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24 NACIONAL SÁBADO 12- 8- 2000 ABC. AD LIBITUM Gobernantes con derecho a pirámide me han preocupado SIEMPREpirámides. Tanto, quemucho las la única formulaque recuerdo desde niño es la de su volumen (im tercio de la superficie de la base por la altura) Junto a una pirámide resulta inevitable la existencia de un enigma y, por lo menos, un muerto. Así es desde que, hace casi cinco mü años, el arquitecto ünhotep construyó la primera de piedra y los faraones, que hasta entonces se conformaban con unas exequias rituales en ima mastaba común, como cualquiera de sus altos dignatarios, decidieron pasar a la posteridad enterrados en su propia pirámide. Todo im signo de distinción. Desde entonces, buena: paite de la historia de la Arquitectura- -toda la que no es popular se corresponde con el afín de perpetuidad de toda la fauna del poder: reyes, papas, validos, obispos, duques, banqueros, marqueses, ministros y hasta algún bandido venido a más. Para no salirse de tan larga y constructiva tradición, el presidente de la innecesariíi Autonomía de Madrid anda emperrado- últimamente con la comprensión y ayuda de Francisco Álvarez- Cascos- -en que su pirámide, en forma de aeropuerto, se construya en Campo Real en donde, por cierto y casualmente, está en curso una exubei- ante especulación de terrenos. Como Alberto Ruiz- GaJlardón es hombre joven, su pirámide la perpetra con tiempo y, mientras Uega, ya están en marcha en el actual aeropuerto madrileño, el clásico de Barbas, las obras de ima nueva terminal que cuestan vm congo. O dos. Los arquitectos responsables de esas nuevas instalaciones, pretendidamente temporales, son el muy notable Antonio Lámela, van hombre que tiene tanta prisa que nunca termina de hacerse el nudo de la corbata, y el muy británico Richard Rogers. Su proyecto es magnífico, pero no debe alcanzar el fasto que requiere requerirá la inemoría de Ruiz- GaHardón. La intención del Gobierno autonómico es quitarle a Madrid el privü o, excepcional entre las grandes ciudades del mimdo, de tener vm único aeropuerto a diez kilómetros del centro de la ciudad y, a cambio, obligar a los videros a desplazarse a más de treinta para tomar el avión. Pero hay más: según ha contado Lámela en la UIMP de Santander, el coste anual del cambio de Barajas a Campo Real será de 240.000 millones de pesetas, el mismo que el déficit, también anual, de TVE: el monto de la ampliación del aeropuerto actual. Aún aceptando que, desde Keops, todo gobernante tiene derecho a su propia pirámide- -Aznar anda en la del Museo del Prado y González se construyó una Ejqx) en su pueblo- sería sensata una reconsideración de la de Ruiz- GaBardón. No por el coste, que tenemos el cuerpo hecho al faraonismo del poder, sino por el transporte. Tal y como está el tráfico en Madrid, tendremos que ir andando al aeropuerto. Treinta kilómetros es niucha marcha para diario. M MARTÍN FERRAND ON, obviamente, las víctimas del SterrorismomurieronlosmanosmU etarra, casi inocentes que a de estos asesinos sin alma y sin conciencia y que ftieron un día noticia de primera página, conmoción nacional, repulsa generalizada, protagonistas de minutos de silencio, de manifestaciones silenciosas, de penas hondas que siempre parecen imborrables, de declaraciones políticas que, por muy llenas que estén de buenas intenciones, mejores sentimientos e inmejorables deseos de acabar con tantísimas pesadUlas, nunca llegarán a Uenar ese vacío que les quedó grabado a sus familiares e íntimos desde el instante mismo en que sonó el tiro en la nuca o estalló la bomba lapa, pero que, por un lado, el tiempo, pasando tan deprisa, las instala en muchos casos en el olvido y, por otro, la mafia etarra sigue anotando víctimas en las muescas de sus pistolas para que vuelvan con ellas los recuerdos de aquellas y se repitan todos estos gestos de solidaridad que suelen repetirse y a los que me uno con toda mi alma, pero que pueden causarle a los asesinos hasta la posibUidad de brindis con champán o frotarse las manchadas manos de sangre viendo cómo son el foco de atención de todos los medios informativos y hasta qué punto consiguen exactamente lo que pretenden, aparte la cobardía del tiro en la nuca, el coche bomba o el paquete mortífero: el sembrar la incertidimibre, jugar en todo momento con las cartas marcadas y que cada macabra partida termine, siempre, con la muerte de irnos, siempre los mismos y las risas de hiena de otros, siempre también los mismos. Se ha dicho muchas veces que unos, nosotros, ponemos los muertos y otros, ellos, las balas. Los familiares, los amigos, los padres, los hijos, los hermanos de los nuestros no tienen cárcel a la que ir para verlos, sino la fría losa que recoge sus lágrimas, su inmensa desesperación, sus constantes preguntas sin respuesta a tantos porqués de irracionalidad criminal. Los cómplices más o EL VENTORRILLO Las víctimas olvidadas ¿Cómo están creciendo esos hijos sin padres, quién les podrá explicar qué pasó? menos disimuladamente declarados, los compinches, los otros, sí tienen esa posibUidad de hacerlo y, encima, los reclaman cerca, algo que les negaron a sus víctimas al quitarle lo más preciado que éstas tenían: sus vidas. También se ha dicho muchas veces- Dios mío ¿cómo se pueden decir esas cosas salvo que no se tengan entrañas o, por el contrario, se tenga tantísimo miedo al temer el pasar de aliados de los verdv os a ser sus propias víctimas? -que unos varean el nogal para que otros puedan coger las nueces. Y todo sigue más o menos igual. ¿Quién se acuerda de tantas y tantas víctimas? Por supuesto que aquellas a las que conocimos no podemos olvidarlas nunca y se nos vienen a los ojos cuando vemos a sus padres, o a sus hijos, o a sus hermanos, o a sus viudas y recordamos, como si fueran el mismo día en que los asesinaron, hasta los mínimos detalles de cada una de estas sinrazones y se nos revuelven las tripas cuando vemos a muchos de estos, asesinos implacables, que andan diciendo que defienden los derechos humanos, y están sentados en escaños, y están hablando en ruedas de Prensa, y están hasta amenazando desde la comodidad que les permiten unas leyes que, lo digo tal como lo pienso, habría que ir cambiando para, por lo menos, evitamos ese más que multiplicado sufrimiento de ver que, enci- ma de lo que le quitaron a sus víctimas- -el don sagrado de la vida de lo que hicieron, de lo que nos quitan a cada uno de nosotros, porque somos algo de nosotros cada una de sus víctimas, y siguen haciendo sufrir a sus familiares y amigos y de lo que están causando de tristeza y amargura en mucha España, anden tan franquños como seguro de que a eUos, ya sean cómplices, ya sean los que indican a quién hay que matar o ya sean los que matan, no les va a pasar nada. Ochocientos, novecientos, no sé si mil víctimas que sólo se rescatan, y muchas veces sólo por el número redondo de la estadística, cuando hay otra más. ¿Qué ha sido de su gente, de su dolor, de su recuerdo, de su tristeza, de cómo le rompieron también a ellos la nuca de los sentimientos o le estallaron la bomba del infierno en la vida haciéndolos casi tan víctimas como las propias víctimas? ¿Qué ha sido de ellos? ¿Cómo están creciendo esos hijos sin padres, quién les podrá explicar o habrá explicado en su momento qué pasó sin que jamás puedan entenderlo? El reconocimiento ciudadano, el respaldo político, el cariño y la adhesión de la sociedad y el afecto que genera cada una de estas tragedias se va recubriendo con la pátina del olvido conforme pasan las semanas, los meses o los años. No nos es posible recordar ni sus nombres, no volvemos a saber casi nada de ellos porque es tan larga la lista que los va llevando, aunque pretendamos lo confrario, a ser meros números, estadística macabra, di- ama real e irremediable que muchos ni recuerdan, salvo aquellos que lo sufrieron, y lo sufrirán mientras vivan, en sus propias carnes porque les asesinaron a carne de su carne y sangre de su sangre. Estos son los que tengo en el pensamiento cada vez que otro más se une a la lista y resuena en mis entrañas el eco de sus lágrimas, el dolor de su dolor y la ausencia de sus ausencias. Manuel RAMÍREZ