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ABC LUNES 14- 8- 2000 EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA FUNDADO EN 1903 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA La canícula de agosto NO de los aguafuertes más impresionantes de don Ricardo Baroja es el que nos muestra a pobres gentes arrimadas de madrugada a las calderas donde se fundía el alquitrán para pavimentar las calles madrileñas. de principios de siglo; y lo cierto es que, cuando Uegó el tren metropolitano, esas pobres gentes debieron de decirse que se les regalaba la felicidad, porque ya tendrían calor para el invierno amparándose allí en las peores horas, y un poco de calor era la máxima aspiración de sus vidas jamás colmada. El verano, incluso en los peores días de la canícula de agosto, y de sus noches, no parecía plantearles grandes problemas; aunque sé los planteaban, desde luego, a otras pobres gentes, que vivían en áticos y pisos altos; pero el asunto se resolvía durmiendo en la calle. Xos viejos pueblos y ciudades del mediodía europeo, y desde luego entre los islámicos, que siempre tuvieron el genio de la arquitectura, y precisameíite contra el calor, tenían calles estrechísimas, blancor en sus paredes, y azoteas en sus casas; y luego estaban los baños y los jardines o huertas; agua y verdor. La umbría, que es una sombra oscura y húmeda, fue siempre para las gentes de, Oriente, que fueron tanto tiempo, y todavía lo son en alguna proporción no pequeña, nómadas y habitantes del desierto, el equivalente del Edén. Al jardín y al huerto o huerta europeos se les han añadido siempre, por encima o por debajo del placer material que ofrecen, símbologías y significantes: jardín de amor, huerto cerrado, naturaleza convertida en decoración, mitología o memoria; pero en el jardín oriental, la pura realidad física se confunde con el anhelo del ánima: un oasis con unas palmeras, un soto con unos cuantos chopos y un regatillo, un corral con un pozo y unos cuantos geranios y claveles, un huertecillo con hortalizas. Nosotros, que tenemos aire acondicionado, no podemos ya ni imaginar el consuelo de aquel frescor que protegían las paredes de adobe o tierra pisada de un metro de gruesas, que emanaba del agua, el verdor y la umbría que a esas casitas cercaban. La sombra de la montaña, y la brisa que desde el mar se alza, son más poderosas ciertamente, pero el ámbito que crean no tiene ese sabor pequeño y delicado de aquel frescor, que era como un lienzo húmedo que nos envolviera. Exactamente como nuestros tan deliciosos helados resultan una excelente golosina, pero tampoco pueden otorgarnos seguramente el refrigerio qué debía de otorgar, sin duda, la nieve de invierno guardada para el agosto como un tesoro. i Ah, si se pudiera guardar el sol de agosto para el invierno! El sol en todo su soberbio poder, se llamó siempre sol de justicia porque aplasta irremisiblemente por fuera y por dentro como si tuviera la crueldad del verdugo, ministro. de la justicia; pero las pobres gentes piensan más bien, con la prevención ya del invierno, que se trata de un derroche más que de otra cosa, porque ser pobre, desde U siglos, era no entrar en calorcillo nunca, y ni siquiera poder gozarlo cuando llegaba porque con la amenaza del frío se vivía. En el siglo XVII, una dominga o mandadera de una de las criadas que había allí, y que se llamaba la Catalinilla, ponía su mandilillo al sol, en invierno mismo, y, cuando se calentaba, iba a un arca o baulülo que tenía, y lo guardaba tan calentito, para luego, más tarde, cuando el sol se fuera. La Reina Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV, lo supo, quedó conmovida de su Nosotros, que tenemos aire acondicionado, n o podemos ya ni imaginar el consuelo de aquel frescor que protegían las paredes de adobe simplicidad, e hizo merced a la Catalinilla. Sabía muy bien la Reina quiénes eran estos seres, y los respetaba y los amaba. La psicología o estudio de las almas de entonces aseguraba que ellos estaban más cerca de Dios que nadie. Y eso era algo, y mucho. Pero la nieve sí podía guardarse, y esto se, hacía en pozos destinados a ella, propios, para comerciar con la mercancía, o comunales; y todavía quedan calles que se Uaman Calle del Pozo de la Nieve y el agua de nieve era muy admirada, tenía fama de apagar la sed por tiempo más largo que cualquiera otra agua, y de conceder una salud muy fuerte, y, por lo menos el señor Gran Inquisidor, don Gaspar de Quiroga, no bebía otra cosa y la experiencia le resul- p- 0 ALARMA PISO NEGOCIO CHALET Uhíma Tecnología I SIN CABLES Vía Radío SIN OBRAS PTA DIAl tó muy bien, porque vivió hasta los noventa y cuatro años, y debió influirle también el ánima porque humanizó mucho aquella inquisitorial máquina. Pero sorbetes helados ya hacían los romanos, y los refrescos de todas clases no son de, ayer por la mañana; aunque a últimos del XDí y primeros del XX quedaran un poco oscurecidos por el prestigio de la horchata y de los azucarillos con agua helada, que fueron productos de algún modo característicos tanto de la zarzuela y de las comedias populares, como del parlamentarismo español, que sin duda ha contado con grandes hombres, pero que, en general, se ha aproximado, más bien, al género chico, y con tendencia a lo populachero y a la riña de gallos. Pero el caso es que, habiendo como hay ahora espectáculos más fuertes, en éste y en otros sentidos, lo del parlamento ha perdido mucho atractivo; a menos que todo se deba a que el agua mineral que toman sus señorías para suavizar la garganta durante sus intervenciones no tenga las virtudes del agua con azucarillos, o que las virtudes de entonces a ese respecto les vinieran a sus señorías de que veraneaban en balnearios con aguas de virtudes curativas y ámbitos tranquilos y románticos, Lerroux tomaba aguas en Baños de Montemayor, y quizás de ahí le vino la templanza en sus ideas y vocerío, aunque ya para muchos españoles siempre sería vitando, y a mí me han contado que, una vez, cuando siendo niño acompañaba a mi madre a aquel balneario, como estuviese todo modosito entre los clientes del establecimiento, el señor Lerroux me hizo un repelús en el pelo, y luego, en una botica, me estuvieron lavando la cabeza con desinfectantes hasta que no quedara ni rastro de contagio lerrouxista allí. Y de Sagasta, que iba a Ávila, que no es un balneario pero donde podía tomarse desde luego agua con azucarillos después del chocolate, como era lo preceptivo, he oído contar cosas como que no quiso enterarse del asesinato de Cánovas en el balneario de Cestona, antes de dormir la siesta. Pero seguramente eso se decía para subrayar lo impasible que don Práxedes se mostraba ante los acontecimientos; aunque, cuando ocurrió lo que ocurrió en Cuba, el duque de Veragua, que acudió, el primero, al despacho de Sagasta, se encontró a éste verdaderamente conmovido y preocupado, mientras se oía, allá fuera, el jolgorio de las gentes que volvían tan contentas y vociferantes de los toros, como si nada hubiera ocurrido. Mas no es caso de evocar ahora estas tristezas, o las otras cosas terribles y espantosas de algunos veranos españoles. Lo que querríamos ahora mismo es que los periódicos tuvieran que inventarse un monstruo del Lago Ness o publicar fotos de balnearios, y avisos de los pozos de nieve, en vez de tener qué estar llenos de horrores verdaderos. La peor canícula, una calina y un bochorno insondables. JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO. 902 366 366 Escritor