Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC LUNES 14- 8- 2000 77 gente de verano Relato de Juan Manuel de Prada PULP FICTION (II) El protagonista de la historia de manera súbita comienza a experimentar un suceso sumamente extraño: su esposa, Adela, repentinamente comienza a adoptar toda una serie de conductas infrecuentes en ella; un olor a perfume calenturiento, ropa interior negra, y una serie de sobrenombres zalameros en el momento de dirigirse a su pareja son algunos de los indicios que hacen pensar al protagonista que una impostora ha ocupado el lugar de su esposa- na mujer sola no constituye ningún peligro, el problema comienza cuando se junta con otras. Sobre Adela ejercía un pernicioso influjo, entre otras petardas incontroladas, una tal Cecilia, productora de la televisión local, erudita en chismorreos y calumnias, con la que a veces mi esposa tomaba café en el bar de la esquina, para poner a escurrir al vecindario. La tal Cecilia solía invitar a Adela a participar, mezclada entre el público que aplaudía a cambio de un bocadUlo de mortadela, en un programa semanal dedicado al esoterismo y la parapsicología, con actuación en directo de presuntas personalidades del gremio. Por el infecto programa de Cecüia habían desfilado futurólogos sarasas disfrazados de emperatriz galáctica, hipnotizadores que amuermaban al personal contando ovejitas, abducidas que se declaraban encinta de un habitante de Venus, torcedores de cucharillas que imitaban penosamente a Uri GeUer y una recua de pitonisas que confundían la cartomancia con el julepe. La frecuentación del plato donde se perpetraba este programucho había infimdido a Adela una suerte de credulidad o confianza en las paparruchas adivinatorias que repercutía dolorosamente en nuestra factura del teléfono: aprovechando mis ausencias de casa, Adela Uamaba a esos fantoches que se anuncian en los periódicos, pregonando sus habilidades astrológicas, para que le leyesen a distancia su carta astral. Como los fantoches en cuestión adornan sus parlamentos con prolijas charlatanerías, las conferencias dejaban tiritando nuestra cuenta bancaria, más bien exigua. Para impedir que nuestros ahorros se extinguieran antes de mi jubilación, comencé a acompañar a Adela en sus participaciones como paisaje de fondo del programucho esotérico. Solía obligarla a sentamos en primera fila, junto a los focos halógenos que nos socarraban con su tempe; ratura d horno crematorio; así podía detectar más fácüm nte los trucos y prestidigitaciones de pacotilla sobre los que aquellos truhanes sustentaban sus embelecos, y reventar sus actuaciones con comentarios irónicos o socarrones, risitas a destiempo y abucheos desmoralizadores. Mi actitud levantisca al principio exasperaba a Cecüia, la productora del bodrio, pero pronto acabó convirtiéndose en uno de los alicientes más reclamados por la audiencia. La noche anterior había intervenido en el programa xm tal Danisnky, doctor Bela Daninsky, un hipnotizador recién Uegado de algún boscoso rincón de Centroeuropa, que había alcanzado la celebridad sometiendo a los incautos espectadores de sus fimciones a letargos donde afloraba su subconsciente y, con él, im vertedero de pasiones mezquinas e inconfesables. Danisnky, que incorporaba a su curriculum licenciaturas y doctorados por las universidades más exóticas del planeta, complementaba su prestigio profesional con unos modcdes de gentleman de la vieja escuela y una apostura aristocrática que sembraba las plateas de suspiros entre el público femenino. U dicho rehuía las efusiones cariñosas, tampoco me abnmiaba con esas fruslerías de cotorra que suelen empedrar las conversaciones matrimoniales. Me sorprendió (aunque nuestra ciudad, mesetaria y apartada de las rutas turísticas, no se caracterice por ser muy populosa) que las calles estuviesen más desiertas de lo habitual, alimibradas por farolas que vomitaban una luz palúdica. Los estudios de la televisión local se hallan a las afueras, en ese territorio donde los solares se erizan de escombros y ortigas; en la atmósfera había un latir de cigarras y estreUas que titüan. ¿Tú crees que el doctor Daninsky me elegirá en su sesión de hipnosis? -me preguntó Adela, recorrida por un calambre de expectación. -Que se atreva el muy imbécü. Desmontaré sus supercherías delante de las cámaras. Adela caUó, compungida o levemente apabullada por aquel arranque de prepotencia masciüina. Habíamos Uegado, al fin, a los estudios televisivos. El suelo de linóleo, sobre el que las colülas habían dejado su impronta chamuscada, delataba la condición menesterosa, por no decir cutreciUa, del lugar. Cecüia, la productora del bodrio, salió a recibirnos, premiosa y como ensombrecida por augurios funestos; tenía el rostro desfigurado por una mué- 3 g ca de presentida fatalidad que la afeaba, sobreponiéndose a su fealdad congénita. -Menos mal- -resopló con alivio- Ya pensaba que tendríamos que empezar sin vosotros. El directo tiene estos problemas. Las paredes del plato, construidas con paneles de conglomerado, exhibían una gran profusión de carteles políglotas que anunciaban actuaciones del doctor Bela Daninsky en los rincones más apartados o utópicos del atlas. Pase y vea las más recientes técnicas de hipnosis y sugestión. Adéntrese en m la maraña de lo sobrenatural. Experide los fenómenos paraA- -Wt 2 mente la magia creí leer entre la turbanormales leí o multa de frases en alfabeto cirüico o japonés. Presidía los carteles el rostro abracadabrante del doctor Daninsky, con las facciones blanqueadas por los polvos de arroz, el cabeUo aplastado y resplandeciente de brülantina, la mirada inquisitiva y un poco tremebunda de los besugos que se resisten a parpadear. A mí toda aquella decoración, abigarrada y kitsch, me dibujó vma sonrisita sarcástica en los labios, todo lo contrario que a Adela, en quien sorprendí síntomas de sobrecogimiento y unción religiosa. Las cámaras, qué parecían rescatadas de alguna subasta donde se saldase el mobüiario de una emisora soviética, apuntaban al escenario donde, de un momento a otro, haría su anagnórisis el hipnotizador de marras. Entre el público zascandü y agropecuario reconocí a los asiduos, veinticinco o treinta matrimonios reco- í r í rridos por la misma expectación paliurda que agitaba a Adela. Había en el plato un clima como de misa negra en la que se van a perpetrar actos de canibalismo o hecatombes prohibidas. Un tipo de aspecto desastrado, como im pelele sostenido por alambres, que congregaba las funciones de regidor, técnico de sonido e üuminador, hizo sonar desde una garita encristalada la sintonía del programa, que intentaba reproducir el zvmibido de un ovni, mezclado con ululaciones, chirridos de goznes y otras fanfarrias del cortejo sobrenatural. Sobre el escenario del plato, súbitamente blanqueado por un chorro de luz, hizo su aparición el hipnotizador Bela Daninsky. Un aplauso como una estampida de elefantes obesos se fundió con los estertores de j aqueUa musiquita o sonsonete que inauguraba la emisión del programa. -Cecüia me ha dicho que hay una expectación enorme- -me informó Adela, después de ponerme en antecedentes sobre las andanzas hipnóticas o galantes del tal Daninsky- Y me ha pedido que no faltes; al parecer, el doctor se crece cuando detecta escépticos o detractores entre los asistentes. Con petvilancía o desdén acepté el envite. A las nueve y media de la noche, Adela me apremiaba desde el vestíbiüo, embutida en su abrigo de monja ursulina, ansiosa por Uegar al plato donde se filmaría la actuación del transüvano Bela Daninsky. Salimos a la noche en süencio, sin intercambiar esos comentarios perfectamente idiotas que constituyen el ornato de toda pareja que haya convivido durante más de tres meses. Adela, que como ha quedado