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ABC SÁBADO 12- 8- 2000 EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA FUNDADO EN 1903 POR DON TORCUATO LUCA DE T E N A La historia: construcción o destrucción comienzos de este siglo que termina se descubrió con plenitud la condición intrínsecamente histórica del hombre. Siempre se había visto como una realidad histórica aunque esta evidencia se habla oscurecido a veces por recaídas en el naturalismo, en la visión del hombre como cosa y no como persona. En los primeros decenios del siglo XX se dieron pasos decisivos en la comprensión de lo humano, y por tanto de la historia, y se lograron los instrumentos intelectuales para ello, sobre todo la noción de razón histórica, apenas usada por la mayoría de los que siguen llamándose, por inercia, filósofos. El hombre occidental al menos fue tomando posesión de su historicidad, se vio en cada momento a un nivel determinado por la continuidad de los siglos, épocas, generaciones, hasta llegar al presente. Al saber de dónde venía, el hombre empezó a ver con claridad dónde estaba y quién era. Esto hacía posible una plenitud de vida personal que no se había alcanzado antes, y que se refleja en la asombrosa creación intelectual de los primeros decenios, conservada, a pesar de grandes vicisitudes, hasta mediados del siglo. Esta historización de la vida humana afectaba a sus formas de convivencia. Se veía a qué unidades humanas se pertenecía, cuáles eran sus articulaciones y sus vínculos, se descubría la personalidad, es decir, el carácter personal de los países o stis conjimtos, se avanzó enormemente en la construcción del mundo y sus partes. Todo esto era vigente cuando inicié mi vida intelectual, hacia 1930, y lo he estudiado a fondo en mi libro Razón de la filosofía. Produce angustia histórica pensar en lo que podía haber sido el mundo desde ese nivel y lo que aconteció, precisamente en ese momento. Temo que no se tiene una idea clara de esto. Habían acontecido dos enormes accesos de despersonálización. El primero, el triunfo de la revolución rusa, el establecimiento de un sistema que eliminaba por principio la condición personal del hombre. El totalitarismo, la creencia de que todo es relevante políticamente, y que el Estado así entendido es lo que cuenta, anuló para una gran porción de Europa- -y después del mundo- -esa visión perso: nal e histórica de lo humano. La reacción- -intelectualmente torpe y arcaica- -no se hizo esperar. Con cierta timidez el fascismo italiano, en lugar de sostener lo personal, y por tanto histórico, deificó el Estado, repitió el totalitarismo abrió el camino para la forma extrema y violenta que fue el nacionalsocialismo alemán. Totalitarismo férreo, con la introducción de conceptos de atroz arcaísmo: la raza, lo irracional, el desprecio por la historia realizada, por el nivel alcanzado. La clase social, la raza, la supremacía hostil de unas sobre otras, este fue el esquema que empezó a imponerse en el momento de mayor esperanza intelectual y de construc- A ción racional- -con razón histórica y no abstracta- -de las imidades de convivencia humana. La segunda Guerra Mundial, a diferencia de la primera, fue la resistencia al totalitarismo desde una aceptación parcial de sus principios, desde un contagio que tomó la forma de los nacionalismos, ya actuantes desde 1914. En la segunda mitad del siglo, estas maneras de ver- -o de no ver- -las cosas habían hecho un largo camino. Se descubrió que la El uso destructor de la historia h a tomado la forma de los nacionalismos, que consisten en la ehminación de lo que es la historia historia, instrimiento de construcción, diestramente usada podía convertirse en artificio de destrucción, de demolición, de las sociedades occidentales. El periodo que va de 1965 aproximadamente a 1973, poco más o menos, fue decisivo. Su centro fue el llamado mayo francés el de 1968, la época de las tres M (Marx, Mao, Marcuse) Hay que preguntarse qué ha quedado de todo aquello, que a muchos pareció la realidad El ingenio español acuñó una frase divertida: Marcuse, pero no abuse No se olvide lo que fue el movimiento revisionista de jóvenes historiadores americanos, que impusieron sus puntos de vista en congresos a los que no asistían los historiadores maduros, fielesa la visión coherente de su historia. En los años 50 me sorprendió que el espesor histórico de los habitantes de los Estados Unidos era comparable al de los euro- o ALARMA PISO NEGOCIO- CHALET Ultimo Tecnología SIN CABLES Vio Radio SIN OBRAS PTAS. DM i peos, a pesar de que el tiempo era mucho más breve, pero mejor poseído. Creo que esto ya no es así, por la destrucción histórica llevada a cabo en aquellos años, y no compensada todavía lo bastante. Un ejemplo curioso es el papel del senador Joseph McCarthy, personaje de profunda antipatía y graves consecuencias, que representó la verdadera actitud antiamericana Su importancia fue limitada y no duró demasiado; sin embargo, se ha hablado hasta hoy interminablemente. Contrasta esto con el casi total sUencio, seguido de olvido, de las atroces purgas de Moscú, de los increíbles procesos, seguidos de fusilamientos de incontables personajes de la Unión Soviética. El uso destructor de la historia, en los últimos decenios de este siglo, ha tomado la forma de los nacionalismos, que consisten- -repárese en esta palabra- -en la eliminación de lo que es la historia: secuencia temporal, superposición de las épocas y generaciones hasta Uegar a cada presente; hechos, acontecimientos históricos situados en su momento preciso; personas, nombres propios insustituibles; coexistencia- -mejor dicho, convivencia- -de los diversos pueblos. Los nacionalismos parten de la negación de los demás. Son por principio exclusivistas y excluyentes. Se fimdan en elementos que no son propiamente históricos, quiero decir arguméntales sino más bien recursos para la vida histórica- -la raza, la lengua, una historia inventada y nunca acontecida que sirve de interpretación. Originariamente, los nacionalismos fueron exacerbaciones de algunas naciones, inseguras por su complejidad o por ser muy recientes, sin largo pasado a su espalda. En los últimos tiempos, lo característico es el nacionalismo de lo que no son ni han sido nunca naciones. El caso máximo y más, claro es la proliferación de nacionalismos, extremadamente violentos, en las zonas de la Europa central en que no se había realizado el proceso de nacionalización normal en casi toda Europa. El genio histórico y político había superado esta situación, con mejor o peor fortuna, en grandes unidades de convivencia; el ejemplo más logrado e ilustre fue el Imperio Austro- Húngaro; pero, a pesar de sus graves y evidentes defectos, ahora no parece desdeñable el Imperio Otomano. Si se compara lo que fueron con los resultados de su disgregación, cierta nostalgia es inevitable. La negación de la historia consiste en la sustitución de su función constructora por la destrucción. Se piensa, por lo pronto, en las unidades reales de convivencia. Todavía más inquietante es el efecto sobre los individuos, sobre las personas a quienes se obliga a vivir en la falsedad, sin que puedan saber adonde han llegado, quiénes son, adonde podrán orientar sus vidas. JULIÁN MARÍAS 366 366 déla Real Academia Española