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ABC LUNES 14- 8- 2000 69 gente de verano Estatuas de espuma Ernesto Agudo MALLORCA e niño me gustaba desarmar relojes de cuco, despertadores de sonería, cronómetros de leontina. Y volverlos a armar. Los descolgaba de las paredes por la noche con el sigilo de quien oculta un asalto; los robaba de las mesillas en im ritual de ardides y triquiñuelas; los devolvía de madrugada a sus chalecos con una burbuja de iniedo en el estómago. Y me daban las claras del día en aquel trajín menesteroso. Casi siempre me sobraba alguna pieza, pero sorprendentemente funcionaban. Ayer me di cuenta de que llevo un mes sin reloj. El primer día de vacaciones me quito el de pulsera, desactivo el del ordenador, anulo el del móvil, y me guío por la luz solar. Jamás pregunto la hora. Pero ayer tenía una cita importante y me quedé dormido a media tarde. Cuando desperté, él cielo estaba nublado y me sobresalté. No había un solo reloj a mi alrededor. Los hoteles de vacaciones se cuidan muy bien, de no colocar ninguno al alcance de la vista de sus clientes. Dicen que por respeto a la libertad de los huéspedes que no quieren saber nunca qué hora es ni en qué día viven. Pero me temo que es para que nimca- lleguen a tiempo al buffet del desayuno incluido en la factura. Para no volver a pasar por ese trance he decidido hacerme un reloj de Sol, para las horas de luz, con la varilla de. una percha. Y uno dé agua, para la noche, con dos botellas de Font Vella. De día me oriento por la longitud cambiante de la sombra una vez comprobado que la mínima coincide con las doce en punto. De noche cuento las marcas hechas sobre las etiquetas a partir del crepúsculo. Uno las botellas por las chapas con cinta aislante, las coloco en posición D Reloj no marques las horas vertical, una encima de otra, una llena y otra vacía, y perforo con ima navaja el tapón de la botella superior. Luego compruebo que la que esté Uena gotea sobre la vacía al ritmo de mis pulsaciones. Y ya está. Lamentablemente mi reloj de sol adelanta. En cambio el de agua atrasa. Me han debido fallar los cálculos: al amanecer, no coincide la hora que marca la sombra del reloj de sol con las horas que he dormido según mi rudimentario reloj de agua. O los días se están acortando más deprisa de lo que dicen los manuales de astronomía o mi corazón, en sueños, se desboca. Sé que es una estupidez construir relojes en estos tiempos en los que la gente no se quita el Rolex ni para ducharse y se oye decir en las tiendas que con este maravilloso reloj impermeable y sumergible puede usted ducharse (Luego van a casa, se lo colocan sobre la cabeza a ver si suelta agua micronizada, y lo quieren devolver porque no funciona. LAS HORAS MUERTAS Hoy es domingo, no hay noticias, tu estás lejos y estoy como muerto. (En verdad, cuando se está muerto todos los días son domingo. Así que me pongo a meditar sobre la medición del tiempo. Obsesión de la Hu- manidad desde el comienzo de los siglos. En Babilonia los botánicos que cuidaban íbs jardines confeccionaron relojes muy precisos basados en la apertura de las corolas de las distintas flores. En Mesopotamia se construyeron los primeros relojes de sol, hace ya cuatro mil años, con una vara clavada en el suelo que llamaron gnomon. Tardaron algunos siglos en comprobar que la distinta duración de los días solares los hacían muy imprecisos. Solucionaron el problema colocando una barra hoi- izontal elevada sobre otra verticad, en la base. Pegada al suelo, situaban otra perpendicular graduada en seis unidades, separadas de forma creciente. Hasta el mediodía, el brazo con la escala graduada apuntaba hacia el Este. Según iba subiendo el sol se iba acortando la sombra sobre la escala. Por la tarde orientaban el brazo graduado hacia el Oeste, de forma que se medía la hora según se. alargaba la sombra sobre la escala. Pero el día, para los egipcios tenía sólo 12 horas. Cuando el sol estaba más elevado en el cielo eran las 6 en punto, justo el mediodía. En Mesopotamia se inventaron los primeros relojes de agua o clepsidras. Pero también eran inexactos. Suponían sus constructores que el agua salía a la misma velo- cidad del recipiente elevado tanto cuando estaba Ueno como cuando estaba casi vacío, lo que no es cierto. El problema no se solventó hasta tres cientos años antes de nuestra era, cuando se añadió a los relojes de agua un flotador unido por cadena a un dial en el que se indicaban las horas en una escala también graduada. Pasaron diecisiete siglos más hasta que el hombre pudo disponer de un reloj de resorte, el de Brunelleschi, en tomo al año 1410. Y otro siglo hasta que el herrero alemán Peter Henlein construyó uno de muelle, que podía llevarse en un saquito. Fue el primer reloj portátü. Galileo fabricó a Anales del siglo XVI el primero de péndulo. Christian Huygens lo perfeccionó en 1657 conectando al sistema í un trinquete que desbloqueaba la rueda dentada. Luego llegaron los relojes de pesas, los electromagnéticos, los automáticos de pulsera que no necesitaban cuerda. Así se Uegó, hace solo medio siglo, al reloj atómico. Hace sólo dos décadas se pusieron de moda los digitales con pantalla de cristal líquido que aprovechan las vibraciones del cuarzo y son tan precisos que sólo se adelantan o retrasan medio segundo al año. Hoy hay relojes de cesio cuyos átomos vaporizados vibran con tal precisión que sólo tendrán un error de aproximadamen- 3 í te un segundo cada 300.000 años. Y pienso: ¿Para qué queremos los mortales tanta exactitud? ¿Qué hago yo con reloj lejos de tí si todas mis horas son horas muertas? ¿Y que harán los niños curiosos de hoy si no pueden destripar relojes de cuco, despertadores de sonería, cronómetros de leontina? Luis Ignacio PARADA