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ABC LUNES 14- 8- 2 Ó 00 67 gertte de verano Cuaderno de estío Campo minado Corina Arranz LA UNIÓN (MURCIA) ntre las mil agradables impresiones recibí ima triste y fue la de la aridez de esos campos escuetos y calcinados, donde apenas alza la cabeza sino la chumbera desdolida, donde toda verdura se agosta Es el viajero Miguel de Unamuno el que de La Unión murciana se lleva esa postal sepia que sigue igual, sino peor, ahora que todas las minas se han callado y sus esqueletos se retuercen al sol. Fueron las fotos de Ana Torralva las que primero nos avisaron de este cementerio al aire libre, parque temático y polvoriento de arqueología industrial que como un dinosavirlo de castilletes, silencio de jaulas en las que ya no baja ninguna cuadrilla de mineros, correas como serpientes medio sepultadas en el polvo, higueras que se niegan á morir y asoman la cabeza desde eí eco de los pozos, salas de máquinas donde ya sólo opera el viento, lavaderos de mineral que de vez en cuando la Uuvía visita como un huésped de tanta desolación, cintas transportadoras muertas, hierros retorcidos de un óxido que se mimetiza con ese paisaje unamuniano y que contrasta, como si los seres se negaran a no ser, con los nombres que los hombres plantan donde la tierra está más rota y yerta: Nonduermas, Baños y Mendigo, Alumbres, Escombreras, La Unión. Bajo un sol sucio recorremos la mina del Cabezo Rajao, una de las pocas que no tiene nombre de mujer. ¿Acaso al E bautizarlas querían endulzar esa bajada a las inciertas galerías, como si penetrar en la montaiia equivaliera a ima forma ciclópea de hacer el amor con la negrura? El Cabezo Rajao parece el mascarón de proa de ima Unión que allí abajo duerme y canta el cante de los mineros. Cuando vuelvo de la mina en la boca me da un beso y el beso me sabe a gloria revuelto con manganeso Asensio Sáez es uno de esos renacentistas secretos como el cielo provincial y la albahaca, que si no la tocas no te huelen las manos a infancia en la cocina y a un libro de Miguel Hernández aprendido de memoria. Escritor que pinta se dice este vecino sabio de La Unión nacido en 1923. Si alguien quiere adentrarse en las galerías, goces y pesares de este pueblo minero donde los haya no puede eludir su La Unión. Su Antología donde salpimenta epifanías de toda una vida escrita y publicada en periódicos y revistas con coUages que siguen la estela surreal y certera de Max Ernst. Asensio Sáez recibe en su casa- museo con la elegancia cálida de m hedonista moderado y im estoico al que encandilan Murcia ¿f LorcQ Mar Cartagena í! i p Menor breros- LCi UlliÓn Mar Mediterráneo W Alumbres la belleza y la manzanilla. Cumple el Festival Nacional del Cante de las Minas sus cuarenta años, a pesar del süencio de los ingenios y excavaciones que fueron centenares en su época de apogeo (1890- 1918) y en el mercado erfeUiano de La Unión se atirantan y alivian la garganta los cantaores qué esa misma madruga van a volver a visitar los sonidos negros y toda la tarde de La Unión se Uena de ese quejío y ese duende. Sáez, que es la memoria viva de este lugar, repasa la historia en el libro de su cabeza. Al Cabezo Cumple el Festival Nacional del Cante de las Minas sus 40 años, a pesar del silencio de los ingenios y excavaciones que fueron centenares en su época de apogeo Rajao le miran las entrañas y encuentran plata en tiempos de Roma y de CartE o, y allí comenzó la mala suerte de La Unión Ese ha sido el signo del lugar, entregar sangre y mineral a cambio de unos buenos dineros que dieron riqueza y fama a otros, empezando por Cartagena, por la que se iba el tesoro minero a cotizar a Londres dejando la ciudad portuaria bien provista de arquitectura modernista. Fue un decreto de Fernando Vn el que dio bríos al horizonte minero hasta convertirse a fines del XIX en una Nueva California, un Far West murciano, con sus 40.000 almas, entre mineros, mujeres de vida alegre, viudas y la fauna del café cantante. Pero tras la Primera Guerra Mimdial el precio del plomo se hundió y, entre suicidios, se hundió una villa que sólo volvería a renacer fugazmente en los años cincuenta con el repunte del estaño. Pero fue precisamente en ese filón minero donde los inmigrantes andaluces hicieron chispa con los cantes murcianos (parrandas, mayos, seguíriyas, nanas... para que nacieran nuevos cantes flamencos (tarantas, cartageneras, levantinas, mineras) con Rojo el Alpargatero como figura señera de un pasado que ahora aventa el viento. En medio de la desolación y el silencio de la mina, viene el cante jondo a roernos las entrañas, herir y aliviar al mismo tiempo. Misterio del flamenco que en La Unión, donde calla la bocamina, es una flor de cuarzo y plomo. Alfonso ARMADA 3 m (1890- 1918)