución que existe y debido a que sus motivos son puros. Esto no sólo es incompatible con la noción de una alianza defensiva; sino probablemente con la noción de la alianza en general. Tradicionalmente, las alianzas han expresado los intereses nacionales agregados de los Estados miembros. Definen ima obligación especial, no imiversal. El casus beUi es generalmente el cruce de fronteras nacionales de la Alianza, o aquellas de un país considerado vital para la Alianza. Una vez que las fronteras pierden su calidad sacrosanta, ¿cómo puede definir uno el casus belli para las guerras humanitarias de intervención de la nueva dispensa? Ya que reflejan una obligación imiversal, no especial, deben- -lógicamente- -implementarse por consenso global. Pero si la OTAN está subordinada a la Naciones Unidas, sus altas aspiraciones casi con seguridad serán frenadas por el veto ruso chino. Por otro lado, si la OTAN insiste en definir la legitimidad universal por cuenta propia, enfrentará la oposición de la mayoría del resto del mundo, como ha sido el destino de todas las pretensiones previas a la jurisdic- ción universal. Al final, el secretito sucio de los líderes aliados pudiera ser que las grandes aseveraciones no reflejan una política operativa. Conformada por los movimientos de protesta de los años 70, sospechosos de las alianzas y las declaraciones del interés nacional, y por la experiencia de los 90, que vieron la desaparición de la amenaza soviética, tratan a la política exterior como un aspecto de la política doméstica y metas ideológicas en vez de como la búsqueda de objetivos estratégicos a largo plazo. Etriprendieron la operación de Kosovo, cuando menos en parte, en reacción a la repugnancia pública de las tomas de la televisión a los refugiados; pero un temor similar a las imágenes de las víctimas aliadas hizo que adoptaran una estrategia müitar que, perversamente, amplificó el sufrimiento de las poblaciones en cuyo nombre se estaba luchando ostensiblemente la guerra. A raíz de la guerra de Kosovo, la Alianza ha experimentado el saber que ni siquiera las guerras justas pueden evitar la ambigüedad y que pueden tener consecuencias políticas. Una guerra para vindicar la inádmisibilidad de la purificación étnica ha concluido con el reemplazo de una purificación étnica con otra. También ha proyectado a la Alianza hacia un dilema político: llevar a cabo la resolución de la ONU, en efecto haciendo de Kosovo un protectorado de la OTAN, o permitir que se haga independiente. El primer enfoque garantiza choques con la población local del modelo de Somalia; el último producirá una crisis balcánica a largo plazo cuando la búsqueda de una Albania mayor amenace la estabilidad de Macedonia y quizá de otros Estados. No hay tarea más importante para la Alianza atlántica que alinear la retórica de sus líderes con opciones realistas. Diversas declaraciones y giros desde Kosovo han declarado, o implicado, que la intervención multar humanitaria no se contempla en contra de las grandes potencias (China, Rusia, India) en contra de aliados de las grandes potencias o países demasiado distantes de Europa. ¿Qué queda entonces? Sería una extraña revolución que proclamara nuevas máximas imiversales pero no pudiera encontrar una aplicación concreta excepto en contra de un solo hampón en los Balcanes. Con toda seguridad, la preocupación por lo derechos humanos se ha vuelto un importante componente de las políticas externas de las democracias, y es apoyada por poderosos electorados domésticos. Los gobiernos no democráticos enfrentarán problemas cuando ignoren esta realidad. Pero los líderes de la Alianza necesitan tener en mente que tienen obligaciones no sólo con las emociones del momento sino con los juicios del futuro.